Hábitos de consumo

¿Por qué en Fráncfort abundan los Rolls-Royce y en otras ciudades el lujo se lleva puesto? La economía del consumo tiene más respuestas de las que parece

Dos ciudades pueden exhibir un nivel similar de consumo de lujo y, sin embargo, hacerlo de formas completamente distintas.   

City de Frankfurt
City de Frankfurt 24h Economía

Quien pasee por las calles de Fráncfort probablemente se sorprenda por la cantidad de vehículos de alta gama que circulan a diario. Modelos como el Mercedes Clase G, el Rolls-Royce Phantom, el Bentley Bentayga, el Porsche 911, además de numerosos Audi Q7 y Q8, forman parte del paisaje urbano de la capital financiera de Alemania. Sin embargo, existe un contraste llamativo: mientras el nivel del parque automovilístico transmite una gran capacidad adquisitiva, la forma de vestir de buena parte de la población suele ser mucho más discreta y funcional.

La escena cambia al observar ciudades como Bucarest. Allí también es habitual encontrar vehículos de lujo, pese a que el nivel de renta medio es considerablemente inferior al alemán. Pero, además, el cuidado de la imagen personal, la moda y los complementos adquieren un protagonismo mucho mayor que en ciudades como Fráncfort.

A simple vista podría pensarse que todo responde al poder adquisitivo, pero la realidad económica es bastante más compleja. Los hábitos de consumo no dependen únicamente del dinero disponible, sino también de factores culturales, históricos, sociales e incluso psicológicos.

En el caso de Alemania, el automóvil ocupa un lugar muy especial dentro de su identidad económica. El país alberga algunas de las marcas más prestigiosas del mundo, como Mercedes-Benz, BMW, Audi y Porsche, lo que convierte al coche no solo en un medio de transporte, sino también en un producto estrechamente vinculado a la excelencia industrial alemana. Para muchos consumidores, invertir en un automóvil de alta gama responde más a criterios de calidad, ingeniería o comodidad que a una intención de proyectar estatus.

Al mismo tiempo, la cultura alemana ha estado tradicionalmente asociada a valores como la discreción, la funcionalidady la durabilidad. En otras palabras, no existe la misma presión social por demostrar el nivel económico a través de la ropa o de los artículos de lujo visibles en el día a día.

En Bucarest, por el contrario, influyen elementos diferentes. Tras la caída del régimen comunista, el acceso a bienes de lujo pasó a representar para parte de la sociedad una forma de simbolizar el éxito económico y la movilidad social. En este contexto, tanto el automóvil como la moda pueden convertirse en elementos visibles del progreso personal.

Algo parecido sucede en ciudades como Milán o París, donde la moda forma parte de la identidad cultural. Allí vestir bien no siempre responde a una cuestión de riqueza, sino a una tradición profundamente ligada al diseño, la creatividad y la estética.

Todo ello demuestra que cada ciudad desarrolla su propio modelo de consumo. Hay lugares donde el lujo se concentra en el automóvil; otros donde se refleja en la vivienda; otros donde la prioridad son los viajes, la gastronomía o la moda. La forma en que una sociedad decide gastar su dinero dice mucho sobre sus valores y sobre aquello que considera una inversión emocional o un símbolo de éxito.

Desde la economía del comportamiento, este fenómeno se explica por las llamadas preferencias de consumo. Las personas no toman decisiones únicamente en función de sus ingresos, sino también según las normas sociales, la influencia del entorno, la historia del país y la percepción que existe sobre determinados bienes.

Por eso, comparar ciudades únicamente por su renta puede llevar a conclusiones equivocadas. Dos economías con niveles de riqueza muy diferentes pueden mostrar patrones de consumo sorprendentemente similares en algunos aspectos y completamente opuestos en otros.

La gran enseñanza es que el consumo también es cultura. Los coches que circulan por una avenida, la manera de vestir de quienes la recorren o los productos que llenan los escaparates hablan tanto de una sociedad como sus indicadores económicos. Porque, al final, el dinero explica cuánto puede consumir una población; la cultura explica en qué decide gastarlo