Brasil libra otra batalla

El negocio clandestino que mueve millones en Brasil: ¿y si algún día dejara de ser ilegal?

Las mafias controlan parte del juego ilegal en Brasil, mientras otros países han convertido esa misma actividad en una industria regulada. ¿Dónde está realmente la diferencia?  

"Bicheiros" de Rio de Janeiro en los 90
"Bicheiros" de Rio de Janeiro en los 90 24h Economía

Hablar del juego ilegal en Brasil obliga a hacer una aclaración desde el principio: este artículo no defiende el juego ni pretende normalizarlo. La ludopatía destruye vidas, puede provocar graves problemas económicos, familiares y de salud mental, y constituye una realidad que nunca debe minimizarse. El objetivo de este análisis es exclusivamente económico: entender por qué un negocio prohibido sigue moviendo miles de millones y qué diferencias existen con países donde esa misma actividad opera bajo un marco legal.

Uno de los ejemplos más conocidos es el jogo do bicho, una lotería clandestina nacida en Río de Janeiro a finales del siglo XIX y que, pese a ser ilegal desde hace décadas, continúa funcionando en numerosas ciudades brasileñas. Su permanencia no responde únicamente a la tradición. Detrás existe toda una economía paralela que mueve enormes cantidades de dinero fuera del control del Estado.

En muchas regiones, distintos informes policiales y judiciales han señalado que organizaciones criminales y redes conocidas popularmente como los bicheiros han utilizado históricamente estos negocios para financiar otras actividades ilícitas o ejercer influencia económica y territorial. El problema, por tanto, no es únicamente el juego, sino el ecosistema ilegal que puede desarrollarse a su alrededor cuando una actividad genera grandes ingresos sin supervisión pública.

Aquí surge una pregunta interesante desde el punto de vista económico. ¿Qué diferencia existe entre un bingo clandestino en São Paulo y el Casino de Montecarlo, en Mónaco, o los grandes complejos de Las Vegas, en Estados Unidos?

La respuesta está en la regulación. Mientras los negocios ilegales no pagan impuestos, no protegen al consumidor, no cumplen normas de prevención contra el blanqueo de capitales y pueden acabar bajo el control de organizaciones criminales, los casinos legales operan bajo estrictos sistemas de licencias, auditorías, inspecciones financieras y obligaciones tributarias. En lugares como Mónaco, el juego forma parte del modelo económico y turístico del país. En Las Vegas, además, sostiene decenas de miles de empleos directos e indirectos y representa una industria sometida a una intensa supervisión administrativa.

Eso no significa que el modelo esté exento de críticas. Incluso en mercados completamente legales, el riesgo de adicción continúa existiendo. Por ello, muchos países han reforzado las medidas de protección, estableciendo límites de acceso, programas de autoexclusión y campañas contra la ludopatía. La legalidad no elimina el problema; simplemente permite que exista un mayor control sobre una actividad que, de otra forma, podría quedar completamente en manos de la economía sumergida.

Brasil lleva años debatiendo la posibilidad de ampliar la regulación del sector del juego. Sus defensores argumentan que permitiría recaudar miles de millones en impuestos, atraer inversión internacional y reducir el peso del mercado clandestino. Sus detractores recuerdan que una mayor oferta de juego también puede incrementar los problemas de adicción y el impacto social sobre las familias más vulnerables.

Ambos argumentos tienen parte de razón. Desde un punto de vista estrictamente económico, una regulación podría transformar una parte de la economía informal en actividad fiscalizada. Sin embargo, desde un punto de vista social, ningún beneficio económico justificaría ignorar los efectos que el juego compulsivo puede tener sobre miles de personas.

Quizá la verdadera cuestión no sea si el juego genera dinero (porque lo genera, tanto en la legalidad como en la clandestinidad), sino quién controla ese dinero, bajo qué reglas y con qué mecanismos para proteger a quienes corren el riesgo de desarrollar una adicción.

Brasil se encuentra precisamente en esa encrucijada. Entre mantener un mercado donde las mafias continúan obteniendo beneficios de actividades clandestinas o construir un modelo regulado con fuertes controles públicos, el debate sigue abierto. Lo que no debería estar en discusión es que ningún modelo económico puede olvidar que detrás de cada apuesta existe una persona, y que cuando el juego deja de ser entretenimiento para convertirse en dependencia, el coste humano siempre supera cualquier cifra de negocio.