Caos en los Balcanes | La rebelión de la 'Generación Z'

Bulgaria arde en protestas y su gobierno colapsa a semanas de entrar en el euro: ¿Un estado fallido en la UE?

La dimisión del Primer Ministro Rosen Zhelyazkov no ha calmado la ira de la calle. Lo que comenzó como una queja por un presupuesto injusto se ha transformado en un levantamiento histórico contra la "mafia estatal" de Borisov y Peevski, amenazando con descarrilar la adopción de la moneda única prevista para el 1 de enero.

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Bulgaria 24h

A solo dos semanas de la fecha histórica en la que los levas debían desaparecer para dar paso a los euros en los bolsillos de los búlgaros, el país más pobre de la Unión Europea se encuentra al borde del abismo político. Otra vez.

La dimisión del gobierno del primer ministro Rosen Zhelyazkov, presentada oficialmente hace apenas unos días ante un Parlamento asediado, marca el séptimo colapso gubernamental en cuatro años. Pero esta vez, la sensación en las calles de Sofía, Plovdiv y Varna es diferente. No se trata solo de la habitual parálisis parlamentaria; es una explosión social liderada por una juventud que, hasta ahora, había permanecido en silencio.

La chispa que encendió la pradera fue un proyecto de presupuesto para 2026 que muchos calificaron de «insulto nacional». En un país asfixiado por la inflación y los bajos salarios, la propuesta del gobierno tripartito (liderado por el partido conservador GERB) priorizaba subidas salariales para los legisladores y el aparato de seguridad, mientras exigía a los trabajadores ordinarios mayores contribuciones a la seguridad social y recortaba fondos en sanidad. Aunque el gobierno intentó retirar la medida a la desesperada, ya era tarde: la mecha de la indignación había llegado a la pólvora de la corrupción sistémica.

La «Generación Z» despierta de su letargo

Durante más de una década, la política búlgara ha sido un juego de sillas musicales protagonizado por las mismas caras viejas, mientras los jóvenes emigraban en masa hacia Alemania o el Reino Unido en busca de un futuro digno. Se estima que Bulgaria ha perdido casi el 10% de su población en la última década debido a la fuga de cerebros y la crisis demográfica.

Sin embargo, las últimas semanas han presenciado un fenómeno inédito. Los estudiantes universitarios y los jóvenes profesionales, la llamada «Generación Z», han tomado el relevo de las protestas anticorrupción de 2020. A diferencia de sus padres, resignados al cinismo, estos jóvenes no aceptan que su país sea el «patio trasero corrupto» de Europa.

Según una encuesta reciente de Alpha Research, más del 70% de la población respalda las protestas, una cifra que deslegitima por completo a la clase política actual. Los manifestantes no solo pedían la retirada del presupuesto; pedían el fin del secuestro del Estado por parte de oligarcas sancionados.

«No queremos vivir en un país donde la mafia tiene un Estado. Queremos un Estado que tenga leyes», se leía en una de las pancartas proyectadas con láser sobre la fachada de la Asamblea Nacional en Sofía la noche de la dimisión de Zhelyazkov.

Los titiriteros en la sombra: Borisov y Peevski

Para entender la furia de la calle, hay que mirar detrás de la figura del dimisionario Zhelyazkov. Los verdaderos objetivos de la ira popular son dos hombres que, según los analistas, manejan los hilos del poder en Bulgaria: Boyko Borisov y Delyan Peevski.

Borisov, líder del partido GERB y antiguo guardaespaldas del dictador comunista Todor Zhivkov, ha dominado la política búlgara desde 2009. Aunque se presenta como el garante de la estabilidad pro-europea, su legado está manchado por escándalos de corrupción y un estilo de gobierno autoritario.

Pero la figura más polarizante es, sin duda, Delyan Peevski. Magnate de los medios y líder del Movimiento por los Derechos y Libertades (DPS), Peevski opera como el poder fáctico en el sistema judicial y los servicios de seguridad. Su influencia es tal que, a pesar de haber sido sancionado por Estados Unidos bajo la Ley Magnitsky y por el Reino Unido por «corrupción significativa», su partido sigue siendo el «hacedor de reyes» indispensable para formar cualquier coalición de gobierno.

