Vivimos rodeados de cultura y, paradójicamente, cada vez parece más difícil detenernos ante ella. Una novela, un museo, una obra de arte o una conversación profunda exigen algo que el mundo digital no siempre favorece: tiempo. En cambio, el móvil ofrece una sucesión infinita de estímulos preparados para ser consumidos, olvidados y sustituidos inmediatamente por el siguiente.
No se trata de afirmar que a los jóvenes no les interese nada. Sería demasiado sencillo y, probablemente, injusto. El problema es que estamos creciendo dentro de una cultura de la inmediatez, donde aquello que no consigue captar nuestra atención rápidamente corre el riesgo de parecer aburrido. La literatura necesita páginas; un museo necesita contemplación; comprender un problema complejo exige escuchar antes de reaccionar.
Esta transformación también afecta a la manera de discutir. Determinados asuntos sociales y políticos se abordan cada vez más desde la furia, la impulsividad y la indignación, mientras que la reflexión queda relegada. Las redes premian la reacción rápida: una frase contundente puede difundirse mucho más que un argumento cuidadosamente construido.
Quizá por eso existe actualmente una fascinación creciente por lo antiguo. Volvemos a mirar fotografías de otras épocas, recuperamos prendas, música y estética de décadas pasadas y sentimos nostalgia por un mundo que imaginamos más lento y auténtico. Pero idealizar el pasado también puede convertirse en otra forma de escapar del presente.
Porque el problema no es que el pasado sea demasiado importante. El problema aparece cuando mirar constantemente hacia atrás nos impide descubrir lo hermoso que existe ahora. Nunca hemos tenido un acceso tan sencillo a libros, películas, obras de arte, música y conocimiento de todo el mundo. Un teléfono puede contener una biblioteca entera y, sin embargo, podemos utilizarlo exclusivamente para deslizar el dedo por vídeos de unos segundos.
Quizá la solución no sea abandonar la tecnología, sino aprender a utilizarla sin permitir que decida nuestra atención. Recuperar la lectura, visitar un museo o escuchar una conversación sin mirar la pantalla no significa rechazar el presente. Al contrario: puede ser una manera de vivirlo con mayor intensidad.
El mundo actual también tiene cosas extraordinarias. Hay artistas, escritores, científicos y creadores haciendo obras magníficas. El reto consiste en aprender a encontrarlas en medio del ruido. No necesitamos regresar al pasado para recuperar la sensibilidad. Necesitamos conseguir que el presente vuelva a parecernos digno de ser contemplado.
