Mientras Europa mantiene el reinado de los grandes almacenes, Estados Unidos ha apostado por otro modelo de distribución del lujo

¿Por qué Europa sigue confiando en los grandes almacenes y Estados Unidos los ha dejado atrás?

El Corte Inglés, Harrods o Galeries Lafayette siguen siendo referentes del lujo y la belleza, mientras el modelo estadounidense gira hacia las marcas propias y el comercio directo.

El Corte Inglés Madrid
El Corte Inglés Madrid 24h economía

Cuando una marca de lujo quiere desembarcar en Europa, uno de sus primeros objetivos suele ser conseguir espacio en Harrods, Galeries Lafayette, El Corte Inglés, KaDeWe o Rinascente. Estos grandes almacenes siguen siendo auténticos templos del consumo, capaces de reunir en un mismo edificio cientos de firmas de moda, belleza, relojería, joyería y gastronomía. Sin embargo, al otro lado del Atlántico, este concepto ha ido perdiendo fuerza. Aunque existen cadenas como Saks Fifth Avenue o Nordstrom, ninguna ocupa hoy el papel casi institucional que desempeñan sus equivalentes europeos.

La diferencia responde, en primer lugar, a un modelo de consumo. En Europa, los grandes almacenes nacieron en pleno centro de las ciudades y se convirtieron en destinos en sí mismos. Ir a Harrods en Londres o a Galeries Lafayette en París forma parte de la experiencia turística tanto como visitar un museo o un monumento. No son únicamente lugares para comprar, sino espacios donde restauración, arquitectura, cultura y moda conviven bajo un mismo techo.

En Estados Unidos, el desarrollo comercial siguió otro camino. El auge del automóvil y el crecimiento de los suburbios impulsaron durante décadas los shopping malls, grandes centros comerciales situados en las afueras donde cada marca operaba con su propia tienda. El consumidor estadounidense se acostumbró a comprar directamente a la marca, mientras que en Europa el gran almacén mantuvo su papel como intermediario de confianza.

Ese papel de retailer ,el distribuidor que selecciona, compra y vende productos de múltiples firmas, sigue teniendo un enorme valor en Europa. Para muchas marcas emergentes, entrar en El Corte Inglés o Galeries Lafayette supone acceder de golpe a millones de clientes y beneficiarse del prestigio del propio establecimiento. El gran almacén actúa como un filtro de calidad: si una firma está presente allí, el consumidor interpreta que ha superado un determinado estándar.

En Estados Unidos, por el contrario, las marcas han apostado cada vez más por el modelo direct-to-consumer. Gracias al comercio electrónico y a sus propias tiendas, pueden controlar la experiencia de compra, fijar los precios, recopilar datos del cliente y aumentar sus márgenes al eliminar intermediarios. Para grupos como LVMH, Kering o Estée Lauder, disponer de boutiques propias resulta mucho más rentable que depender exclusivamente de terceros.

A ello se suma otro factor: el turismo internacional. Europa concentra algunas de las ciudades más visitadas del mundo y muchos viajeros incluyen una jornada de compras en establecimientos icónicos. Harrods, Galeries Lafayette o KaDeWe reciben millones de visitantes cada año que, en muchos casos, compran aprovechando las devoluciones del IVA o la amplia oferta de marcas en un único lugar. Esa combinación de turismo y comercio convierte a los grandes almacenes europeos en escaparates globales.

Paradójicamente, el futuro del sector parece reforzar esta ventaja. Mientras numerosos grandes almacenes estadounidenses han cerrado durante la última década por la competencia del comercio electrónico y la caída del tráfico en los centros comerciales, los europeos han evolucionado hacia espacios cada vez más experienciales. Hoy ofrecen restaurantes con estrellas Michelin, exposiciones, servicios de personal shopper, tratamientos de belleza, eventos exclusivos e incluso zonas dedicadas al arte o la gastronomía. Comprar ya no es el único objetivo; vivir una experiencia también forma parte del negocio.

La distribución de la moda y la belleza nunca ha consistido únicamente en vender productos. También consiste en crear deseo, generar confianza y construir una experiencia que justifique el precio de una prenda o un perfume. Europa entendió hace más de un siglo que un gran almacén podía ser mucho más que una tienda. Y quizá esa sea la razón por la que, incluso en plena era digital, sigue conservando un modelo que el resto del mundo observa con admiración.