Cuando Meta presentó en junio de 2026 sus nuevas Meta Glasses, lo hizo junto a una de las mayores máquinas de influencia del mundo: Kylie Jenner. La colaboración no fue casual. La compañía necesitaba que unas gafas capaces de hacer fotografías, grabar vídeo, escuchar conversaciones e interactuar con inteligencia artificial dejaran de parecer un gadget tecnológico y empezaran a percibirse como algo que una persona quiere llevar puesto. La colección diseñada con Jenner parte de 399 dólares en Estados Unidos, mientras que en España algunos modelos parten de 309 euros.
La estrategia es conocida en marketing: si no puedes hacer que todo el mundo entienda la tecnología, haz que quieran parecerse a quien la utiliza. Kylie no es únicamente una celebridad que aparece en una campaña; su imagen convierte el producto en una extensión de un estilo de vida. Las gafas dejan de comunicar “cámara + inteligencia artificial” y empiezan a comunicar moda, belleza, estatus y pertenencia.
Ahí está probablemente la verdadera operación. Una mujer puede no estar interesada en saber qué procesador utiliza el dispositivo, pero sí puede pensar: “Kylie las lleva, tienen ese diseño y yo también podría llevarlas”. La tecnología entra por la estética y el deseo antes que por sus especificaciones.
Y el producto tiene argumentos para resultar atractivo. Las Meta Glasses permiten hacer fotografías y vídeos con las manos libres, utilizar Meta AI, escuchar música y emplear traducción en tiempo real, además de superar las ocho horas de autonomía según Meta. El problema aparece cuando esa funcionalidad se encuentra con algo mucho más humano: las personas que están alrededor.
Porque las gafas no solo permiten registrar tu vida. También pueden registrar, potencialmente, a quienes están delante de ti sin que sepan inmediatamente que están siendo grabados. Meta incorpora un indicador luminoso y medidas de privacidad, pero el debate ha aumentado durante el verano de 2026. Algunos espacios y organizaciones han comenzado incluso a establecer restricciones sobre su utilización, mientras crecen las críticas relacionadas con grabaciones sin consentimiento.
Y aquí aparece una contradicción fascinante: cuanto más bonita y deseable hacemos una tecnología de vigilancia, menos parece vigilancia. Una cámara en unas gafas futuristas puede generar rechazo. Una cámara integrada en unas gafas que asociamos con Kylie Jenner puede convertirse en un complemento.
Por eso la elección de Jenner es tan interesante. No se trata solamente de venderle gafas a sus seguidores. Se trata de cambiar el significado cultural del producto. Si una celebridad consigue que algo parezca normal, aspiracional y cotidiano, el consumidor deja de preguntarse únicamente qué puede hacer el dispositivo y empieza a preguntarse cómo se vería él llevándolo.
El problema es que la moda puede conseguir que aceptemos tecnologías antes de haber decidido colectivamente si queremos vivir con ellas. Y quizá la pregunta más importante no sea si Kylie Jenner puede hacer que las Meta Glasses parezcan cool, sino si conseguiremos establecer unas reglas para que esa estética no termine convirtiendo el espacio público en un lugar donde todos podamos ser grabados sin saberlo.