El presupuesto de 2026, con sus aumentos de gasto público opacos y sus beneficios para sectores controlados por oligarcas, fue visto por los manifestantes como un intento descarado de Peevski y Borisov de saquear las arcas públicas una última vez antes de la estricta vigilancia fiscal que impone la Eurozona.

El sueño del Euro: ¿Pesadilla o salvación?

La ironía cruel de esta crisis es su timing. El 1 de enero de 2026 estaba marcado en rojo en el calendario como el día en que Bulgaria se integraría plenamente en el núcleo de Europa adoptando el euro.

Técnicamente, el país cumple los requisitos macroeconómicos. La inflación se ha moderado y el déficit, sobre el papel, estaba bajo control. Sin embargo, la crisis política amenaza con descarrilar el proceso en el último minuto.

La opinión pública está profundamente dividida:

  • Solo el 39% de los búlgaros apoya la adopción de la moneda única.
  • Apenas un 15% cree que el país esté listo para hacerlo en la fecha prevista de enero de 2026.

El miedo generalizado es que, sin instituciones fuertes que controlen los precios, la transición al euro sea aprovechada por los comerciantes para un «redondeo al alza» masivo, disparando el coste de la vida en un país donde el salario medio es el más bajo de la UE.

La dimisión del gobierno deja al país en un limbo peligroso. ¿Quién firmará los protocolos finales con el Banco Central Europeo? ¿Quién gestionará la logística del cambio de moneda si no hay un ministro de Finanzas en funciones con autoridad real?

Un invierno de descontento

La situación actual recuerda peligrosamente a los eventos de 1997, cuando la hiperinflación y el colapso económico sacaron a la gente a la calle. Aunque la economía de 2025 es más robusta, la quiebra moral de las instituciones es similar.

El presidente Rumen Radev, un independiente con simpatías prorrusas que ha sido una espina en el costado de la coalición pro-occidental, ha echado leña al fuego pidiendo elecciones anticipadas inmediatas y calificando al gobierno saliente de «cómplice de la anarquía». Radev argumenta que la única salida es «resetear» el sistema, pero los críticos temen que unas nuevas elecciones —las octavas en poco tiempo— solo beneficien a los partidos populistas y prorrusos como Vazrazhdane (Renacimiento), que abogan por salir de la OTAN y detener la entrada en el euro.

Las protestas no se han detenido con la dimisión del gobierno. Los organizadores exigen ahora cambios constitucionales que limiten el poder del Fiscal General (visto como un protector de Peevski) y garanticen que los políticos corruptos acaben en la cárcel, no en el Parlamento.

¿Hacia dónde va Bulgaria?

Bulgaria se encuentra en una encrucijada existencial.

Por un lado, tiene la oportunidad de anclarse definitivamente a Occidente mediante el euro y las reformas exigidas por Bruselas. Por otro, corre el riesgo de caer en un ciclo perpetuo de inestabilidad, gobernada por una oligarquía inmune a las sanciones internacionales y desconectada de las necesidades de su pueblo.

La Unión Europea observa con preocupación creciente. Bruselas ha invertido mucho capital político en integrar a Bulgaria (incluyendo su reciente entrada en Schengen), pero no puede permitirse importar un estado fallido a la zona euro. Si el caos continúa durante las navidades, es muy probable que la Comisión Europea sugiera un «retraso técnico» en la adopción de la moneda, lo que sería una humillación nacional y una victoria para los intereses rusos en la región.

Mientras tanto, en la plaza de la Asamblea Nacional, los jóvenes siguen acampados a pesar del frío de diciembre. Saben que han tumbado un gobierno, pero también saben que, en Bulgaria, cambiar las caras no siempre significa cambiar el sistema.

La pregunta que resuena en Sofía no es quién será el próximo primer ministro, sino si Bulgaria logrará ser alguna vez un país europeo normal.