Hace varios días, las urnas suizas enviaron un mensaje que ha resonado con fuerza desde Ginebra hasta Zúrich, y que ha dejado perplejos a los observadores de la izquierda política internacional. En un momento histórico donde la narrativa global gira en torno a «gravar a los ricos» para financiar la transición ecológica, Suiza ha dicho «no». Y no ha sido un rechazo tímido; ha sido una demolición electoral.
Con una mayoría aplastante del 78,3%, los votantes helvéticos rechazaron la iniciativa popular federal denominada «Por el futuro», que buscaba introducir un impuesto federal sobre sucesiones y donaciones del 50% para aquellos patrimonios que superasen los 50 millones de francos suizos (unos 53,3 millones de euros).
La propuesta, impulsada por los Jóvenes Socialistas (JUSO), pretendía utilizar esos fondos para combatir la crisis climática, bajo el eslogan de guerra: «Los ultrarricos heredan miles de millones. Nosotros heredamos crisis». Sin embargo, la respuesta del electorado ha sido inequívoca: en Suiza, la estabilidad económica y la competitividad fiscal son líneas rojas que no se cruzan, ni siquiera en nombre del medio ambiente.
El tercer fracaso de la «Robin Hood» helvética
Para entender la magnitud de este resultado, hay que mirar los antecedentes. No es la primera vez que la izquierda suiza intenta meter la mano en el bolsillo de las grandes dinastías. De hecho, es el tercer intento fallido en una década, y lo más preocupante para los promotores es que la tendencia es negativa.
- En 2015, una propuesta para gravar con un 20% las herencias superiores a 2 millones de francos fueron rechazada por el 71% de los votantes.
- En 2021, la llamada «iniciativa del 99%», que buscaba gravar las rentas del capital al 150%, cayó con un 65% de votos en contra.
- Ahora, en 2025, el rechazo ha escalado hasta casi el 80%.
¿Por qué este endurecimiento del electorado? Los analistas apuntan a que la propuesta actual era demasiado radical. A diferencia de la de 2015, que incluía exenciones para proteger a las empresas familiares (el tejido vital de la economía suiza), la iniciativa actual no contemplaba tales salvaguardas. Además, el texto original incluía cláusulas de retroactividad, lo que encendió todas las alarmas en el sector jurídico y empresarial, obligando a los socialistas a retirar esa parte antes de la votación, aunque el daño a la confianza ya estaba hecho.
La paradoja de la riqueza: ¿Por qué la clase media protege a los millonarios?
A primera vista, el resultado parece contraintuitivo. Según el Global Wealth Report 2025 de UBS, Suiza es el país más rico del mundo en términos de patrimonio medio por adulto, superando los 687.000 dólares. Es también una de las naciones con mayor densidad de millonarios y ocupa el sexto lugar mundial en multimillonarios per cápita, solo por detrás de paraísos fiscales como Mónaco o Liechtenstein.
Las encuestas internas muestran que los suizos no son ciegos a esta realidad: un sondeo de 2023 reveló que el 80% de la población considera que la brecha de riqueza es demasiado grande. Sin embargo, a la hora de votar, ese descontento moral no se traduce en apoyo a impuestos confiscatorios.
La razón radica en la estructura de la prosperidad suiza. Entre 2020 y 2024, mientras que la riqueza promedio (inflada por los superricos) cayó ligeramente, la riqueza mediana (la del ciudadano común) creció un 14%.
Esto significa que la clase media suiza se siente partícipe del éxito económico. A diferencia de otros países donde la clase media se encoge, en Suiza se expande. El votante medio teme que castigar a los superricos rompa el delicado ecosistema que permite su propio bienestar. No votan para proteger al multimillonario por simpatía, sino por autodefensa económica.
El miedo al éxodo de capitales
El argumento más potente de la campaña del «No», orquestada por el gobierno federal y las asociaciones empresariales, fue el miedo a la fuga de capitales.
La economía suiza depende en gran medida de su reputación como un puerto seguro, estable y predecible para el capital internacional. Los opositores a la medida argumentaron con éxito que un impuesto del 50% sobre la herencia —una de las tasas más altas del mundo— provocaría un éxodo masivo.
«Si los ricos se van, perdemos todos», fue el mensaje subliminal que caló hondo. Si las grandes fortunas trasladan su residencia fiscal a Singapur o Londres, Suiza no solo dejaría de recaudar ese hipotético nuevo impuesto, sino que perdería los ingresos fiscales actuales que estas personas ya pagan (impuesto sobre la renta y sobre el patrimonio existente). Además, se temía un impacto directo sobre las PYMES y las empresas familiares, que a menudo tendrían que venderse o liquidarse para poder pagar la factura fiscal tras la muerte del propietario, poniendo en riesgo miles de empleos.
El laberinto del federalismo fiscal
Hay un segundo factor, más técnico pero igualmente decisivo, que explica el rechazo masivo: la defensa de la soberanía cantonal.
Suiza no es una nación centralizada; es una confederación donde los cantones tienen un poder inmenso, especialmente en temas fiscales. Actualmente, casi todos los cantones tienen sus propias leyes de sucesiones. Algunos, como Schwyz, no tienen impuesto de sucesiones para familiares directos. Otros, como Basilea-Ciudad, pueden llegar a cobrar hasta casi el 50% en ciertos casos.
La propuesta socialista de imponer un impuesto federal del 50% se sumaría a los impuestos cantonales existentes. Esto creó el espectro de la «doble imposición».
En un escenario hipotético, un heredero en un cantón con impuestos altos podría enfrentarse a una carga fiscal combinada cercana al 100% del valor de la herencia. Para el votante suizo, que valora profundamente la descentralización y desconfía de que Berna (la capital federal) acumule demasiado poder, esta intromisión en las competencias cantonales fue vista como una aberración administrativa y constitucional.
La confianza en el «Consejo de los Sabios»
Finalmente, no se puede subestimar el peso institucional. En Suiza, el gobierno (Consejo Federal) es un órgano colegiado de siete miembros de diferentes partidos que goza de una alta credibilidad. El Consejo Federal se opuso frontalmente a la iniciativa, calificándola de peligrosa para la prosperidad nacional.
La estadística es demoledora: solo el 10% de las iniciativas populares que van en contra de la recomendación del gobierno y el parlamento logran ser aprobadas en referéndum. El votante suizo tiende a ser conservador ante cambios radicales y confía en el análisis técnico de sus líderes. Cuando el gobierno advirtió que la medida «socavaría la competitividad», la suerte estaba echada.
Conclusión: El mensaje al mundo
El rechazo del domingo es un recordatorio de que Suiza sigue siendo una «isla» política y económica en Europa. Mientras los países vecinos de la Unión Europea debaten sobre cómo armonizar impuestos y presionar a las grandes fortunas, los suizos han reafirmado su compromiso con un modelo de impuestos bajos, estado descentralizado y protección de la propiedad privada.
Para los Jóvenes Socialistas, la derrota es amarga y plantea dudas sobre la viabilidad de su estrategia de «guerra de clases» en una sociedad que, mayoritariamente, prefiere la paz social y la estabilidad financiera. Han intentado vender la idea de que la riqueza de unos pocos es la causa de la crisis de todos, pero Suiza ha respondido que prefiere ser un país de ricos a ser un país que expulsa a los ricos.
