El ocaso del milagro chino

China al borde del colapso demográfico: el gigante que envejece antes de triunfar

La superpotencia que levantó rascacielos para alcanzar el PIB perfecto enfrenta hoy su peor enemigo: el tiempo. China podría envejecer antes de alcanzar la riqueza que soñó.

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China 24h

En 2021, una docena de rascacielos en Kunming, valorados en más de 150 millones de dólares, fueron demolidos en cuestión de segundos. No estaban en ruinas ni eran peligrosos: simplemente estorbaban a una meta de crecimiento del 5% del PIB.
Ese gesto, tan simbólico como brutal, resume cuarenta años de historia económica: crecer a cualquier costo, aunque sea a base de polvo y hormigón.

Durante décadas, China fue el milagro que desafió la gravedad económica. Levantó ciudades desde la nada, exportó al mundo entero y se convirtió en el motor de la globalización. Pero hoy, el país que fabricaba el futuro se enfrenta a su mayor paradoja: puede envejecer antes de hacerse rico.

Del frenesí del cemento al dilema del consumo

El modelo chino funcionó mientras había algo nuevo que construir. Cada carretera, puerto o bloque de viviendas sumaba puntos al PIB, aunque el valor real fuera escaso.
Pero ese ciclo de inversión estatal y exportaciones ya no puede sostenerse. Las infraestructuras están completas, el comercio exterior se ralentiza y los jóvenes no gastan.

El gobierno de Pekín quiere un nuevo rumbo: una economía impulsada por el consumo interno, donde la clase media compre, ahorre menos y gaste más. En teoría, el cambio parece simple; en la práctica, es una revolución.
De hecho, solo el 39% del PIB chino proviene del consumo de los hogares, frente al 68% en Estados Unidos o el 60% en Europa.
Y esa cifra no crece porque los chinos, por cultura y por miedo, siguen guardando su dinero bajo llave.

La maldición del ahorro: el freno invisible del crecimiento

El ciudadano promedio en China ahorra más del 30% de sus ingresos, un récord mundial. Lo hace por tradición y por desconfianza: los recuerdos de las hambrunas, la falta de pensiones y los costos de la educación pesan más que cualquier impulso de consumo.

Pero lo que durante años fue una virtud nacional se ha convertido en un problema macroeconómico.
Tras los confinamientos del COVID-19, el miedo a perder empleo o ingresos disparó la tasa de ahorro y hundió el gasto.
El resultado: deflación. Los precios cayeron durante 18 meses seguidos.

En un primer vistazo, podría parecer positivo —todo más barato—, pero es una trampa. Si la gente cree que los precios seguirán bajando, aplaza las compras. Las empresas reducen producción, los márgenes se desploman y el círculo vicioso comienza.

Para romperlo, el gobierno chino ha puesto en marcha un plan fiscal de emergencia equivalente al 2% del PIB: aumento de salarios mínimos, subsidios, pensiones y ayudas al consumo.
El objetivo: que la población pierda el miedo a gastar.
El problema: quizás ya sea demasiado tarde.

El reloj biológico que amenaza al dragón

China envejece a una velocidad alarmante.
Desde 1998 supera el umbral de “sociedad envejecida”, y hoy más del 14% de su población tiene más de 65 años. En las próximas décadas, esa proporción se duplicará, mientras el número de nacimientos se hunde.

En 2023, el país registró apenas 9 millones de nacimientos, la cifra más baja desde la fundación del régimen comunista.
La política del hijo único, vigente durante casi cuarenta años, ha dejado una herida demográfica difícil de revertir.

Y aunque Pekín ha intentado fomentar la natalidad —bonos, subsidios, permisos parentales—, las nuevas generaciones no quieren tener hijos. El alto coste de vida, la competencia laboral y el precio de la vivienda hacen que criar una familia parezca un lujo.

Si la tendencia continúa, para 2100 la población podría reducirse de 1.400 millones a 760 millones de habitantes.
Un coloso que envejece antes de alcanzar la cumbre corre el riesgo de convertirse en una potencia gris: rica en fábricas, pobre en juventud.

El espejismo del progreso: cuando crecer deja de ser ganar

Durante décadas, el crecimiento chino fue más una cuestión de cantidad que de calidad.
Los gobiernos locales medían su éxito por el número de proyectos inaugurados, no por su utilidad real.
Así nacieron ciudades fantasmas, autopistas sin tráfico y edificios vacíos.
El PIB subía, pero la productividad real no lo hacía.

Ahora, cuando ya no hay tanto que construir, ese modelo se agota.
Las burbujas inmobiliarias, las deudas municipales y las quiebras de grandes promotoras —como Evergrande— revelan la fragilidad de un sistema basado en el exceso.
China necesita otra fuente de crecimiento. Pero el camino hacia la “nueva economía” no será sencillo.

La tecnología como salvación (o placebo)

El Partido Comunista apuesta por una solución audaz: la automatización masiva.
El Estado invierte miles de millones en inteligencia artificial, robótica y manufactura avanzada para compensar la escasez de mano de obra joven.
La esperanza es que la productividad de las máquinas sustituya el músculo humano que el envejecimiento está arrebatando.

Sin embargo, existe una contradicción fundamental:
los robots producen, pero no consumen.
Una economía puede llenarse de fábricas automatizadas y aún así quedarse sin demanda interna.
Y sin demanda, el crecimiento deja de ser sostenible.

En última instancia, ningún algoritmo puede sustituir a una familia que gasta, a un joven que compra vivienda o a una generación que confía en el futuro.

El futuro incierto del dragón

China está en un cruce de caminos.
Si logra reinventar su modelo económico y social, podrá convertirse en la primera potencia que envejece sin empobrecerse.
Si fracasa, repetirá la historia de Japón: un gigante que se volvió viejo antes de alcanzar su sueño.

Pekín se enfrenta al dilema más profundo de su historia moderna.
El desafío ya no es construir más rascacielos ni alcanzar un PIB récord, sino convencer a su gente de que el mañana aún vale la pena.

El dragón que una vez rugió sobre el mundo ahora debe aprender a respirar más despacio… o arriesgarse a quedarse sin aliento.