Durante treinta años, la economía japonesa fue una anomalía congelada en el tiempo: precios que nunca subían, tipos de interés en el suelo y una deuda pública que crecía sin consecuencias aparentes. Pero en los últimos meses, el hielo se ha roto. Japón ha empezado a parecerse sospechosamente a una economía «normal». Y los mercados están reaccionando con pánico.
El miércoles pasado, el yen cruzó la barrera psicológica de los 160 por dólar, un mínimo histórico casi absoluto. Paralelamente, los bonos del gobierno japonés (JGB), considerados durante mucho tiempo como la inversión más aburrida y segura del mundo, sufrieron una venta masiva que disparó sus rendimientos a niveles no vistos en una década.
Lo que estamos presenciando es la paradoja definitiva de la política monetaria moderna: el éxito de reflotar la economía podría ser la causa de su colapso financiero. Japón está despertando de su letargo deflacionario solo para descubrir que tiene una deuda impagable bajo las reglas del juego de una economía normal.
El fin de la «Paz Deflacionaria»
Para entender el miedo de los inversores, hay que mirar la inflación. Tras el shock global de precios de hace unos años, Japón salió finalmente de su «funk» deflacionario. La inflación, que solía ser negativa, alcanzó picos del 4,3% y se ha estabilizado por encima del objetivo del 2% del Banco de Japón (BoJ).
Esto ha desatado una espiral de precios y salarios. Los trabajadores exigen sueldos más altos para combatir el coste de la vida, lo que a su vez alimenta más inflación. En un mundo ideal, esto sería una buena noticia. Pero para los inversores en bonos, es una señal de venta.
- La lógica del mercado: Cuando la inflación era cero, un rendimiento del 0% en un bono era aceptable. Pero con una inflación del 2%, los inversores exigen rendimientos superiores al 2% para no perder dinero.
- El resultado: El rendimiento del bono a 30 años ha superado el 3,5%, y el de 10 años ha roto la barrera del 2%.
El factor político: Takaichi y la sombra de Abe
La crisis de mercado se ha visto exacerbada por un terremoto político en Tokio. La nueva primera ministra, Sanae Takaichi, quien reemplazó a Shigeru Ishiba tras el colapso de su coalición, ha llegado al poder con una agenda económica agresiva.
Takaichi, considerada la «protegida» política del difunto Shinzo Abe, es una defensora acérrima de la «Abenomics»: gasto público masivo financiado con deuda y desregulación. Con unos índices de aprobación netos de +50 puntos y rumores de elecciones anticipadas que probablemente ganaría por goleada, Takaichi ha anunciado el mayor presupuesto de la historia.
Los mercados de bonos han interpretado esto como una declaración de guerra a la disciplina fiscal. En un momento en que la inflación ya es alta, la promesa de Takaichi de inyectar más dinero en la economía es vista como gasolina para el fuego.
El dilema imposible del Banco de Japón
Aquí es donde la situación se vuelve crítica. Japón tiene la deuda pública más alta del mundo desarrollado: más del 230% del PIB. Durante años, esta montaña de deuda fue sostenible porque el Banco de Japón mantenía los tipos de interés artificialmente bajos imprimiendo dinero para comprar bonos.
Pero ahora, el BoJ se encuentra atrapado en una trampa (un «Catch-22»):
- Si suben los tipos de interés: Podrían frenar la caída del yen y controlar la inflación, pero dispararían el coste de la deuda del gobierno. Con una deuda del 230% del PIB, incluso un pequeño aumento en los tipos de interés podría hacer que el servicio de la deuda consuma todo el presupuesto nacional, provocando una crisis fiscal.
- Si imprimen más dinero (para mantener los tipos bajos): Salvarían al gobierno de la quiebra técnica, pero inundarían el mercado de yenes, provocando que la moneda se devalúe aún más (quizás hacia 170 o 180 por dólar) y disparando la inflación importada.
Takaichi parece decidida a gastar, lo que obliga al BoJ a elegir entre sacrificar la moneda o sacrificar las finanzas públicas.
El canario en la mina global
Japón ha sido durante mucho tiempo el laboratorio de la economía mundial. Fue el primero en envejecer, el primero en estancarse y el primero en experimentar con la flexibilización cuantitativa (QE). Ahora, podría ser el primero en demostrar qué sucede cuando una deuda masiva choca con el regreso de la inflación.
Si el mercado de bonos japonés se rompe, las ondas de choque se sentirán desde Wall Street hasta la City de Londres. Japón es el mayor acreedor del mundo; si sus inversores se ven obligados a repatriar dinero para cubrir pérdidas en casa, el sistema financiero global podría temblar. El país del sol naciente camina dormido hacia el borde del precipicio, y el resto del mundo observa con la respiración contenida.
