Una industria infravalorada.

La moda viste al mundo, genera miles de millones y crea millones de empleos. ¿Por qué sigue sin recibir el respeto que merece?

La moda no solo define tendencias: también genera empleo, inversión y crecimiento económico a nivel mundial.

Amelia Gray para Zara
Amelia Gray para Zara 24h Economia

Hay una pregunta que llevo tiempo haciéndome.

¿Por qué la moda sigue siendo considerada una industria «menos importante» que otras cuando absolutamente todos dependemos de ella?

Nadie cuestiona la relevancia de la industria automovilística. Nadie duda del impacto de la industria farmacéutica, tecnológica o alimentaria. Son sectores que generan empleo, innovación y crecimiento económico, y por ello reciben reconocimiento social.

Sin embargo, la moda —que también mueve cientos de miles de millones de euros, emplea a millones de personas y está presente en nuestra rutina diaria— continúa cargando con un estigma difícil de explicar.

Quizá porque durante décadas se ha asociado únicamente a las pasarelas, a las celebridades o al lujo. Quizá porque muchas personas la siguen reduciendo a un desfile de tendencias o a una cuestión de apariencia. O quizá porque, injustamente, se ha considerado un interés predominantemente femenino y, por tanto, menos relevante desde un punto de vista económico o profesional.

Pero la realidad es muy distinta.

Todos consumimos moda. Absolutamente todos.

Da igual la edad, la profesión, el nivel adquisitivo o el lugar donde vivamos. Cada mañana elegimos qué ponernos para trabajar. Necesitamos ropa para hacer deporte, para dormir, para asistir a una entrevista de trabajo, para ir a una boda, para protegernos del frío o simplemente para caminar por la calle.

Incluso quien afirma no interesarse por la moda está tomando decisiones relacionadas con ella. Elegir una camiseta básica en lugar de una camisa también es una elección estética. Vestirse completamente de negro comunica algo. Llevar uniforme comunica algo. La ausencia de interés también transmite una identidad.

La moda no es únicamente ropa.

Es cultura.

Es identidad.

Es comunicación.

Y también es economía.

La industria de la moda representa uno de los sectores económicos más importantes del planeta. Genera cientos de miles de millones de euros cada año, impulsa el comercio internacional, sostiene millones de empleos y conecta actividades tan diversas como la agricultura, la producción textil, la logística, el diseño, el marketing, la fotografía, el comercio electrónico, el turismo o la tecnología.

Detrás de una simple camiseta existe una cadena de valor inmensa.

Hay ingenieros textiles desarrollando nuevos tejidos. Diseñadores creando patrones. Artesanos trabajando el cuero. Equipos de compras negociando materias primas. Especialistas en sostenibilidad. Expertos en inteligencia artificial que predicen la demanda. Economistas, abogados, financieros, arquitectos, escaparatistas, programadores, modelos, fotógrafos y transportistas.

La moda no empieza en una pasarela ni termina en una tienda.

Es un ecosistema económico extraordinariamente complejo.

Sin embargo, el reconocimiento social no siempre refleja esa realidad.

Decir «soy ingeniero aeronáutico», «soy arquitecto» o «soy cirujano» suele despertar admiración inmediata. En cambio, cuando alguien afirma «soy diseñador de moda», con frecuencia la reacción es muy diferente. Todavía existe la percepción de que se trata de una profesión más frívola o menos exigente, cuando diseñar para una gran maison requiere años de formación en patronaje, historia del arte, construcción de prendas, materiales, dirección creativa y gestión empresarial.

Crear una colección no consiste únicamente en dibujar vestidos bonitos.

Significa investigar materiales, comprender el comportamiento del consumidor, desarrollar una identidad visual coherente, coordinar equipos multidisciplinares y construir un producto capaz de competir en un mercado global.

La creatividad también es una disciplina.

Y merece el mismo respeto que cualquier otra.

Este artículo no pretende establecer una competición entre industrias.

La alimentación salva vidas.

La medicina mejora nuestra esperanza de vida.

La ingeniería transforma nuestras ciudades.

La automoción mueve la economía mundial.

Todas son fundamentales.

Pero la moda también ocupa un lugar imprescindible.

Porque no solo nos viste.

Nos identifica.

Cuenta quiénes somos antes incluso de que pronunciemos una palabra.

Refleja cambios sociales, culturales y políticos. Ha acompañado revoluciones, movimientos feministas, transformaciones tecnológicas y nuevas formas de entender la identidad. Es un lenguaje universal que todos hablamos

incluso sin ser conscientes de ello.

Quizá el problema sea que convivimos con la moda desde que nacemos. Está tan integrada en nuestra rutina que hemos dejado de percibir su importancia.

Solo pensamos en ella cuando hablamos de lujo o de tendencias, olvidando que sostiene millones de puestos de trabajo, impulsa economías enteras y forma parte de uno de los sectores creativos más influyentes del mundo.

Dar a la moda el reconocimiento que merece no significa restárselo a otras industrias.

Significa entender que un sector capaz de vestir a más de ocho mil millones de personas, generar innovación, preservar oficios artesanales y aportar un enorme valor económico merece ocupar un lugar mucho más relevante en la conversación pública.

Porque al final del día todos nos quitamos los zapatos.

Pero nadie puede vivir sin vestirse.