Es una de las anomalías más desconcertantes de la economía moderna. En teoría, el mundo debería estar pagando precios exorbitantes por la energía. Con tensiones geopolíticas incendiarias que van desde Irán hasta Venezuela, pasando por una guerra de desgaste en Europa del Este, la lógica tradicional del mercado dictaría que el precio del barril de petróleo estuviera por las nubes, asfixiando a los consumidores y disparando la inflación. Sin embargo, la realidad es diametralmente opuesta: el «oro negro» es hoy más barato que hace una década, incluso sin ajustar por inflación. De hecho, hemos llegado a un punto simbólico y humillante para los petro-estados: una onza de plata vale ahora más que un barril de crudo.
Lo que estamos presenciando es la ruptura histórica de la correlación entre el caos en Oriente Medio y el precio del surtidor. A principios de 2025, el precio rondaba los 80 dólares; hoy, las previsiones de los grandes bancos lo sitúan peligrosamente cerca o por debajo de los 60 dólares. Esta caída no es producto de una recesión que destruya la demanda, como ocurrió durante la pandemia, sino de un tsunami de oferta sin precedentes. El mundo simplemente está produciendo mucho más petróleo del que es capaz de quemar, creando una situación de «superabundancia» (super glut) que amenaza con desestabilizar los presupuestos de naciones enteras.
La inundación llega desde América, no desde Arabia
La raíz de este exceso de oferta se encuentra lejos de las arenas de Arabia Saudita. Reside en el auge imparable de los productores «No-OPEP». Estados Unidos, que durante 75 años fue un devorador insaciable de energía importada, ha completado su transformación en un coloso exportador gracias a la revolución del esquisto (shale), enviando a menudo entre 4 y 5 millones de barriles diarios a los mercados globales. Pero no está solo. Países que hace apenas unos años eran irrelevantes en el mapa petrolero, como Guyana, han pasado de cero a producir casi un millón de barriles diarios. Brasil, Canadá e incluso Argentina con su propia versión del fracking están bombeando a niveles récord.
La Agencia Internacional de la Energía estima que este año la oferta superará a la demanda en unos 4 millones de barriles diarios. Para visualizar la magnitud de este excedente, imaginemos dos superpetroleros gigantes apareciendo cada día frente a las costas de Texas o el Mar del Norte sin nadie que quiera comprar su carga. Al final del año, tendríamos una flota fantasma de más de 700 barcos varados, llenos de un recurso que nadie necesita inmediatamente. China ha absorbido parte de este exceso para llenar sus reservas estratégicas a precio de saldo, pero incluso el apetito del gigante asiático tiene límites, y sus tanques están empezando a rebosar.
El cambio de estrategia de la OPEP y la «Flota Oscura»
Ante esta pérdida de control, la alianza OPEP+, liderada por Arabia Saudita y Rusia, ha tomado una decisión drástica que ha sorprendido a los comerciantes: dejar de proteger el precio para luchar por la cuota de mercado. En lugar de cerrar los grifos para mantener el barril caro, han optado por abrirlos, inundando un mercado ya saturado. Es una apuesta de alto riesgo destinada a asfixiar a los competidores occidentales con precios bajos a largo plazo, pero el daño colateral para sus propias economías es inmenso. Países como Arabia Saudita necesitan el barril cerca de los 100 dólares para financiar sus megaproyectos futuristas; para Irán, Argelia o Kazajistán, los precios actuales significan déficits presupuestarios brutales y recortes sociales.
A este escenario se suma la opacidad de la llamada «Flota Oscura». Las sanciones occidentales contra Rusia, Irán y Venezuela no han detenido el flujo de crudo, sino que lo han empujado a las sombras. Cientos de petroleros viejos, sin seguro y con los transpondedores apagados, mueven hoy hasta el 25% del petróleo mundial, vendiéndolo con grandes descuentos a compradores en el Sur Global. Este mercado paralelo actúa como un ancla que impide que los precios suban, ya que siempre hay petróleo barato y sancionado disponible para quien esté dispuesto a mirar hacia otro lado.
La ironía climática y el futuro de la volatilidad
La consecuencia final de esta dinámica es una profunda ironía climática. Mientras los gobiernos y activistas aceleran la retórica sobre la transición verde y el fin de los combustibles fósiles, el sistema económico sigue encontrando razones para extraer más petróleo que nunca. Los precios bajos actúan como un subsidio perverso, desincentivando la inversión en eficiencia energética en los países en desarrollo y manteniendo al mundo adicto al motor de combustión.
Sin embargo, los analistas advierten que esta bonanza de precios bajos podría ser el preludio de una crisis futura. Con el petróleo a 60 dólares, muchas empresas están cancelando la exploración de nuevos yacimientos y despidiendo a geólogos, tal como ocurrió a finales de los años 90. Si la inversión se detiene hoy debido al exceso de oferta, podríamos enfrentarnos a una escasez brutal hacia el final de la década. El mercado del petróleo ha pasado de la escasez al diluvio, pero en su naturaleza cíclica, la semilla de la próxima crisis de precios altos ya se está plantando hoy.
