Estar fuera de las redes sociales se está convirtiendo en un privilegioue resulte atractiva para los demás.
Esto conecta con una idea del sociólogo francés Claude Dorré, que ha analizado cómo el capitalismo puede apropiarse de espacios que antes quedaban fuera del mercado. El tiempo libre, la atención, las relaciones personales o incluso nuestra propia identidad pueden convertirse en recursos económicos. Antes salías del trabajo y, en cierta medida, tu tiempo volvía a ser tuyo. Podías estar con tus amigos, cantar, hacer deporte, leer o simplemente no hacer nada sin que aquello tuviera que producir ningún tipo de rendimiento. Hoy, sin embargo, cualquiera de esas actividades puede convertirse en contenido: una cena puede ser una publicación, un viaje puede convertirse en una marca personal y hasta una tarde con amigos puede terminar convertida en un escaparate.
El problema es que ya no basta con ser bueno en lo que haces; cada vez importa más demostrarlo públicamente. Antes podías ser un buen abogado, una buena actriz, un buen cantante o simplemente una persona interesante. Ahora, además, tienes que conseguir que los demás lo sepan. Y ahí aparece una nueva forma de desigualdad. Porque no todo el mundo tiene las mismas ganas, el mismo tiempo, los mismos recursos ni la misma capacidad para convertirse en una marca personal. Hay personas que pueden permitirse desaparecer de Instagram durante meses sin que eso afecte demasiado a su vida profesional. Para otras, desaparecer significa perder contactos, oportunidades, clientes o relevancia.
Las redes sociales han convertido así la visibilidad en una especie de moneda. El problema es que es una moneda extremadamente precaria. Un día tienes miles de visualizaciones y al siguiente nadie parece recordar que existes. Un algoritmo puede multiplicar tu exposición o reducirla sin que tú hayas cambiado nada. Y eso obliga a producir constantemente: publicar, responder, aparecer, actualizar, mostrar que estás activo. La visibilidad nunca termina de acumularse; hay que volver a conseguirla una y otra vez.
Y aquí aparece una de las paradojas de nuestro tiempo: la tecnología que prometía liberarnos de muchas obligaciones ha creado también nuevas obligaciones invisibles. Ya no hace falta fichar para estar trabajando. Puedes estar cenando con amigos y, al mismo tiempo, pensando en si deberías subir una historia. Puedes estar de vacaciones y seguir pendiente de tu audiencia. Puedes terminar tu jornada laboral y continuar construyendo tu “marca personal”. El trabajo ya no termina necesariamente cuando sales de la oficina, porque una parte de él consiste precisamente en hacer que los demás sigan viéndote.
Por eso estar fuera de las redes puede ser un privilegio. Para desconectarte de un mercado tienes que poder permitirte no depender de él. Si tu profesión, tus ingresos o tus oportunidades dependen de tu visibilidad, desaparecer no es simplemente descansar: puede tener un coste económico.
Quizá esa sea una de las transformaciones más profundas del capitalismo digital. Ya no solo compramos y vendemos productos. También ponemos en el mercado nuestra atención, nuestro tiempo, nuestras relaciones y nuestra identidad. Y la moneda con la que se paga todo esto es la visibilidad: una moneda inestable, impredecible y que obliga a estar permanentemente presente para no perder su valor.
