ESTADOS UNIDOS / REMODELACIÓN PRESIDENCIAL

Oro, mármol y estética Mar-a-Lago: la ambición de Trump para rehacer la Casa Blanca y “hacer Washington grande de nuevo”

La demolición del ala este, el proyecto de un salón de actos colosal y una ofensiva estética neoclásica revelan la voluntad del presidente de dejar una huella arquitectónica sin precedentes en la sede del poder estadounidense.

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La Casa Blanca 24h

El proyecto más ambicioso jamás ejecutado en la Casa Blanca

En solo cuatro días, las excavadoras han borrado del mapa el ala este de la Casa Blanca. Lo que parecía un simple anexo administrativo se ha convertido en el primer paso del proyecto más disruptivo que haya acometido un presidente estadounidense sobre el complejo presidencial. Donald Trump ha ordenado su demolición para levantar en su lugar un gigantesco salón de actos inspirado en el estilo de Mar-a-Lago, con un presupuesto que ya supera los 300 millones de dólares.

El nuevo edificio —de estética neoclásica, con columnas corintias doradas, casetones, lámparas monumentales y la exuberancia decorativa propia del universo Trump— será más grande que la propia Casa Blanca histórica. Añadirá más de 8.000 m² adicionales y duplicará, él solo, la superficie del edificio principal.
Trump lo concibe como su nuevo centro de representación, con capacidad para 1.000 invitados y un diseño que mezcla grandiosidad clásica y ostentación barroca.

El proyecto ha evolucionado rápido y al alza. De los 200 millones anunciados en verano se ha pasado a más de 300, financiados íntegramente por donantes privados entre los que figuran grandes tecnológicas como Apple, Amazon, Google o Meta.

Una reforma inesperada y sin precedentes

Aunque Trump había negado durante meses que el ala este fuese a sufrir cambios significativos, la demolición llegó sin previo aviso para muchos funcionarios y sin pasar por la supervisión de la Comisión Nacional de Planificación de la Capital, responsable del urbanismo federal en Washington.
La decisión ha generado preocupación entre arquitectos, urbanistas e historiadores, que advierten de que un edificio con el valor simbólico de la Casa Blanca requiere un proceso riguroso y transparente. No es solo una reforma: es el mayor cambio externo en 83 años.

El ala este —construida en 1942 para ocultar la entrada a un refugio antiaéreo durante la Segunda Guerra Mundial— albergaba las oficinas de la primera dama, el área de invitaciones, un acceso de visitantes y diversos espacios auxiliares. Su eliminación altera profundamente la configuración del complejo presidencial y su fisonomía histórica.

Una cruzada estética: “Make Federal Architecture Beautiful Again”

La reforma no se limita al edificio. Trump ha impulsado una directiva federal que establece que la arquitectura clásica y tradicional será el estilo preferente para las futuras construcciones públicas. Su lema, “Make Federal Architecture Beautiful Again”, traslada al urbanismo federal la retórica política que ya marcó su presidencia.

Para ejecutar el proyecto, se ha elegido a un estudio de Washington especializado en arquitectura clásica. Y la ambición va más allá de un nuevo pabellón: Trump pretende que su mandato deje una huella duradera en el paisaje institucional estadounidense, revirtiendo décadas de arquitectura moderna y funcionalista.

El resultado ya se ve en otras intervenciones del presidente: desde la remodelación del Jardín de Rosas, reinterpretado según la estética de Mar-a-Lago, hasta los cambios ornamentales en interiores clave del complejo.

Oro en el Despacho Oval y mármol en el dormitorio de Lincoln

Dentro de la Casa Blanca, Trump también ha impuesto un estilo propio, vinculado a su marca personal: superficies de mármol pulido, molduras doradas y saturación decorativa.

El Despacho Oval, centro simbólico del poder ejecutivo, es el mejor ejemplo. Las paredes se han llenado de cuadros y objetos decorativos, y elementos tradicionales como el sello presidencial o las molduras del techo han sido recubiertos de láminas doradas. Incluso los retratos oficiales de presidentes en las galerías han sido sustituidos por marcos dorados, mientras que el de Joe Biden ha sido reemplazado —en tono provocador— por la imagen de un autopen, un bolígrafo automático que Trump utiliza para criticar a su predecesor.

La intervención más reciente es la reforma del baño anexo al dormitorio presidencial, también llamado Dormitorio de Lincoln. Allí, el diseño art déco ha sido reemplazado por superficies de mármol blanco y acabados dorados que remiten mucho más al estilo de los hoteles de lujo de Trump que a la época de la Guerra Civil estadounidense.

Un choque con la historia

La Casa Blanca ha sufrido transformaciones importantes a lo largo de sus más de dos siglos de vida —desde la reconstrucción interna total durante la presidencia de Truman, hasta ampliaciones estructurales en el siglo XX—, pero ninguna tan visible, abrupta y simbólicamente cargada como la que impulsa Trump.

La demolición del ala este no solo ha derribado un edificio: ha eliminado también árboles históricos, jardines conmemorativos como el Kennedy Garden, y una parte integral de la imagen consolidada del complejo presidencial desde 1942.

Para los críticos, lo que está en marcha no es una renovación, sino una reinterpretación del poder presidencial a través de la estética personal de Trump. Para sus defensores, es una oportunidad histórica para embellecer y modernizar la sede del poder ejecutivo.

Un legado visual destinado a perdurar

Con estas obras, Trump busca dejar una impronta duradera, más marcada y visible que la de cualquier otro presidente. Un legado arquitectónico monumental que no solo transforme la Casa Blanca, sino que redefina la imagen de la presidencia contemporánea.

Oro, mármol, neoclasicismo y grandiosidad:
la estética de Mar-a-Lago desembarca en la capital federal para quedarse, alterando para siempre la cara de la Casa Blanca y su lugar en la memoria histórica estadounidense.