La coreografía estaba preparada al milímetro: Ursula von der Leyen y el Presidente del Consejo Europeo, António Costa, aterrizarían en Kiev para marcar el cuarto año de resistencia ucraniana con un cheque de 90.000 millones de euros bajo el brazo. Pero la realidad política ha dinamitado la foto. Hungría ha vuelto a ejercer su poder de veto, dejando a la UE sin su principal baza financiera y diplomática en el momento más crítico.
El bloqueo no es casual. Responde a una tormenta perfecta que combina una crisis energética real con el oportunismo electoral de un Viktor Orbán que, por primera vez en 16 años, ve peligrar su trono.
El corte del oleoducto Druzhba
El conflicto estalló el pasado 27 de enero, cuando el flujo de petróleo ruso que alimenta a Hungría y Eslovaquia se detuvo en seco. Kiev afirma que un ataque con drones rusos dañó la infraestructura del oleoducto Druzhba («Amistad») en el oeste de Ucrania. Sin embargo, Budapest y Bratislava no compran esa versión. Acusan a Ucrania de sabotaje político o, como mínimo, de negligencia intencionada al negarse a reparar la tubería.
Para Hungría, esto es existencial. A pesar de cuatro años de guerra, el país ha profundizado su dependencia de Moscú: el crudo ruso representa hoy el 92% de sus importaciones de petróleo, frente al 61% antes de la invasión. Sin ese petróleo, la economía húngara se gripa.
En represalia, Orbán y su aliado eslovaco, Robert Fico, han cortado el suministro de diésel y electricidad de emergencia a una Ucrania que se enfrenta a apagones invernales. «No apoyaré ninguna decisión favorable a Ucrania hasta que el petróleo vuelva a fluir», sentenció Orbán.
El factor electoral: Orbán contra las cuerdas
Pero el petróleo es solo la mitad de la historia. Hungría se acerca a las elecciones generales de abril, y las encuestas muestran una carrera agónica entre el Fidesz de Orbán y el partido Tisza del opositor Péter Magyar.
Orbán está utilizando el conflicto con Ucrania como arma electoral, presentándose como el único defensor de los intereses nacionales frente a un Kiev «chantajista» y un Magyar pintado como títere de Bruselas. El veto le permite proyectar fuerza interna, aunque a costa de aislar aún más a Hungría en Europa.
Europa, sola ante el peligro
El momento no podría ser peor. Con Donald Trump de vuelta en la Casa Blanca desde hace un año, la ayuda militar estadounidense ha desaparecido. Europa intentó llenar ese vacío con el préstamo de 90.000 millones (avalado por el presupuesto de la UE tras fracasar el plan de usar activos rusos congelados por miedo a litigios en Bélgica).
El veto húngaro bloquea este dinero vital justo cuando Ucrania se enfrenta a un abismo presupuestario en abril. Las reacciones han sido furibundas: el primer ministro polaco Donald Tusk lo ha calificado de «sabotaje político», y António Costa ha sugerido que Hungría viola el principio de cooperación leal de la Unión.
¿Qué pasará ahora?
Bruselas busca soluciones creativas, pero el margen es estrecho.
- Arreglar el tubo: Von der Leyen presiona a Kiev para que repare el oleoducto, pero Zelenski se muestra reacio a gastar recursos en una infraestructura que beneficia a quienes bloquean su ayuda, especialmente después de que drones ucranianos atacaran estaciones de bombeo dentro de Rusia esta misma semana.
- Esperar a abril: La esperanza secreta de muchas capitales europeas es que una victoria de Péter Magyar en las elecciones húngaras desbloquee la situación. Si Orbán sobrevive, la UE podría verse forzada a plantearse seriamente retirar el derecho de voto a Hungría o buscar mecanismos para financiar a Ucrania fuera de los tratados, dejando a Budapest atrás definitivamente.
