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Hace apenas unas semanas, los diplomáticos en Washington contenían la respiración mientras Estados Unidos y Ucrania acordaban un «plan de paz de 20 puntos». Era la oferta final de Donald Trump: garantías de seguridad, libre comercio y una «zona económica libre» en los territorios ocupados del Donbás. Era un plan generoso, diseñado para ofrecer una salida digna a Vladimir Putin. Pero Putin dijo «niet».
Ese rechazo ha sido la gota que ha colmado el vaso de la paciencia de Trump. En los últimos siete días, la Casa Blanca ha pasado de la diplomacia del «palo y la zanahoria» a usar solo el palo, y uno muy grande. El presidente estadounidense ha llegado a la conclusión de que el verdadero obstáculo para la paz no es Zelenski, sino la billetera petrolera del Kremlin.
La respuesta ha sido fulminante y cinética. La semana pasada, en una operación digna de una película de acción, la Guardia Costera de EE. UU. persiguió y capturó el «Marinara» (anteriormente Bella 1), un petrolero con bandera rusa en pleno Atlántico Norte. Moscú protestó y envió buques de guerra, pero Trump no parpadeó. El mensaje es claro: la inmunidad de la «flota en la sombra» rusa ha terminado.
De la «Paz en 24 horas» a la Guerra Fría en el Ártico
Para entender la furia actual de Trump, hay que mirar el calendario de humillaciones diplomáticas que ha sufrido desde su toma de posesión el 20 de enero de 2025. Trump llegó prometiendo acabar con la guerra en un día. En su lugar, se encontró con un Putin inflexible que exigía la capitulación total de Ucrania, la reducción de su ejército y el control absoluto de los cuatro óblasts anexionados.
Trump intentó apaciguarlo: suspendió temporalmente la ayuda a Kiev en marzo, llamó «dictador» a Zelenski y propuso ceder el control de facto del Donbás. Nada funcionó. Putin siguió bombardeando y exigiendo más. El punto de ruptura llegó en Navidad, cuando Ucrania aceptó el último plan de Trump y Rusia volvió a rechazarlo, lanzando además una acusación falsa (desmentida por la CIA) sobre un ataque ucraniano a la residencia de Putin para intentar manipular al presidente estadounidense.
Trump, que odia parecer débil o manipulado, ha reaccionado desempolvando su estrategia de seguridad nacional más agresiva: tratar a Rusia no como un socio potencial, sino como un competidor hostil en el Ártico y en el mercado energético. Su reciente obsesión con comprar Groenlandia («para que no se la queden China o Rusia») es parte de esta misma lógica de contención.
Venezuela: El jaque mate en el hemisferio occidental
La ofensiva contra el petróleo ruso tiene un segundo frente, mucho más cerca de Florida: Venezuela. La intervención militar directa de Estados Unidos en Caracas, que culminó con la captura de Nicolás Maduro y el anuncio de que Washington gestionará la industria petrolera venezolana «en el futuro previsible», es un golpe directo a los intereses de Moscú.
Venezuela era uno de los últimos salvavidas financieros y logísticos de Rusia en América. Empresas estatales rusas como Rosneft tenían contratos millonarios con PDVSA. Al tomar el control físico de los pozos venezolanos, Trump mata dos pájaros de un tiro:
- Asegura el suministro de crudo pesado para las refinerías de Texas.
- Expulsa a Rusia del hemisferio occidental, cumpliendo su doctrina de «solo Estados Unidos» en la región.
El petrolero incautado, el Marinara, es el símbolo de esta conexión. Era un barco vinculado a Venezuela que cambió su bandera a la rusa en un intento desesperado de evitar las sanciones. Al capturarlo, EE. UU. ha demostrado que pintar una bandera rusa en el casco ya no es un escudo mágico contra la US Navy.
La «Opción Nuclear» económica: Sanciones secundarias
Pero el golpe más doloroso se está cocinando en el Congreso. Trump ha dado luz verde a un proyecto de ley bipartidista que impondría aranceles y sanciones a cualquier país que compre petróleo o gas ruso.
Esto es una declaración de guerra económica contra China, India y Turquía, los tres grandes clientes que han mantenido a flote la economía de guerra de Putin. Hasta ahora, Occidente había tolerado estas compras para evitar que el precio global del crudo se disparara. Pero Trump, con el control del petróleo venezolano y la producción récord de fracking en EE. UU., cree que tiene margen para cerrar el grifo ruso sin provocar una crisis mundial.
«Trump funciona con incentivos y castigos, y se le han acabado las zanahorias», resume una fuente de la Casa Blanca al Telegraph. Si India y China tienen que elegir entre el mercado estadounidense y el petróleo ruso barato, Trump apuesta a que elegirán el dinero.
El riesgo de escalada
La situación es volátil. Rusia ha enviado submarinos para escoltar a sus petroleros y ha advertido que cualquier bloqueo es un acto de guerra. Al atacar directamente la fuente de ingresos de Putin y humillar a su armada en alta mar, Trump está arrinconando al oso ruso.
La ironía final es que, al intentar forzar la paz por la vía dura, Trump ha acabado adoptando una postura más agresiva hacia Rusia que la de cualquier presidente desde la Guerra Fría. La «bromance» ha muerto; la guerra por el barril de crudo ha comenzado.
