El enemigo de mi enemigo | Geopolítica

¿Está Trump empujando a Europa a los brazos de China?

Lo impensable está sucediendo. Ante la amenaza de Donald Trump de imponer aranceles punitivos a ocho países europeos si no le "entregan" Groenlandia, la Unión Europea está reconsiderando sus alianzas fundamentales.

El presidente general de China
El presidente general de China 24h

Hace solo dos años, la estrategia de Europa estaba clara: «De-risking» (reducción de riesgos) con China y alineamiento total con Estados Unidos. Biden y Von der Leyen hablaban el mismo idioma, coordinaban sanciones tecnológicas contra Pekín y protegían el orden liberal. Hoy, ese guion ha ardido en la hoguera de las vanidades de Donald Trump.

La última semana ha sido un punto de inflexión traumático. La obsesión de Trump con adquirir Groenlandia ha pasado de ser un meme de internet a una crisis diplomática de primer nivel. Su amenaza de imponer un arancel adicional del 10% a ocho naciones europeas (incluidas Francia, Alemania y Reino Unido) a partir del 1 de febrero si no ceden ante sus demandas territoriales ha roto el último puente de confianza.

Europa, acorralada, está desempolvando su «bazuca comercial» (el instrumento anti-coerción) contra su aliado histórico. Y en los pasillos de Bruselas, una idea herética empieza a ganar tracción: si Estados Unidos nos cierra la puerta, quizás sea hora de abrir la ventana de China.

De la coordinación a la traición: El giro de 180 grados

Para entender la magnitud del cambio, hay que recordar de dónde venimos. Durante la administración Biden, EE. UU. y la UE marchaban al unísono. Juntos impusieron controles a la exportación de chips (como el caso de ASML) y juntos criticaron las prácticas comerciales desleales de China. Con Trump, esa coordinación se ha evaporado.

El presidente estadounidense ha declarado repetidamente que la UE es «peor que China» comercialmente, basándose en una lectura selectiva de la balanza comercial (ignorando el superávit de servicios de EE. UU.). Más grave aún, Trump ha saboteado la cooperación en seguridad. El fiasco de Nexperia —donde EE. UU. presionó a Holanda para nacionalizar una empresa de chips china solo para cambiar de opinión semanas después— dejó a los aliados europeos humillados y expuestos ante Pekín.

El «De-risking» cambia de objetivo: Adiós América, Hola China

La ironía suprema es que la política de «reducción de riesgos» (de-risking), diseñada para proteger a Europa de la dependencia china, se está reorientando ahora hacia Estados Unidos. Ante la perspectiva de una guerra comercial total con Washington (la segunda en un año, tras los aranceles del «Día de la Liberación» en abril), Europa necesita un «hedge» (cobertura) estratégico. China es la única economía capaz de absorber las exportaciones europeas si el mercado estadounidense se cierra.

La lógica económica: Si Trump cierra el mercado de EE. UU. a los coches alemanes o al vino francés, Europa necesita compradores. China, con su clase media en expansión, es el sustituto natural. Pekín ha olido la sangre y ha cambiado el tono. En Davos, el viceprimer ministro chino He Lifeng lanzó un mensaje de seducción: «No buscamos superávit comercial. Queremos ser el mercado del mundo, no solo la fábrica». Si China cumple y abre su mercado a productos europeos, el eje económico podría bascular hacia el este.

El extraño pacto por la «Ley y el Orden»

Pero el acercamiento no es solo económico; es existencial. Europa y China, a pesar de sus diferencias abismales en derechos humanos y democracia, comparten ahora un interés común: la preservación del sistema internacional de reglas.

Mientras Trump intenta desmantelar la ONU, amenaza con anexionar territorios aliados (Groenlandia) y propone un «Consejo de la Paz» alternativo, Pekín y Bruselas se encuentran paradójicamente en el mismo bando: el de la estabilidad y el multilateralismo. Ninguno de los dos tiene un historial perfecto, pero ambos prefieren un mundo con reglas (aunque sean imperfectas) a la ley de la selva que propone la nueva doctrina «America First» radicalizada.

Los límites del nuevo romance

No nos engañemos: un matrimonio entre la UE y China sería de conveniencia, no de amor. Las barreras siguen siendo enormes:

  1. Subsidios desleales: Los coches eléctricos chinos siguen inundando Europa gracias a ayudas estatales masivas, algo que Bruselas no puede ignorar.
  2. Seguridad: La OTAN sigue viendo a China como un «desafío sistémico», y la dependencia de Europa del paraguas nuclear estadounidense (aunque Trump lo debilite) sigue siendo una realidad física.
  3. Valores: Es difícil vender a la opinión pública europea un acercamiento a un régimen autoritario, incluso si la alternativa es un aliado errático.

El fin de Occidente tal como lo conocíamos

Si Trump cumple sus amenazas el 1 de febrero, el daño a la relación transatlántica será irreversible. Europa no tendrá más remedio que buscar contrapesos. El resultado no será necesariamente una alianza pro-china, sino un mundo tripolar donde Europa navega sola, pactando con Pekín cuando le convenga y resistiendo a Washington cuando sea necesario. Lo que es seguro es que la era en la que Europa podía confiar ciegamente en Estados Unidos ha terminado. Y en Pekín, Xi Jinping observa con una sonrisa cómo su mayor rival geopolítico le empuja a sus aliados directamente a los brazos.