La cifra es tan grande que cuesta procesarla: 1 billón de dólares (un trillion anglosajón). Ese es el superávit comercial que China ha acumulado en los primeros once meses de este año. Para los «toros» de la economía china y los propagandistas de Pekín, este dato es la prueba definitiva de la supremacía industrial del país y de la impotencia de los aranceles de Donald Trump. Sin embargo, fuera de la Gran Muralla, nadie está descorchando champán. Al contrario: el mundo está afilando los cuchillos.
Lo que estamos presenciando en estas últimas semanas de 2025 no es simplemente una fricción comercial más; es el inicio de una rebelión global coordinada contra el modelo económico chino.
La narrativa de que «Occidente intenta contener a China» se ha desmoronado ante la realidad de los datos. Ya no es solo Washington quien levanta muros. Desde las oficinas de Emmanuel Macron en París hasta el gobierno de México, pasando por economías emergentes como Brasil, Turquía e Indonesia, el mensaje es unánime: el mercantilismo agresivo de Xi Jinping se ha vuelto insostenible para la estabilidad económica mundial.
El «agujero negro» de la demanda global
Para entender la furia diplomática que recorre el mundo, hay que desempolvar los manuales de macroeconomía básica. En un sistema de comercio sano, los desequilibrios deberían corregirse solos. Si un país exporta mucho (como China), acumula divisa extranjera, su moneda se aprecia y sus ciudadanos se vuelven más ricos, lo que les permite importar más cosas del resto del mundo. El comercio se equilibra.
Pero China ha roto la máquina.
El gigante asiático se comporta hoy como un agujero negro económico: absorbe la demanda del resto del mundo exportando frenéticamente, pero se niega a devolver esa riqueza en forma de compras (importaciones).
- La anomalía estadística: Desde la pandemia, las exportaciones chinas se han disparado verticalmente, mientras que sus volúmenes de importación se han mantenido prácticamente planos.
- La queja de Macron: El presidente francés lo dejó claro en una incendiaria columna en el Financial Times esta semana: o China arregla sus desequilibrios internos (es decir, empieza a comprar cosas europeas), o la Unión Europea se verá obligada a levantar una fortaleza proteccionista.
La vieja confusión de que «superávit es igual a éxito» y «déficit es igual a fracaso» está siendo cuestionada. Un superávit crónico de esta magnitud no es señal de fortaleza, sino de una disfunción: China está produciendo mucho más de lo que sus propios ciudadanos pueden o quieren consumir, y está «vomitando» ese exceso sobre los mercados extranjeros, hundiendo a las industrias locales.
De México a Yakarta: La revuelta del Sur Global
Quizás el golpe más doloroso para la narrativa de Pekín no venga de Estados Unidos o Europa, sino de sus supuestos socios en el desarrollo.
La semana pasada, México lanzó una bomba nuclear comercial al anunciar aranceles de hasta el 50% sobre una amplia gama de productos chinos. No están solos. Países como Brasil, Turquía e Indonesia —naciones que tradicionalmente buscaban la inversión china— están imponiendo restricciones agresivas.
La razón es el cambio cualitativo en lo que China vende. Hace diez años, el mundo toleraba el superávit chino porque China vendía juguetes y ropa barata, y a cambio compraba maquinaria alemana o componentes coreanos. Había un intercambio. China ocupaba un eslabón bajo en la cadena de valor.
Hoy, gracias a la política «Made in China 2025» y a la obsesión de Xi Jinping por la autosuficiencia, China lo fabrica todo: desde el tornillo más simple hasta el vehículo eléctrico más avanzado, pasando por los microchips y los paneles solares. China ha escalado la cadena de valor y ha dejado de necesitar al resto del mundo, pero sigue exigiendo que el resto del mundo le compre a ella.
«El problema ya no es que China nos venda camisetas; el problema es que China quiere vendernos los coches, los ordenadores y los aviones, y a cambio no quiere comprarnos nada. Es un comercio de dirección única que ningún país puede soportar eternamente», explica un estratega comercial desde la Ciudad de México.
La trampa de la deflación y la negativa de Xi
¿Por qué China no compra más? ¿Por qué sus ciudadanos no gastan ese billón de dólares en productos extranjeros? La respuesta está en una crisis interna que el Partido Comunista intenta ocultar: la deflación.
La inflación en China lleva un año coqueteando con el 0%. La demanda interna está muerta. Los hogares chinos, traumatizados por la crisis inmobiliaria y la incertidumbre post-COVID, ahorran cada yuan que ganan.
La solución ortodoxa sería que el gobierno chino estimulara el consumo: dar cheques a las familias, mejorar la seguridad social para que la gente pierda el miedo a gastar, o revaluar el yuan para que las importaciones sean baratas. Pero Xi Jinping se niega.
El líder chino ve el consumo interno («welfarismo») con sospecha ideológica. Prefiere subsidiar fábricas que subsidiar familias. El resultado es que China sigue construyendo más fábricas para producir cosas que los chinos no compran, obligando a exportar ese exceso a un mundo que ya no tiene espacio para absorberlo.
¿Demasiado tarde para cambiar el rumbo?
Ante la presión asfixiante de sus socios comerciales, Pekín ha empezado a cambiar tímidamente el tono. Desde octubre, los comunicados del Partido hablan vagamente de «invertir en el pueblo», un eufemismo para estimular la demanda interna.
Pero el daño a la confianza global ya está hecho. La etiqueta de «socio comercial depredador» se ha pegado a China. Aunque algunos países del Sur Global (como Pakistán) siguen encantados con los paneles solares baratos que les permiten electrificar su economía, las grandes potencias medias y ricas han dicho «basta».
Si China no logra convertir su superávit en importaciones reales pronto, el sistema de comercio libre que ha permitido su ascenso durante las últimas tres décadas podría fracturarse definitivamente. El mundo se está cerrando, y China, con su billón de dólares en la mano, podría descubrir pronto que tener mucho dinero no sirve de nada si nadie quiere venderte nada y, peor aún, si nadie te deja entrar en su tienda.
