Ahorro e inversión

Mejor malo conocido que malo por conocer

El efectivo, las cuentas corrientes y las cuentas remuneradas son algunos de los activos financieros más habituales entre las familias españolas. Pero que sean conocidos y aparentemente seguros no significa que estén libres de riesgo. No perder dinero nominalmente no significa no perder poder adquisitivo.

Mejor malo conocido que bueno por conocer.
Mejor malo conocido que bueno por conocer. 24H

Cuando pensamos en invertir nuestro dinero, muchas veces aparece una frase que resume bastante bien nuestra relación con las finanzas: “mejor malo conocido que malo por conocer”. Preferimos aquello que entendemos, aquello que vemos y, sobre todo, aquello que nos da la sensación de que no puede hacernos perder dinero. Por eso, una parte importante de los hogares españoles mantiene sus ahorros en efectivo o en cuentas bancarias. El Banco de España señala que las cuentas corrientes y el efectivo siguen siendo instrumentos de ahorro muy utilizados por los españoles, mientras que también advierte de que mantener dinero sin remuneración hace que la inflación reduzca progresivamente su capacidad de compra.

El primer caso es probablemente el más sencillo: el dinero en efectivo. Guardarlo debajo del colchón transmite una sensación absoluta de seguridad. Nadie puede llamar a nuestra puerta y decirnos que nuestro billete de 50 euros vale 45. Seguimos teniendo los mismos 50 euros. Pero aquí aparece una diferencia fundamental entre perder dinero y perder poder adquisitivo. Si los precios suben y nuestro dinero no genera ninguna rentabilidad, cada año podemos comprar menos cosas con la misma cantidad. El billete sigue siendo de 50 euros, pero ya no compra lo mismo.

Después están las cuentas corrientes y las cuentas remuneradas, que probablemente sean la opción que más tranquilidad genera. El dinero está disponible, podemos verlo desde el móvil y, dependiendo del producto, podemos recibir cierta remuneración. Además, los depósitos bancarios están protegidos por el sistema de garantía de depósitos dentro de sus límites. Pero incluso aquí debemos distinguir entre seguridad y rentabilidad. Una cuenta puede ser segura en términos nominales y, al mismo tiempo, ofrecer una rentabilidad insuficiente para compensar la inflación. Que nuestro saldo no baje no significa que nuestro patrimonio esté creciendo.

Este es precisamente el error que comete mucha gente cuando decide no invertir. Piensa que si no invierte, no gana, pero tampoco pierde. Y la segunda parte no es necesariamente cierta. No invertir también tiene un coste. Si dejamos nuestro dinero durante años en un producto que no remunera o remunera por debajo de la inflación, estamos renunciando a capacidad de compra futura. El riesgo no aparece en la pantalla de nuestra cuenta bancaria como una cifra roja; aparece lentamente en todo aquello que podremos comprar con nuestros ahorros dentro de diez o veinte años.

La alternativa tampoco consiste en meter todo nuestro dinero en bolsa y esperar una rentabilidad determinada. La bolsa no garantiza un 8%, un 10% ni ninguna otra cifra cada año. De hecho, podemos tener años de fuertes caídas, y la CNMV recuerda expresamente que la rentabilidad histórica no es un indicador fiable de la rentabilidad futura. Lo que sí sabemos es que los activos de riesgo, especialmente la renta variable diversificada y mantenida durante largos periodos, han ofrecido históricamente una rentabilidad superior a la del efectivo, aunque a cambio de asumir volatilidad y la posibilidad real de pérdidas.

Por eso, quizá la pregunta correcta no sea “¿dónde no puedo perder dinero?”, sino “¿qué riesgo estoy dispuesto a asumir y durante cuánto tiempo?”. El efectivo tiene un riesgo muy bajo de pérdida nominal, pero un riesgo evidente de pérdida de poder adquisitivo. Una cuenta remunerada puede reducir ese problema, aunque dependerá del tipo de interés que ofrezca y de cómo evolucione la inflación. La bolsa, en cambio, puede hacer que nuestro patrimonio caiga considerablemente en determinados momentos, pero también ofrece una mayor capacidad de crecimiento a largo plazo.

El objetivo, por tanto, no debería ser encontrar un activo completamente seguro, porque ese activo prácticamente no existe. El objetivo debería ser construir una estrategia que combine liquidez, seguridad y crecimiento. Tener dinero disponible para emergencias tiene sentido. Mantener una parte de nuestros ahorros en productos conservadores también. Pero dejar todo nuestro patrimonio durante décadas en efectivo por miedo a invertir puede ser, paradójicamente, una decisión arriesgada.

Al final, el verdadero peligro no siempre es perder dinero; a veces es creer que no lo estamos perdiendo. El dinero quieto parece seguro porque el número de nuestra cuenta no cambia. Pero mientras nosotros no hacemos nada, los precios sí pueden hacerlo. Y ahí es donde “mejor malo conocido que malo por conocer” puede convertirse en una trampa: lo conocido no siempre es lo más seguro y, sobre todo, lo que parece que no pierde puede estar perdiendo valor poco a poco.

Invertir no significa asumir cualquier riesgo ni perseguir rentabilidades imposibles. Significa entender que cada decisión financiera tiene un coste de oportunidad. Ser disciplinado, tener paciencia, diversificar y escoger buenos activos puede ser mucho más importante que intentar encontrar el producto perfecto. Porque cuando hablamos de nuestro dinero, quedarse quieto también es una decisión.