La imagen fue histórica: Nicolás Maduro, ante un tribunal federal de Estados Unidos, declarándose «no culpable» de cargos de narcoterrorismo tras ser capturado en una operación militar estadounidense. Donald Trump justificó el despliegue naval y la destrucción de embarcaciones civiles en el Caribe como una lucha contra el narcotráfico. Pero tras el humo de la intervención, ha emergido la verdadera razón central: el petróleo.
«El negocio petrolero en Venezuela ha sido un fracaso total durante mucho tiempo», declaró Trump, alineando la intervención con su agenda de «dominio energético». Su promesa es clara: enviar a las grandes compañías estadounidenses a gastar miles de millones y arreglar la infraestructura rota.
Pero hay un detalle crucial que la retórica de Washington a veces omite: una petrolera estadounidense ya está allí. Chevron produce hoy cerca del 25% del petróleo de Venezuela. Es el mayor inversor en el país y opera en un escenario único: sin competencia virtual y, actualmente, sin supervisión. Mientras sus rivales huyeron, Chevron aplicó lo que Wall Street llama «valor de opción»: poner una ficha en la ruleta cada año, sabiendo que aunque pierdas muchas veces, cuando ganas, ganas a lo grande. Ese momento parece haber llegado.
¿Más petróleo del que el mundo ha consumido?
Para entender por qué Chevron soportó la hiperinflación y las amenazas de expropiación, hay que mirar bajo el suelo. Sobre el papel, Venezuela tiene más de 300.000 millones de barriles de reservas probadas (el 17% del total mundial). Pero la realidad podría ser aún más asombrosa. El Servicio Geológico de EE. UU. (USGS) estima que en la Faja del Orinoco podría haber más de 1 billón (trillion) de barriles de petróleo in situ.
Para ponerlo en perspectiva: en toda su historia, la humanidad ha consumido aproximadamente 1,5 billones de barriles. Las reservas de Venezuela son tan vastas que, efectivamente, son ilimitadas; durarán más que la propia demanda mundial de petróleo.
Sin embargo, hay una trampa geológica. El crudo del Orinoco es extrapesado, casi un lodo. No fluye a temperatura ambiente y necesita diluyentes para moverse por los oleoductos. Aquí es donde la simbiosis con Estados Unidos es vital:
- Tecnología: Se necesita capital y experiencia masiva para sacarlo y mejorarlo.
- Destino: Las refinerías de la Costa del Golfo (Texas y Luisiana) están diseñadas específicamente para procesar este crudo pesado.
Durante la «Edad de Oro» (años 40 a 60), Exxon, Shell y Chevron hicieron fortunas exportando este crudo. Venezuela era tan rica que las secretarias volaban a Miami los fines de semana a comprar, creando una cultura de «riqueza ostentosa». Pero la creación de la OPEP en 1960 y la nacionalización en los 70 (creando PDVSA) cambiaron el juego, aunque la necesidad de inversión extranjera eventualmente obligó a reabrir el sector en los 90.
Cómo Chevron se quedó cuando todos huyeron
La llegada de Hugo Chávez en 1998 marcó el punto de ruptura. Chávez aprobó leyes que obligaban a PDVSA a tener la mayoría accionarial en todas las empresas mixtas («joint ventures»). Los gigantes Exxon y ConocoPhillips se negaron a aceptar los nuevos términos, empacaron sus maletas y demandaron a Venezuela en arbitrajes internacionales. Veinte años después, a Conoco todavía se le deben más de 10.000 millones de dólares.
Chevron tomó un camino diferente, gracias a un hombre: Ali Moshiri. El jefe de operaciones de Chevron para América Latina cultivó una relación personal estrecha con Hugo Chávez. Mientras otros litigaban, Moshiri negociaba. Esta diplomacia corporativa permitió a Chevron quedarse durante el auge de precios (el petróleo llegó a 146 dólares) y, crucialmente, durante el colapso posterior.
El colapso bajo Maduro Cuando Maduro asumió el poder en 2013, heredó una economía en picada. La corrupción y la falta de reinversión habían destruido PDVSA. El país entró en hiperinflación y caos.
- Índice Café con Leche de Bloomberg: El precio de una taza de café ha subido un 587% en los últimos 12 meses, un indicador de la destrucción del ahorro de los venezolanos.
Durante la primera administración Trump, se apoyó a Juan Guaidó y se impusieron sanciones financieras duras. Inicialmente, Chevron sufrió, pero logró preservar sus activos. Bajo Biden, se utilizó la estrategia de «zanahorias y palos»: se permitió a Chevron operar para traer dólares a la economía venezolana y frenar la inflación, y para evitar que China y Rusia llenaran el vacío geopolítico si la empresa estadounidense se iba.
Reconstrucción en tierra quemada
Ahora, con Trump prometiendo «dirigir el país hasta que haya una transición», Chevron tiene la «pole position». Sin embargo, el camino no será fácil.
- Infraestructura rota: PDVSA ha sido desmantelada por la corrupción y el abandono. Reactivar la industria costará más de 10.000 millones de dólares al año durante una década para volver a los niveles de los años 70.
- El mercado actual: El precio del petróleo cayó el año pasado debido al exceso de oferta global. No hay un incentivo financiero inmediato y urgente para inundar el mercado con más crudo venezolano a corto plazo.
El premio a la paciencia Las grandes petroleras conocen los entornos difíciles, pero Venezuela combina inestabilidad política, pasivos ambientales, crimen y una infraestructura precaria. A pesar de todo, Chevron se mantuvo firme bajo la premisa de que su presencia era vital para la economía local y la seguridad energética de EE. UU. Ahora, en un escenario de intervención directa de Washington, la empresa que supo navegar entre el socialismo bolivariano y las sanciones republicanas está a punto de cobrar su ficha de la ruleta. Como dicen en Wall Street, han jugado a largo plazo, y cuando ganas en el petróleo, ganas a lo grande.
