ESTADOS UNIDOS / TENSIÓN CRECIENTE EN AMÉRICA LATINA

Estados Unidos ya libra una guerra encubierta contra Venezuela, el conflicto abierto podría ser el siguiente paso

Los ataques a embarcaciones en el Caribe, el despliegue naval masivo y la autorización de operaciones encubiertas muestran que Washington ha pasado de la presión diplomática a una estrategia de confrontación directa contra el régimen de Maduro.

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Venezuela 24h

Un conflicto que comenzó en silencio

Durante septiembre, varios drones de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos empezaron a destruir pequeñas embarcaciones de madera en aguas del Caribe. En apariencia, se trataba de operaciones contra el narcotráfico, pero algo no cuadraba.
Las rutas más activas del tráfico de cocaína no pasan por esa zona, ni parten de Venezuela de manera predominante. Sin embargo, Washington optó por eliminar los barcos sin intentar abordarlos, un procedimiento inusual.

Lo que al principio parecía una simple campaña contra los cárteles reveló, semanas después, su verdadero propósito: la presión militar ya no se dirige a Colombia o México, sino directamente a Venezuela. Los drones habían abierto un nuevo frente.

De la “presión máxima” a la confrontación activa

El giro geopolítico se hizo evidente cuando Estados Unidos desplazó al Caribe su portaaviones más avanzado y reforzó discretamente sus bases y capacidades operativas en Puerto Rico y las Islas Vírgenes.
Paralelamente, la Casa Blanca dio luz verde a actividades encubiertas dentro de territorio venezolano, algo que Caracas denunció inmediatamente alegando intentos de sabotaje y complots para justificar una agresión externa.

Aunque las versiones venezolanas deben tomarse con cautela, el patrón general sí indica que Washington ha ampliado sus operaciones clandestinas. Para el gobierno de Maduro, esto confirma la existencia de una estrategia de desestabilización progresiva, diseñada para debilitar al régimen antes de un eventual choque más directo.

El peso de la geopolítica: petróleo, alianzas y el retorno de la lógica Monroe

Venezuela posee las mayores reservas de petróleo del mundo. Lejos de ser un activo, este recurso ha sido fuente permanente de injerencias, dependencias y rivalidades.
Durante años, Caracas se apoyó en Rusia y China para contrarrestar la presión de Estados Unidos. Moscú envió bombarderos estratégicos y asesores militares; Pekín, miles de millones en créditos e infraestructura.

Pero hoy Maduro está cada vez más aislado. Las sanciones han devastado la economía y las potencias que le sostenían se muestran mucho más cautas. Es en ese vacío donde encaja la política exterior estadounidense: el objetivo es impedir que un país del hemisferio occidental caiga plenamente bajo la órbita de Rusia o China, un principio que revive la doctrina Monroe en versión siglo XXI.

Washington quiere dejar claro que su influencia en América Latina no puede ser desafiada sin consecuencias.

Un despliegue militar que recuerda a la crisis de los misiles

Estados Unidos ha concentrado en el Caribe la mayor fuerza naval vista desde principios de los sesenta.
Un portaaviones con más de 70 aeronaves, destructores, submarinos y miles de marines patrullan frente a la costa venezolana. Al mismo tiempo, se están reacondicionando instalaciones militares utilizadas durante la Guerra Fría.

Los movimientos logísticos refuerzan la hipótesis de que Estados Unidos está preparando una capacidad de ataque sostenido, más allá de las operaciones contra el narcotráfico. La presencia de cazas F-35, bombarderos estratégicos y drones Reaper no encaja con misiones rutinarias en el Caribe.

En una hipotética confrontación, Venezuela tendría pocas opciones. Su fuerza aérea está deteriorada, la corrupción ha erosionado las capacidades operativas y apenas recibe suministro regular de repuestos.

Guerra encubierta, guerra abierta y la sombra de la desestabilización

La estrategia estadounidense parece orientarse a erosionar al régimen sin necesidad de invadir el país.
Golpear pistas aéreas, interrumpir rutas logísticas y presionar económicamente podría, con el tiempo, provocar un colapso interno que deje a Maduro sin capacidad de controlar el territorio.

Sin embargo, el escenario posterior sería extremadamente complejo. Venezuela es hoy un país con cientos de miles de armas en manos de colectivos, milicias y grupos criminales que fueron armados durante décadas para sostener el proyecto chavista.
Una caída repentina del gobierno podría desembocar en una fragmentación violenta del poder, con facciones enfrentadas, disputas territoriales y un vacío institucional peligroso para toda la región.

Estados Unidos puede desmantelar la estructura militar de Venezuela en cuestión de días, pero la construcción del día después es otra historia.

Un horizonte inestable

Todo apunta a que la relación entre Washington y Caracas ha pasado de la hostilidad diplomática a la fase de confrontación encubierta, con posibilidades reales de escalar.
Estados Unidos busca un mensaje geopolítico contundente: ningún socio de Rusia o China en el continente americano está a salvo de represalias si desafía abiertamente a Washington.
Venezuela, debilitada y aislada, se convierte así en el campo de pruebas de la nueva política hemisférica estadounidense.