Un presidente bajo presión y un nuevo frente inesperado
Donald Trump atraviesa uno de los momentos políticos más difíciles de su mandato: su aprobación cae, los republicanos han sufrido derrotas relevantes en las elecciones de noviembre y su base MAGA muestra fracturas internas que hacía años no se veían. A todo ello se suma un nuevo problema que no estaba en los cálculos de nadie: la inteligencia artificial, un ámbito que el propio Trump había abrazado como símbolo de progreso tecnológico y motor económico, pero que ahora amenaza con volverse en su contra.
Las razones son múltiples. La población estadounidense muestra un escepticismo creciente hacia la IA, los efectos económicos comienzan a sentirse en el mercado laboral y los costes Energéticos asociados a los centros de datos han convertido la IA en un eje de conflicto local en numerosos estados. Para Trump, que ha hecho de la IA un baluarte estratégico —con subsidios millonarios, rebajas fiscales y un mensaje público muy favorable a su desarrollo—, el giro de opinión pública llega en el peor momento posible.
Una ciudadanía que desconfía cada vez más de la IA
Las encuestas pintan un panorama claro: Estados Unidos es hoy uno de los países más escépticos del mundo respecto a la inteligencia artificial.
Un sondeo de Pew Research reveló que:
- la mitad de los estadounidenses se siente más preocupada que entusiasmada con la IA,
- solo un 10% expresa entusiasmo por su desarrollo,
- y un 61% quiere más control sobre su uso cotidiano.
En otro estudio realizado por Edelman, el 49% de los encuestados afirma rechazar directamente la IA, mientras que solo un 17% la “abraza”. La confianza es mínima: apenas un tercio cree que la IA pueda reducir la pobreza o ayudar a disminuir la polarización política.
El problema para Trump no es solo el escepticismo, sino su intensidad. Mientras en China o Brasil prevalece una visión positiva de los avances tecnológicos, Estados Unidos ha pasado a ver la IA como una amenaza tangible: un riesgo para el empleo, un generador de desinformación y un acelerador de contenidos pornográficos o manipulados.
La narrativa que hace apenas dos años pintaba la IA como la tecnología que curaría el cáncer y elevaría el nivel de vida ha sido sustituida por la percepción de un riesgo moral, social y económico.
En un contexto así, ser “el presidente pro-IA” ya no es un activo político. Es un riesgo.
División interna en MAGA: la tecnología que enfrenta a dos almas del trumpismo
El rechazo generalizado a la IA no sería un problema grave para Trump si no fuera porque también está dividiendo su propia base política.
El movimiento MAGA ha sido históricamente diverso: combina transfuguismo obrero, conservadurismo cultural, nacionalismo económico y un sector tecnolibertario conectado al Silicon Valley más radical. Hasta hace poco, esta coalición coexistía con cierta estabilidad. La IA ha roto ese equilibrio.
Por un lado, los llamados “tech bros” y los halcones anti-China dentro de MAGA son fervientemente pro-IA. Ven en ella un arma estratégica frente a Pekín, una industria capaz de generar empleos de alta productividad y un campo donde EE.UU. puede recuperar su hegemonía científica.
Por otro lado, el segmento más tradicional, rural y conservador del movimiento rechaza la IA con fuerza. La consideran una tecnología antinatural, peligrosa para el empleo y capaz de sustituir trabajos cualificados que antes parecían seguros. Para este sector, la IA es una amenaza moral y económica al mismo tiempo.
La división se ha intensificado en las últimas semanas. Figuras republicanas como Ron DeSantis han empezado a posicionarse explícitamente contra las subvenciones a empresas de IA, denunciando que el gobierno “rescata a multimillonarios con dinero público” y criticando la voluntad de Trump de impedir que los estados regulen la IA de forma independiente.
Lo que antes era un tema técnico se ha convertido en un eje ideológico capaz de fragmentar el corazón del trumpismo.
El impacto laboral: desempleo juvenil en máximos y temor al reemplazo
Buena parte del rechazo social hacia la IA proviene de la sensación —cada vez más extendida— de que está destruyendo puestos de trabajo.
Los datos respaldan esta preocupación: el desempleo entre graduados universitarios de entre 20 y 24 años alcanza el 9,5%, el nivel más alto en una década si se excluye la anomalía de la pandemia.
Por primera vez desde que existen registros, los titulados jóvenes tienen menos probabilidades de encontrar empleo que el trabajador medio.
Aunque el vínculo directo entre la IA y este fenómeno es difícil de cuantificar, la percepción pública es que los modelos de IA están sustituyendo tareas de entrada en sectores como:
- análisis de datos,
- diseño gráfico,
- programación inicial,
- administración,
- comunicación digital.
El resultado político es evidente: los jóvenes, tradicionalmente desconfiados de Trump, ahora desconfían también de la industria que él defiende.
Los centros de datos: el nuevo campo de batalla local en EE.UU.
La infraestructura necesaria para sostener la IA —los centros de datos— se ha convertido en un problema político a nivel estatal. En estados como Virginia o Georgia, la construcción masiva de estas instalaciones ha generado rechazo por su consumo eléctrico y de agua, aunque los estudios no siempre confirman que afecten directamente a los precios finales.
Aun así, la percepción pública manda, y esa percepción es negativa.
Los centros de datos son vistos como “monstruos energéticos” que:
- encarecen la factura eléctrica,
- consumen recursos escasos,
- deterioran el entorno,
- y benefician principalmente a empresas tecnológicas multimillonarias.
El resultado: candidatos que hicieron campaña contra los centros de datos ganaron elecciones locales este noviembre.
Para Trump, esto significa que incluso los estados conservadores están virando hacia posturas anti-IA en temas concretos como la energía.
La proyección es inquietante: para 2030, los centros de datos podrían representar el 10% del consumo eléctrico nacional, cinco veces más que en otras regiones. Una tormenta perfecta en un país donde la red eléctrica se moderniza muy lentamente.
El dilema final: Trump no puede renunciar a la IA aunque le reste votos
Pese al coste político, Trump está atrapado: no puede distanciarse de la IA.
La razón es simple: la economía estadounidense depende de ella más de lo que se reconoce públicamente.
Solo la inversión en centros de datos asociados a IA representa ya cerca del 40% del crecimiento total del PIB.
Además, la subida del mercado bursátil impulsada por empresas de IA ha generado un efecto riqueza que mantiene el consumo a niveles altos incluso cuando la confianza del consumidor está en valores comparables a los de 2008.
El problema es estructural:
el 50% de todo el gasto nacional proviene del 10% más rico de la población, que es precisamente quien se beneficia de las ganancias bursátiles del sector tecnológico.
Si la IA se ralentiza o entra en crisis, el consumo se hundiría y Estados Unidos se vería abocado a una recesión profunda.
Trump lo sabe. Sus asesores lo saben. El mercado lo sabe.
Por eso, aunque la IA esté erosionando su apoyo social, la Casa Blanca no tiene margen para frenar el sector sin desencadenar un desastre económico.
