Megaproyecto urbanístico | Crisis habitacional sin precedentes

Holanda desafía al mar con un plan faraónico: construir 10 ciudades nuevas para salvarse del colapso inmobiliario

En una nación donde los estudiantes viven en tiendas de campaña y el precio de la vivienda se ha divorciado de la realidad, surge una propuesta tan radical como desesperada. Rob Jetten y el partido D66 plantean redibujar el mapa de los Países Bajos levantando islas artificiales y urbes desde cero para alojar a cientos de miles de personas.

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Países Bajos 24h

Los Países Bajos, esa nación conocida por su eficiencia, sus tulipanes y su capacidad para domar el agua, se enfrenta hoy a un enemigo que no puede contener con diques: una crisis de vivienda existencial. La situación ha cruzado la línea roja de la emergencia social para convertirse en una pesadilla nacional. Se necesitan 390.000 hogares de manera inmediata para tapar la hemorragia de un mercado roto. Mientras tanto, las imágenes de estudiantes universitarios durmiendo en tiendas de campaña por falta de alojamiento y el aumento de las tasas de personas sin hogar ensombrecen la reputación de una de las economías más ricas de Europa.

En medio de este clima de asfixia social, donde la vivienda se ha convertido en el campo de batalla político número uno, ha surgido una propuesta que parece sacada de una novela de ciencia ficción o de los delirios de un urbanista del siglo XIX. Rob Jetten, líder del partido centrista D66, ha puesto sobre la mesa una solución de «todo o nada»: construir 10 ciudades completamente nuevas.

No se trata de expandir barrios ni de reconvertir zonas industriales. El plan consiste en crear nuevos centros urbanos de la nada, recuperando la tradición holandesa de ganar tierra al mar, para albergar decenas de miles de viviendas. Un proyecto de ingeniería titánica que promete ser la mayor intervención espacial en el país desde la posguerra.

De la reconstrucción al desastre: Anatomía de una crisis

Para entender por qué Holanda necesita medidas tan drásticas, hay que mirar por el retrovisor. El país no siempre fue una trampa inmobiliaria. Tras la devastación y la hambruna de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno neerlandés orquestó un boom de la construcción sin precedentes. Entre 1945 y 1975, el Estado financió masivamente a las asociaciones de vivienda, logrando duplicar el parque inmobiliario nacional. Casi una quinta parte del Ámsterdam actual nació en esa época dorada de la planificación estatal.

Sin embargo, en las décadas de 1980 y 1990, el viento cambió. Con la deuda pública creciendo, los políticos decidieron cerrar el grifo. Las asociaciones de vivienda se convirtieron en entidades independientes y el gobierno comenzó a incentivar agresivamente la compra de vivienda mediante generosas exenciones fiscales.

El resultado fue una «borrachera» de crédito barato. Entre 1999 y 2009, la deuda hipotecaria de los hogares holandeses se disparó del 55% al 105% del PIB, el ratio más alto del mundo. Cuando la crisis financiera global estalló en 2008, la burbuja explotó con violencia. Miles de propietarios descubrieron que debían al banco más de lo que valían sus casas.

La respuesta del gobierno fue la austeridad. Se impusieron nuevos impuestos a las asociaciones de vivienda, obligándolas a vender parte de su parque social a fondos de inversión privados, especialmente en joyas urbanas como Ámsterdam. Al mismo tiempo, las estrictas regulaciones ambientales para frenar la contaminación por nitrógeno paralizaron miles de proyectos de construcción.

El cóctel fue letal: menos oferta, más inversores especulativos y una parálisis burocrática total.

  • El dato de la vergüenza: Entre 2015 y 2021, la renta disponible de los hogares aumentó un modesto 25%. En ese mismo periodo, los precios de la vivienda se dispararon un 63%. Hoy, una casa promedio cuesta más de 10 veces el ingreso modal anual, haciendo que la propiedad sea una utopía inalcanzable para la clase trabajadora.

«Eemstad»: La ciudad que emergerá de las aguas

La propuesta de las «10 Ciudades» no es un simple eslogan electoral; tiene planos, costes y ubicación. La joya de la corona de este plan maestro es Eemstad (nombre provisional), una ciudad diseñada para levantarse sobre una isla artificial en el Markermeer, una reserva natural acuática situada entre Ámsterdam y la provincia de Flevoland.

