Hoy en día, la Inteligencia Artificial no es simplemente un sector puntero de la economía; a efectos prácticos, es la economía. Los mercados financieros han descontado un escenario de «milagro tecnológico» infalible, donde el fracaso no es una opción. Gigantes como Microsoft, Meta, Alphabet y Amazon están comprometiendo sumas de capital que rivalizan con el PIB de naciones enteras, apostando a que el crecimiento será exponencial e infinito. Sin embargo, en este ecosistema frenético, los analistas más astutos han detectado un patrón inquietante: lo que parece un auge orgánico de la demanda es, en muchos casos, un juego de espejos contable.
Una señal de alarma está parpadeando con intensidad en los balances corporativos: los llamados «tratos circulares» (Circular Deals). El mecanismo es tan brillante como peligroso. Nvidia, el rey indiscutible de los chips, ha sugerido que podría invertir hasta 100.000 millones de dólares en OpenAI. Simultáneamente, OpenAI es uno de los mayores clientes de Nvidia, utilizando ese mismo capital para comprarle procesadores. Para complicar aún más la trama, intermediarios como Oracle entran en la ecuación: OpenAI alquila capacidad de computación en la nube a Oracle, y Oracle, a su vez, gasta miles de millones comprando chips a Nvidia para satisfacer esa demanda.
El dinero está girando en un bucle cerrado, pasando de una mano a otra entre las mismas cuatro o cinco mega-empresas. En principio, no hay nada ilegal en estas maniobras, pero crean una simbiosis financiera extremadamente frágil: inflan los ingresos de todos los participantes sin que necesariamente haya un usuario final externo pagando la factura. Si una pieza del dominó se tambalea —por ejemplo, si los modelos de OpenAI no logran ser rentables por sí mismos—, todo el edificio de valoraciones bursátiles podría derrumbarse como un castillo de naipes.
La fiebre del oro física: Picos, palas y hormigón
Mientras los escépticos analizan con lupa los flujos de caja, la economía real está experimentando una transformación física brutal. El boom de la IA ha desatado una carrera armamentística de infraestructuras. Si observamos el gasto en construcción para 2025, la tendencia es clara: la inversión ha caído en casi todos los sectores tradicionales, excepto en uno. La construcción de centros de datos y estaciones eléctricas se ha disparado verticalmente. Morgan Stanley estima que las empresas gastarán la asombrosa cifra de 3 billones (trillion) de dólares en construir la infraestructura física necesaria para entrenar y ejecutar estos modelos.
En antiguas zonas industriales de la costa este de EE. UU., promotores inmobiliarios están comprando viejas fábricas textiles abandonadas de un millón de pies cuadrados para reconvertirlas en granjas de servidores. La lógica es la velocidad: «El tiempo no es tu amigo en la IA», aseguran los promotores. Readaptar un edificio existente toma seis meses; construir uno desde cero («greenfield») toma dos años. En esta carrera, nadie quiere llegar segundo. Las empresas de servicios públicos (utilities) y las constructoras especializadas son las grandes ganadoras silenciosas de esta etapa; están vendiendo los «picos y palas» de la fiebre del oro, cobrando por adelantado mientras las startups de IA queman efectivo a ritmos alarmantes.
El espejismo de la rentabilidad y la sombra del 2000
Aquí reside la gran paradoja del momento. Se construye y se invierte a un ritmo frenético, pero ningún proyecto importante de IA generativa es rentable todavía. El problema estructural es el coste: cada vez que un usuario hace una pregunta a ChatGPT, OpenAI probablemente pierde dinero en costes de computación y energía. Sam Altman, CEO de OpenAI, ha sugerido que la empresa podría alcanzar el punto de equilibrio (break-even) hacia 2029 o 2030. En el mundo de la tecnología, cinco años de pérdidas masivas son una eternidad, y una apuesta de riesgo existencial.
Las similitudes con la burbuja de las puntocom del año 2000 son cada vez más difíciles de ignorar para los veteranos de Wall Street. En aquel entonces, las empresas de internet inflaban sus ingresos vendiéndose publicidad y servicios entre ellas en un esquema circular muy similar al actual. También hubo un exceso de construcción física: se tendieron miles de kilómetros de fibra óptica que nadie necesitaba en ese momento. Cuando la burbuja estalló, se evaporaron 5 billones de dólares de valor. Empresas sólidas como Cisco tardaron 25 años en recuperar su precio de acción; gigantes como Amazon tardaron casi una década.
¿Demasiado grandes para explotar?
La diferencia fundamental hoy es la escala y la integración sistémica. El boom de la IA está sosteniendo prácticamente por sí solo el crecimiento del PIB de Estados Unidos, actuando como contrapeso a la inflación y a las tensiones comerciales. Millones de estadounidenses están expuestos a este riesgo a través de sus planes de pensiones (401k), que invierten masivamente en las acciones de las grandes tecnológicas. Esto plantea una pregunta inquietante: ¿Se han vuelto estas empresas «Too Big to Fail» (demasiado grandes para caer)?
Si la burbuja estalla, no será solo un problema para los inversores de Silicon Valley; podría desencadenar una recesión comparable a la crisis financiera de 2008, obligando quizás a una intervención estatal para salvar la economía. Sin embargo, los optimistas se aferran a una esperanza histórica: al igual que la fibra óptica «sobrante» de los 90 terminó convirtiéndose en la columna vertebral barata sobre la que se construyó la internet moderna, los centros de datos que se construyen hoy frenéticamente acabarán siendo utilizados. La tecnología es real, pero la IA se ha convertido en la mayor apuesta que Wall Street ha hecho jamás. Y en un casino conocido por sus excesos, esta es la jugada final donde se está arriesgando todo el capital disponible.
