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El estado de las infraestructuras de transporte en Extremadura constituye uno de los mayores debates sobre cohesión territorial y asignación presupuestaria en España. A pesar de ocupar una posición geográfica estratégica como puente natural del corredor suroeste ibérico entre Madrid y Lisboa, la región arrastra un déficit histórico en inversiones de transporte que ha limitado su capacidad para atraer tejido industrial, fijar población en sus zonas rurales y exportar de forma competitiva su producción agroalimentaria y minera hacia los grandes puertos y centros de consumo europeos.
El punto más crítico de este atraso estructural se localiza en la red ferroviaria. Extremadura ha sido la última comunidad peninsular en contar con tramos en funcionamiento que superen las velocidades convencionales del siglo pasado. Aunque en los últimos años se han puesto en servicio variantes de plataforma sobre el eje Plasencia-Cáceres-Mérida-Badajoz, la línea ha operado durante largos periodos mediante tracción diésel y con sistemas de señalización provisionales debido a las demoras recurrentes en la electrificación de las subestaciones y el despliegue del sistema ERTMS. La prolongada falta de culminación de los tramos que conectan la región con Castilla-La Mancha y Madrid, sumada a la incertidumbre sobre los plazos del tramo portugués hasta Lisboa, mantiene los tiempos de viaje a la capital en registros poco competitivos frente al transporte por carretera.
En el ámbito de las mercancías, las limitaciones del ferrocarril suponen un freno directo al desarrollo de la Plataforma Logística del Suroeste Europeo en Badajoz y los parques empresariales de Mérida y Navalmoral de la Mata. Las empresas del potente sector agroindustrial extremeño —líder en producción de tomate transformado, aceite, fruta dulce y corcho— se ven obligadas a canalizar el grueso de su logística mediante camiones de gran tonelaje, lo que encarece los costes operativos de transporte entre un 15% y un 25% en comparación con los competidores que disponen de conexiones directas a vías férreas electrificadas de ancho estándar en el eje mediterráneo o atlántico.
La red viaria de alta capacidad presenta un panorama más consolidado en los grandes ejes troncales, pero mantiene deficiencias notables en la conectividad interna e interregional. Si bien las autovías A-5 (Autovía del Suroeste) y A-66 (Autovía de la Ruta de la Plata) aseguran la comunicación norte-sur y con el centro peninsular, persisten reclamaciones históricas sobre el ritmo de ejecución de infraestructuras clave. Entre ellas destacan la finalización y desdoblamiento de tramos en la A-43 para asegurar una salida directa y fluida hacia la Comunidad Valenciana y el este del país, así como la modernización de la red secundaria de carreteras autonómicas y provinciales, cuyo deterioro por falta de mantenimiento periódico dificulta el tránsito diario entre comarcas de baja densidad poblacional.
El coste de este aislamiento no se limita a las molestias para los viajeros, sino que condiciona la convergencia económica regional. Extremadura se mantiene con un Producto Interior Bruto per cápita que se sitúa en torno al 70% de la media de la Unión Europea, lo que perpetúa su estatus como región receptora de fondos de cohesión comunitarios. Tanto las asociaciones empresariales como las instituciones autonómicas coinciden en que la culminación definitiva de la línea de alta velocidad Madrid-Lisboa para pasajeros y mercancías, junto con el refuerzo de la red de transporte de energía eléctrica para dar servicio a nuevos proyectos industriales de baterías y metales estratégicos, representa la condición indispensable para que la comunidad autónoma pueda cerrar su brecha de competitividad frente al resto del territorio nacional.
