Una semana que sacude el tablero estratégico del sur de Asia
La última semana ha supuesto un vuelco en el equilibrio de seguridad del sur de Asia. En apenas cuatro días, se encadenaron el fracaso de las negociaciones entre Pakistán y Afganistán, un grave atentado en Nueva Delhi y un ataque todavía más letal en Islamabad.
El resultado: un brusco deterioro de las relaciones bilaterales, un clima de desconfianza extrema y el regreso del fantasma de una guerra abierta entre los dos países.
Tanto India como Pakistán —rivales históricos— han elevado su nivel de alerta; mientras tanto, los talibanes observan cómo su incapacidad para controlar a los grupos armados en territorio afgano vuelve a colocar al país en el centro de una crisis regional.
Una relación que pasó de la cooperación a la hostilidad
Durante décadas, Pakistán fue uno de los principales apoyos del movimiento talibán. Islamabad sostuvo a los muyahidines en los años ochenta, reconoció al primer Emirato Islámico en 1996 y mantuvo contactos incluso durante la ocupación estadounidense. Para Pakistán, los talibanes eran un actor útil con el que mantener influencia en Afganistán y evitar que grupos hostiles operasen contra su territorio.
Pero el regreso talibán al poder en 2021 no trajo la estabilidad que Islamabad esperaba. Al contrario, desde entonces Afganistán se ha convertido en refugio para múltiples organizaciones armadas, entre ellas el Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP), la facción paquistaní de los talibanes que combate abiertamente al Estado paquistaní desde 2007.
Los datos son contundentes: solo en 2024, más de 680 miembros de las fuerzas de seguridad de Pakistán murieron en atentados o en operaciones antiterroristas; en 2025, el número ya supera los 500 en los primeros nueve meses. La situación es, para Islamabad, insostenible.
Escalada militar en la frontera y primeros bombardeos en Kabul
En octubre, tras una nueva ola de ataques reivindicados por el TTP, Pakistán decidió elevar el nivel de represalia: por primera vez en años, llevó a cabo bombardeos no solo en zonas fronterizas, sino también en objetivos situados en Kabul.
Con este paso, Islamabad trataba de enviar un mensaje inequívoco: responsabilizaría directamente al gobierno talibán de cualquier acción procedente de su territorio.
La respuesta fue inmediata. Hubo combates a lo largo de la frontera —los más violentos desde 2021— y nuevas incursiones aéreas paquistaníes en Kabul y Kandahar.
La mediación urgente de Turquía y Catar consiguió frenar temporalmente la escalada y trasladar a las partes a Estambul para unas negociaciones que, desde el inicio, nacieron tocadas.
Negociaciones fallidas: los talibanes no ceden
Las conversaciones en Estambul duraron apenas unos días. El punto central del desacuerdo volvió a ser el mismo de siempre: la negativa talibán a actuar de forma eficaz contra los más de veinte grupos armados que operan desde Afganistán.
Aunque Kabul afirma que no tiene capacidad real para controlar a todas estas organizaciones, Pakistán considera esa explicación insuficiente, especialmente cuando el TTP sigue operando con libertad.
La fragmentación interna del propio régimen talibán —con facciones que protegen o colaboran con diferentes grupos— hace todavía más improbable que pueda cumplir compromisos firmes en materia de seguridad.
Atentados en Islamabad y Nueva Delhi: un golpe a la estabilidad regional
La situación se agravó aún más el 11 de noviembre, cuando un atentado suicida en Islamabad dejó más de una decena de muertos. Fue el ataque más letal en la capital desde 2008, y su impacto político fue inmediato.
El Gobierno paquistaní respondió con un tono inusualmente duro. El ministro de Exteriores calificó la situación como “estado de guerra”, anunció la reanudación de bombardeos y no descartó abiertamente la posibilidad de un conflicto abierto con Afganistán.
A esto se añadió otro atentado en Nueva Delhi —el más grave en la ciudad desde 2008— que incrementó la tensión en India, un país que veía con preocupación la escalada en su frontera occidental.
Pakistán acusó a India de financiar grupos afganos para desestabilizar su territorio, una acusación que Nueva Delhi rechaza con rotundidad. Sin embargo, el clima diplomático vuelve a recordar, por momentos, los peores episodios de la década pasada.
La posición de India y las nuevas alianzas de los talibanes
La relación entre India y el régimen talibán se encuentra en un momento peculiar. Tras años de distancia, Nueva Delhi ha reabierto contactos y ha anunciado la reapertura de su embajada en Kabul.
Es una señal de que India intenta influir en Afganistán precisamente en un momento en que Pakistán pierde ascendencia sobre los talibanes.
Este reordenamiento de alianzas complica aún más la ecuación de seguridad regional. India quiere evitar que Afganistán vuelva a convertirse en un foco de inestabilidad que pueda proyectarse sobre su territorio. Los talibanes, necesitados de reconocimiento internacional, exploran nuevas relaciones. Y Pakistán observa todo este movimiento con creciente inquietud.
¿Qué opciones tiene Pakistán?
La realidad es que Islamabad se enfrenta a un dilema sin salida clara.
Atacar de forma continuada territorio afgano puede fragmentar aún más al régimen talibán, debilitando su autoridad y, por tanto, su capacidad para frenar a los grupos armados.
Pero no atacar supone asumir un nivel de violencia interna que el país considera inaceptable.
Pakistán tampoco puede permitirse una invasión a gran escala: el coste político, humano, económico y diplomático sería inmenso.
Y, por otra parte, los talibanes no muestran voluntad real de modificar la situación actual.
El resultado es un equilibrio extremadamente frágil que podría romperse con cualquier nuevo atentado, con cualquier error militar o con cualquier paso mal calculado en la frontera.
Un futuro inmediato plagado de incógnitas
La región enfrenta un riesgo evidente de desestabilización en cadena. Afganistán no controla a los grupos armados que actúan desde su territorio, Pakistán no encuentra mecanismos para frenar los ataques sin escalar militarmente y la relación con India añade un tercer vértice a un triángulo histórico de tensión.
La pregunta no es solo qué hará Pakistán, sino cómo reaccionarán los talibanes, qué papel desempeñarán India, Turquía y Catar, y hasta qué punto la comunidad internacional podrá influir en una crisis que amenaza con abrir un nuevo foco de inestabilidad en Asia.
El sur de Asia vuelve a situarse en un punto crítico. Y, por ahora, ninguna de las partes tiene una salida sencilla.
