Durante décadas, la economía mundial ha asociado el éxito con una palabra: crecimiento. Crecer más, producir más y consumir más parece la fórmula universal para medir la prosperidad de un país. Sin embargo, existe una excepción que desafía esa lógica desde hace más de treinta años: Japón.
Tras el espectacular auge económico de las décadas de 1970 y 1980, el estallido de la burbuja inmobiliaria y financiera a principios de los años noventa dio paso a un largo periodo de crecimiento muy reducido. Muchos analistas llegaron a bautizar aquella etapa como «la década perdida». Lo sorprendente es que, más de treinta años después, Japón sigue ocupando un lugar privilegiado entre las grandes economías del planeta.
¿Cómo es posible?
La primera respuesta está en la riqueza acumulada. Japón ya era un país extraordinariamente desarrollado antes de entrar en su largo periodo de estancamiento. Contaba con infraestructuras modernas, una potente industria, empresas líderes a nivel mundial y una población con un elevado nivel educativo. Cuando una economía alcanza ese grado de madurez, mantener un crecimiento acelerado resulta mucho más difícil que para un país en vías de desarrollo.
A ello se suma un elemento que suele pasar desapercibido: la productividad. Aunque el crecimiento del PIB haya sido modesto, Japón continúa siendo una referencia mundial en sectores como la robótica, la automoción, la maquinaria industrial, la electrónica de precisión y los materiales avanzados. Empresas japonesas siguen formando parte de las cadenas de suministro más importantes del planeta, incluso cuando ya no ocupan tantos titulares como décadas atrás.
Otro factor diferencial es la estabilidad institucional. Japón disfruta de un entorno político relativamente predecible, un elevado nivel de seguridad jurídica y una administración eficaz. Estos elementos generan confianza para las empresas y los inversores, algo que muchas veces resulta más valioso que unas décimas adicionales de crecimiento económico.
Paradójicamente, uno de los mayores desafíos del país también ha sido una de las razones de su estabilidad: la demografía. Japón posee una de las poblaciones más envejecidas del mundo y una de las tasas de natalidad más bajas. Menos población significa menos consumo, menos trabajadores y un menor crecimiento potencial. Sin embargo, el país ha compensado parcialmente este problema mediante una elevada automatización de su economía y un importante desarrollo tecnológico.
El contraste con otras economías resulta especialmente interesante. Países como China crecieron durante décadas a ritmos extraordinarios gracias a su industrialización acelerada. Sin embargo, mantener ese crecimiento a largo plazo es mucho más complicado cuando una economía alcanza niveles elevados de renta. Japón llegó antes a esa fase y demuestra que la madurez económica plantea retos distintos a los de una economía emergente.
Eso no significa que Japón esté libre de problemas. Su deuda pública supera ampliamente el tamaño de su economía, el envejecimiento presiona el sistema de pensiones y la falta de mano de obra se ha convertido en una preocupación creciente. Además, el país necesita adaptarse a una economía cada vez más dominada por la inteligencia artificial, la digitalización y la competencia tecnológica global.
Sin embargo, existe una enseñanza que Japón deja al resto del mundo: el crecimiento económico no siempre es el único indicador de fortaleza. Un país puede crecer poco y seguir siendo rico si conserva instituciones sólidas, empresas competitivas, innovación constante y una elevada productividad.
Quizá esa sea la mayor lección japonesa. En un mundo obsesionado con crecer cada año unas décimas más, Japón demuestra que la verdadera riqueza también consiste en saber conservar lo que ya se ha construido.
Porque las grandes potencias no solo se distinguen por la velocidad a la que avanzan, sino por su capacidad para seguir siendo relevantes cuando el crecimiento deja de ser extraordinario.