El proyecto es de una escala abrumadora:

  1. Ingeniería: Creación de una isla artificial de 2.500 hectáreas.
  2. Capacidad: Construcción de 60.000 viviendas para alojar a más de 120.000 residentes.
  3. Conexión: La ciudad actuaría como el eslabón perdido para justificar la construcción de la línea ferroviaria y de carretera IJmeer, uniendo Ámsterdam con la ciudad de Almere e integrando la nueva urbe en el corazón económico del país.

La lógica detrás de Eemstad es aprovechar la infraestructura planificada de Almere Pampas (donde ya se prevén 30.000 casas) y expandirla hacia el agua. El coste estimado de este primer megaproyecto ronda los 20.000 millones de euros.

Aunque la cifra marea, los defensores del plan señalan que Holanda tiene los bolsillos llenos. Con un déficit público de apenas el 0,9% del PIB el año pasado (muy por debajo del límite del 3% de la UE), el Estado tiene margen fiscal de sobra para invertir en su propia supervivencia habitacional.

El tablero político: Entre demoliciones y utopías

La propuesta de D66 llega en un momento de caos político donde cada partido ofrece una «solución mágica» diferente, demostrando la desesperación del electorado.

El colapso del gobierno anterior y el auge de la extrema derecha han polarizado el debate sobre dónde construir en un país donde el 60% del suelo ya está edificado, cultivado o bajo el nivel del mar.

  • Geert Wilders (PVV): El líder anti-inmigración propuso soluciones populistas como dejar de dar prioridad de vivienda a los refugiados e incluso sugirió demoler el campus nacional de medios públicos para hacer pisos. Su intento de congelar los alquileres sociales fue criticado por los economistas como un parche que, a la larga, reduciría aún más la oferta al asfixiar los ingresos de las cooperativas.
  • La Izquierda Verde/Laboristas: Apostaron por convertir aeropuertos y zonas industriales en viviendas y eliminar gradualmente las deducciones fiscales a las hipotecas.
  • Volt: Propuso cerrar la gigantesca planta de acero de Tata Steel en IJmuiden para construir una «Tata City» limpia sobre sus cenizas.

En este zoco de ideas, el plan de las 10 ciudades de Rob Jetten destaca por recuperar el espíritu de los grandes ingenieros holandeses del pasado: si no hay tierra, la fabricamos.

¿Viabilidad o suicidio ecológico?

Sobre el papel, construir ciudades nuevas soluciona el problema de la falta de espacio en los centros históricos protegidos. Sin embargo, el plan se enfrenta a obstáculos formidables más allá de la ingeniería.

El primero es ambiental. Construir en el Markermeer o en zonas rurales («pólders») choca frontalmente con las leyes de protección de la naturaleza y la crisis del nitrógeno que ya tiene paralizado al sector de la construcción. El partido Unión Cristiana ha dado un apoyo tímido, señalando que es hora de romper el «tabú» de construir en áreas verdes sensibles, pero otros grupos ecologistas prometen una guerra legal sin cuartel.

El segundo es el tiempo. Construir una ciudad desde cero, incluyendo saneamiento, electricidad, escuelas y hospitales, lleva décadas. La crisis es ahora. Los críticos argumentan que desviar 20.000 millones de euros a una isla futurista resta recursos para soluciones más rápidas, como la densificación de las ciudades existentes o la reconversión de oficinas vacías.

El futuro se decide ahora

La propuesta de las 10 nuevas ciudades es, en última instancia, un test de estrés para la ambición nacional holandesa. El país que inventó el capitalismo moderno y que ganó la guerra contra el Mar del Norte se encuentra ahora paralizado por su propia burocracia y sus contradicciones internas.

Rob Jetten y D66 han lanzado un órdago: admitir que el modelo actual de «parches» ha fracasado y que se necesita un nuevo «Plan Delta» para la vivienda. Si logran formar una coalición —tarea nada fácil en el fragmentado parlamento de La Haya— y convencer a la sociedad de que sacrificar parte de su naturaleza es el precio a pagar por tener un techo, podríamos ver el nacimiento de la próxima gran metrópolis europea.

Si fracasan, las tiendas de campaña de los estudiantes podrían dejar de ser una anécdota temporal para convertirse en parte permanente del paisaje urbano de uno de los países más ricos del mundo.