CRISIS ECONÓMICA EN EUROPA DEL ESTE

Rumanía ante el abismo fiscal: del milagro económico al aviso de Bruselas

El país que fue símbolo del crecimiento acelerado en la Unión Europea se enfrenta ahora a un déficit récord, presiones de Bruselas y el riesgo de perder los fondos europeos que sostienen su economía.

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Rumanía 24h

Del éxito al desequilibrio: la historia reciente de un ascenso meteórico

Durante casi dos décadas, Rumanía fue el ejemplo que Bruselas quería mostrar al resto de Europa del Este. Desde su ingreso en la Unión Europea en 2007, el país logró un crecimiento espectacular: el PIB per cápita pasó de apenas 2.800 euros en 2004 a más de 18.000 en 2024. Las inversiones europeas, la modernización de la infraestructura y una política industrial agresiva situaron a Bucarest como un modelo de convergencia económica.

Sin embargo, bajo la superficie de ese “milagro”, los cimientos fiscales empezaban a agrietarse. El país mantuvo durante años un déficit estructural elevado, impulsado por un gasto público que crecía más rápido que sus ingresos. La ley unificada de salarios de 2017, que aumentó los sueldos del sector público y las pensiones de manera significativa, dio un respiro a los trabajadores, pero abrió una brecha en las cuentas nacionales.

En 2019, el déficit ya había superado el umbral del 3% permitido por la UE. Y cuando la pandemia golpeó en 2020, la situación se desbordó. Con el gasto sanitario y las ayudas de emergencia disparadas, Rumanía cerró el año con un agujero fiscal del 9,3% del PIB, uno de los más altos del continente. Lo que parecía un episodio temporal se transformó en una tendencia persistente.

El retorno del déficit y el año del desencanto

La esperanza de una corrección llegó en 2023, cuando el déficit bajó al 5,7% del PIB. Pero el alivio fue efímero. En 2024, a las puertas de unas elecciones clave, el gobierno volvió a aumentar salarios y pensiones. El gasto público se descontroló y el déficit regresó al 9,3%, idéntico al nivel de la pandemia.

El problema no se limita a un exceso de gasto. Rumanía tiene una de las bases fiscales más débiles de Europa: su recaudación equivale al 27% del PIB, frente a la media comunitaria del 41%. La evasión fiscal y el fraude del IVA son endémicos. Solo en 2022, el país dejó de ingresar 8.500 millones de euros en concepto de IVA, más del 30% del total potencial.

Esta fragilidad ha hecho que cualquier aumento del gasto, incluso moderado, se traduzca en déficits abultados. Y a ello se suma un desequilibrio externo cada vez más preocupante: el déficit por cuenta corriente —indicador de que Rumanía importa mucho más de lo que exporta— alcanza el 7,5% del PIB, frente al promedio europeo del 2%. En la práctica, el país depende de la entrada constante de capital extranjero para sostener su economía.

Las señales de alarma han llegado también a los mercados financieros. Los bonos rumanos a 10 años pagan un interés del 7,5%, más del doble que los franceses y tres veces el de los alemanes. Y tras la fuerte irrupción del candidato ultranacionalista George A. Simeon en las elecciones presidenciales, la desconfianza aumentó: el rendimiento de los bonos se disparó hasta el 8,6% y la moneda nacional, el leu, cayó a mínimos históricos frente al euro.

Bruselas impone condiciones: el precio del rescate

Hasta ahora, Bucarest había logrado mantener el equilibrio gracias a la generosidad de la Unión Europea. Como uno de los mayores receptores de fondos de cohesión, Rumanía tiene asignados más de 31.000 millones de euros en el actual marco presupuestario europeo. Pero esa ayuda ya no está garantizada.

Este verano, la Comisión Europea lanzó una advertencia sin precedentes: si Rumanía no reduce su déficit por debajo del 5% en los próximos años y no presenta un plan creíble de consolidación fiscal antes de 2030, podría perder una parte sustancial de los fondos europeos. En otras palabras, Bruselas amenaza con cerrar el grifo.

La nueva coalición de centro, en el poder desde junio, ha hecho de la disciplina fiscal su prioridad. Ha aprobado un paquete de reformas que incluye subidas del IVA, nuevos impuestos especiales y recortes en el aparato administrativo. El plan prevé recaudar 1.250 millones de euros adicionales este año y más de 4.000 millones en 2026, principalmente mediante la reducción de subsidios, la congelación de salarios públicos y el aplazamiento de aumentos de pensiones.

El primer ministro ha defendido estas medidas como “dolorosas pero necesarias” para evitar el colapso financiero y preservar el acceso a los fondos europeos. Sin embargo, el costo político es alto. Rumanía sufre una inflación cercana al 10%, una de las más elevadas de la UE, y la subida del IVA amenaza con encarecer aún más los productos básicos. El poder adquisitivo, ya bajo, se erosiona a diario, alimentando el malestar social.

El riesgo político y la sombra del populismo

El ajuste fiscal llega en el peor momento político. Tres de los cuatro partidos de la coalición actual participaron en los gobiernos que generaron el descontrol del déficit, lo que debilita su credibilidad ante la opinión pública. La oposición, encabezada por la formación ultranacionalista AUR de George A. Simeon, aprovecha el descontento para ganar terreno, prometiendo revertir las medidas de austeridad y “recuperar la soberanía económica”.

Las tensiones sociales aumentan. Los sindicatos amenazan con huelgas en el sector público, y los analistas advierten que cualquier parálisis política podría frustrar los esfuerzos por estabilizar las cuentas. Si la coalición cae o se retrasa la aplicación de las reformas, Rumanía podría ver rebajada su calificación crediticia a nivel de “bono basura”, lo que dispararía sus costes de financiación y pondría en riesgo la estabilidad del sistema financiero.

Un futuro incierto para la economía más frágil del Este europeo

El caso rumano refleja un dilema cada vez más presente en la UE: cómo mantener el crecimiento y la cohesión social en economías donde el gasto público se ha convertido en un instrumento electoral. Bucarest busca recuperar la confianza de Bruselas, pero el margen de maniobra es escaso.

Si las reformas logran contener el déficit y reactivar la confianza de los inversores, Rumanía podría estabilizarse y mantener su senda de convergencia con el resto de Europa. Pero si las tensiones políticas y la inflación se agravan, el país podría entrar en un ciclo de endeudamiento y dependencia externa del que sería difícil escapar.

Bruselas observa con atención. Y mientras tanto, los rumanos, atrapados entre los recortes y la inflación, miran con escepticismo el futuro. El milagro económico que una vez deslumbró a Europa podría estar, si no muerto, al menos gravemente herido.