La nueva disputa por el control tecnológico entre gigantes

El fuego reavivado: cómo China y EE. UU. disparan de nuevo la guerra comercial

Exportaciones clave, sanciones y aranceles extremos: el reavivamiento de la guerra comercial EE. UU.–China

Nave comercial
Nave comercial 24h

Ecos del pasado: cómo llegamos a este callejón

Durante años, la relación comercial entre Estados Unidos y China ha estado marcada por asimetrías profundas: China ha mantenido un superávit comercial persistente, exportando más de lo que importa, mientras que EE. UU. incurre en déficits crónicos. Ese desequilibrio bilateral ha alimentado críticas constantes dentro del espectro político estadounidense: se señala a China por prácticas comerciales injustas (como manipulación cambiaria), por debilitar la industria estadounidense y por convertirse en competidor dominante en manufacturas estratégicas.

Aunque Donald Trump adoptó una postura especialmente hostil con China, esa inquietud es compartida por otros sectores de la clase política estadounidense. Bajo administraciones anteriores, EE. UU. introdujo múltiples acciones contra China en la OMC y mantuvo aranceles relevantes al inicio de la presidencia de Biden.

En 2025, Trump intensificó esa estrategia. En su llamado “Liberation Day” (2 de abril), anunció aranceles amplios, incluyendo un gravamen del 34 % sobre productos chinos. China respondió con medidas similares, lo que escaló la tensión hasta tasas de 145 % para ciertos productos desde EE. UU. y 125 % desde China, además de restricciones sobre metales de tierras raras (elementos clave para tecnología avanzada).

Sin embargo, dada la interdependencia tecnológica global, ese enfrentamiento era insostenible. Así llegó la tregua del 12 de mayo, con reducción recíproca de aranceles (30 % EE. UU., 10 % China), seguida de rondas diplomáticas en Ginebra, Londres, Estocolmo y Madrid. En Madrid incluso se acordó, de manera informal, no introducir nuevos aranceles ni restricciones.

El giro inesperado: control sobre tierras raras y la regla del 50 %

El equilibrio frágil se rompió nuevamente cuando EE. UU. introdujo la llamada “regla del 50 %”, que extiende sanciones no sólo a empresas directamente vetadas, sino también a aquellas que sean al menos 50 % propiedad de ellas. Esto puso en riesgo a miles de compañías chinas vinculadas indirectamente. China reaccionó con una jugada contundente: impuso nuevas restricciones a las exportaciones de tierras raras, exigiendo licencias incluso para productos que contengan trazas mínimas de esos materiales. Dado que muchos dispositivos tecnológicos, chips, motores y sistemas militares dependen de esas tierras raras, la medida otorgó a Pekín un veto técnico sobre cadenas enteras de suministro.

La escala del control fue amplia: China amplió la lista de elementos sujetos a regulación, y también reguló equipos de procesamiento, incluyendo magnetismo y materiales relacionados. Algunas reglas aplican incluso para productos manufacturados fuera de China si contienen componentes oriundos de allí.

La respuesta de Trump fue inmediata y contundente: anunció la reimposición de un arancel del 100 % a partir del 1 de noviembre sobre productos chinos, y controles de exportaciones sobre software crítico para China. Esto reactivó las hostilidades en la guerra comercial.

China defendió sus acciones aludiendo a su derecho legítimo de proteger su seguridad nacional y acusó a EE. UU. de doble estándar por sancionar empresas chinas mientras exige apertura en comercio.

Ventaja estratégica: ¿Quién domina ahora?

En esta nueva etapa, es difícil anticipar quién tiene la delantera. Algunos puntos clave:

  • China controla gran parte de la cadena de procesamiento de tierras raras y la producción de magnetos, lo que le otorga poder estratégico frente a EE. UU. y otras naciones dependientes.
  • Las medidas chinas han provocado una caída del 30 % en las exportaciones de tierras raras en septiembre, lo que muestra su capacidad de afectar el suministro mundial. (Reuters)
  • EE. UU. está limitado por su dependencia tecnológica: muchas industrias dependen de componentes que usan tierras raras chinas, lo que debilita su capacidad de presión unilateral.
  • El control chino no parece absoluto: algunas restricciones se implementan gradualmente, posiblemente como herramienta negociadora más que bloqueo total.
  • China acusa que EE. UU. ha incrementado sanciones previas, como listas negras de empresas y tarifas a naves conectadas con China.
  • EE. UU. intentará aprovechar su mercado interno y alianzas (Europa, países asiáticos) para reducir dependencia de las cadenas chinas.

Rutas posibles hacia un nuevo orden comercial

Ante esta escalada, varios escenarios podrían desarrollarse:

  • Negociaciones de emergencia: ambas potencias podrían aceptar retrocesos parciales para evitar daño global severo.
  • Diversificación de cadenas de suministro: EE. UU. buscará reemplazos para abastecerse de tierras raras fuera de China.
  • Retaliaciones adicionales: EE. UU. podría imponer aranceles o sanciones más agresivas; China podría ampliar restricciones tecnológicas.
  • Fragmentación comercial global: alianzas regionales podrían consolidarse (EE. UU.-Europa, Asia-Pacífico) para aislar a China o crear bloques alternativos.
  • Guerra tecnológica sin armas: el conflicto podría centrarse en vigilancia, acceso a datos, estándares digitales y dominio en emergentes como IA o telecomunicaciones.

El gran riesgo es una escalada no controlada con efectos devastadores para la economía global: inflación de componentes, interrupciones industriales, cadenas rotas.

Epílogo: la guerra que define la era digital

La guerra comercial EE. UU.–China no es solo cuestión de aranceles. Se libra por el control del conocimiento, la tecnología y las materias primas críticas. China ha girado su estrategia hacia el control de insumos clave como las tierras raras, usando su ventaja estructural como herramienta de negociación. EE. UU., por su parte, debe reaccionar rápido para recuperar autonomía tecnológica sin destruir su mercado interno ni alienarse aliados.

En esta contienda, la economía global observa con cautela: no se trata solo de quién gana, sino de cómo se reconfigura el mapa del poder tecnológico.