La historia de Bangladés ha cerrado su capítulo más oscuro y sangriento con un golpe de mazo judicial que resuena en todo el subcontinente indio. Sheikh Hasina, la hija del padre de la patria, la mujer que transformó la economía de su nación y que se aferró al poder hasta convertir la democracia en una autocracia personalista, ha sido oficialmente condenada a muerte.
El veredicto, emitido in absentia por el Tribunal de Crímenes Internacionales de Bangladés, no es solo una sentencia legal; es el epitafio político de la que fuera la jefa de gobierno con más años de servicio en el mundo. El tribunal la ha encontrado culpable de crímenes contra la humanidad, señalándola como la «arquitecta principal» de la brutal represión policial y militar que intentó, sin éxito, aplastar la revuelta estudiantil de julio y agosto de 2024.
Lo que comenzó como una protesta universitaria por un sistema de cuotas laborales injusto, se transformó en una carnicería que la historia ya ha bautizado como la «Revolución de Julio». Decenas de miles de heridos y un estimado de 1.400 muertos pavimentaron el camino para la caída de un régimen que parecía intocable. Hoy, mientras Hasina observa desde su exilio dorado en India, su legado en Daca se reduce a cenizas, escombros y una horca que espera simbólicamente su retorno.
El auge y la corrupción de la «Dama de Hierro»
Para comprender la magnitud de esta caída, hay que recordar la altura desde la que se precipitó Hasina. A sus 78 años, no era una dictadora cualquiera. Era la superviviente definitiva. En 1975, sobrevivió al golpe de estado que aniquiló a casi toda su familia, incluido su padre, el presidente fundador Sheikh Mujibur Rahman.
Durante años, Hasina fue el rostro de la democracia. Regresó del exilio en 1981, lideró la Liga Awami y fue una pieza clave para terminar con el gobierno militar. Cuando retomó el poder en 2009, supervisó un milagro económico: Bangladés pasó de ser una de las naciones más pobres del mundo a una potencia exportadora textil.
Sin embargo, el poder absoluto corrompió absolutamente. Bajo la superficie del crecimiento del PIB, florecía un estado mafioso.
- Desapariciones forzadas: Grupos de derechos humanos documentaron durante años el uso de los «arrestos de medianoche», donde críticos, periodistas y opositores eran tragados por el aparato de seguridad del estado.
- Corrupción endémica: Mientras la élite de la Liga Awami se enriquecía, la desigualdad crecía. Incluso su sobrina, la diputada británica Tulip Siddiq, ha sido recientemente condenada a dos años de cárcel por complicidad en acuerdos de tierras corruptos, extendiendo la mancha de la familia a nivel internacional.
Hasina negó siempre las acusaciones, culpando a la oposición de «terrorismo». Pero en 2024, la narrativa oficial dejó de funcionar.
La chispa: La ira de la Generación Z
El detonante de la revolución no fue ideológico, sino existencial. En un país con 18 millones de jóvenes desempleados, el Tribunal Supremo reinstauró el 5 de junio de 2024 un controvertido sistema de cuotas: el 30% de los codiciados empleos gubernamentales se reservarían para los descendientes de los «luchadores por la libertad» de 1971.
Para los estudiantes, esto no era patriotismo; era nepotismo. El sistema actuaba como un mecanismo de bienestar para los leales al partido de Hasina. La Generación Z, movilizada a través de grupos privados de Facebook, WhatsApp y Telegram, salió a las calles. Lo que pedían era mérito. Lo que recibieron fue plomo.
La «Masacre de Julio»: Drones, helicópteros y fuego real
La respuesta de Hasina fue de una violencia «maximalista». Grabaciones filtradas durante el juicio apuntan a una directiva clara desde la oficina de la primera ministra: usar fuerza letal.
El 16 de julio marcó el punto de no retorno. Las fuerzas de seguridad, apoyadas por el ala estudiantil armada del partido de gobierno, desataron el infierno en los campus universitarios.
- Abu Sayed, un estudiante que se convirtió en el mártir del movimiento, fue asesinado en directo por televisión. Las imágenes lo mostraron con el pecho descubierto, los brazos abiertos, desafiando a la policía a disparar. Y dispararon.
- Guerra urbana: El gobierno desplegó helicópteros y drones para disparar contra multitudes desarmadas. Se ordenó el cierre de internet para ocultar la matanza al mundo, pero la sangre en las calles de Daca hablaba por sí sola.
«Estaban matando sin piedad, como si fuera algo normal», relató un testigo ante el tribunal. La brutalidad no sofocó la protesta; la transformó en una insurrección. Los estudiantes ya no pedían la reforma de las cuotas; pedían la cabeza de Hasina.
El «36 de Julio» y la huida en helicóptero
El movimiento estudiantil, liderado por figuras como Nahid Islam, acuñó la frase «36 de julio» para referirse a los días de agosto que siguieron a la masacre, negándose a pasar página hasta obtener justicia.
El 4 de agosto, desafiando el toque de queda y las balas, cientos de miles de personas marcharon hacia Ganabhaban, la residencia oficial de la Primera Ministra. Fue el momento en que el aparato represivo se quebró. Los jefes de policía informaron a Hasina de que el ejército se negaba a disparar contra su propio pueblo.
En cuestión de horas, la «Dama de Hierro» se derritió. Hasina dimitió y huyó en un helicóptero militar hacia la India, dejando atrás un palacio que fue inmediatamente saqueado por la multitud jubilosa. Estatuas de su padre fueron derribadas y destrozadas, simbolizando el fin del culto a la personalidad de la dinastía Rahman.
El juicio: Horca para la cúpula
Con el premio Nobel de la Paz, Muhammad Yunus, al frente del gobierno interino, la sed de justicia de Bangladés comenzó a saciarse en los tribunales.
El Tribunal de Crímenes Internacionales no ha tenido piedad. Junto a Hasina, han sido condenados a muerte sus lugartenientes más fieles:
- Asaduzzaman Khan Kamal, exministro del Interior.
- Chowdhury Abdullah Al-Mamun, exjefe de la policía, quien se declaró culpable y testificó contra su antigua jefa.
La sentencia detalla cómo Hasina ordenó personalmente ejecuciones masivas. Además de la pena de muerte, enfrenta 21 años de prisión adicionales por casos de corrupción separados. Legal y políticamente, Sheikh Hasina es un cadáver en Bangladés.
Un futuro incierto: ¿Renacimiento o venganza?
La euforia de la caída de Hasina ha dado paso a una realidad sobria. Bangladés se encuentra en una encrucijada peligrosa. Aunque el gobierno interino de Yunus promete elecciones para principios de 2026, el país sigue siendo un polvorín.
- El dilema de la extradición: Es poco probable que India entregue a Hasina, lo que tensará las relaciones diplomáticas entre Nueva Delhi y Daca durante años.
- Riesgo de radicalización: Existe el temor real de que el vacío de poder sea aprovechado por grupos fundamentalistas islámicos, lo que podría hacer retroceder los derechos de las mujeres y las libertades civiles.
- Economía frágil: La inestabilidad política ha golpeado al sector textil, el motor del país.
La «Revolución de Julio» demostró el poder de la calle para derrocar a un tirano. Ahora, Bangladés enfrenta el reto aún mayor de construir una democracia que no necesite mártires como Abu Sayed para funcionar. La soga espera a Hasina, pero el veredicto sobre el futuro de la nación aún está por escribirse.
