Después de castigar con dureza a España, Portugal, Italia y Francia, las temperaturas extremas se desplazan de nuevo hacia Europa central y oriental, mientras una nueva cúpula de calor se forma sobre el Atlántico oriental y amenaza con provocar la tercera ola de calor del verano de 2026, apenas iniciado julio.
Alemania encadena jornadas con valores inusualmente elevados, París vuelve a rozar sus récords climáticos y España afronta, según el aviso especial de la AEMET, un nuevo episodio con máximas de hasta 42 °C en el interior peninsular y noches tropicales que no bajarán de los 24-26 grados.
El verano de 2026 está siendo, sencillamente, histórico. Tras una primera ola de calor a finales de mayo, la segunda —desatada a partir del 21 de junio— ha sido calificada por la red científica World Weather Attribution como la más severa jamás registrada en la región, un episodio que, según sus análisis, habría sido «prácticamente imposible» hace apenas cincuenta años sin el calentamiento global de origen humano. Los récords nacionales absolutos han caído en cascada: 42 °C en Hungría, 41 °C en Eslovaquia, 40,5 °C en Polonia y la República Checa, 39,4 °C en Países Bajos, 39 °C en Basilea (Suiza) y hasta 37 °C en Dinamarca. La Organización Mundial de la Salud cifra en más de 1.300 las muertes en exceso registradas desde el 21 de junio, con unos 150 millones de europeos viviendo bajo calor extremo. Solo en Francia, los registros provisionales apuntan a más de mil fallecidos por encima del promedio en apenas unos días.
Y, sin embargo, más allá del calor, hay una pregunta que muchos visitantes se hacen cada verano: ¿por qué en gran parte de Europa apenas hay aire acondicionado?
Un continente construido para el frío
La respuesta tiene poco que ver con el nivel de riqueza y mucho con la historia, la arquitectura y las decisiones económicas tomadas durante décadas. Mientras que en Estados Unidos cerca del 90 % de los hogares dispone de climatización —y en Japón el porcentaje supera el 91 %—, en Europa la media apenas alcanza uno de cada cinco hogares. El contraste interno es igualmente llamativo: Italia ronda el 56 %, Francia se queda en torno al 24 % y Alemania no llega ni al 10 %. Gran parte del continente fue construida para conservar el calor durante el invierno, no para combatir temperaturas cercanas —o superiores— a los 40 grados.
En Francia, una parte importante del problema responde al diseño urbano. Ciudades como París cuentan con miles de edificios históricos protegidos donde la instalación de unidades exteriores está muy limitada por razones estéticas y patrimoniales. Alterar las fachadas de inmuebles centenarios exige autorizaciones muy estrictas, por lo que muchos edificios simplemente carecen de sistemas de climatización. Durante décadas, además, se consideró que las olas de calor eran episodios excepcionales que no justificaban una inversión masiva en refrigeración. El debate se ha convertido incluso en arma política: la derecha reclama un plan masivo de climatización mientras sectores ecologistas se resisten por su coste energético, y las encuestas reflejan que cerca del 79 % de los franceses apoya ya acelerar la instalación de aire acondicionado en hogares, hospitales, colegios y residencias de mayores.
En Alemania los motivos son diferentes. El país ha disfrutado tradicionalmente de veranos suaves, por lo que ni viviendas ni oficinas se construyeron pensando en soportar temperaturas extremas. Gran parte del parque inmobiliario prioriza el aislamiento térmico para reducir el consumo energético en invierno. Paradójicamente, ese mismo aislamiento hace que muchas viviendas acumulen calor durante días cuando las olas de calor se prolongan, convirtiéndose en auténticos hornos de los que resulta difícil escapar.
El factor económico y energético
A todo ello se suma un importante factor económico. Instalar aire acondicionado supone una inversión elevada para propietarios y empresas, y en varios países europeos la electricidad cuesta más del doble que en Estados Unidos. En un contexto marcado por las políticas europeas de eficiencia energética y el objetivo de neutralidad climática para 2050, muchos edificios optaron por la ventilación natural o por mejorar el aislamiento antes que incorporar equipos de climatización. Durante años esa estrategia fue suficiente, pero el cambio climático está poniendo en duda un modelo pensado para un clima que ya no existe: según Copernicus, Europa acumula ya 2,5 °C de calentamiento desde 1900, prácticamente el doble de la media global, lo que la convierte en el continente que más rápido se calienta del planeta.
Consecuencias que ya se sienten
Las consecuencias han dejado de ser una hipótesis. En ciudades alemanas y francesas es habitual ver parques llenos durante la noche porque muchas viviendas superan los 30 grados incluso de madrugada. Numerosos ciudadanos buscan dormir al aire libre, mientras bibliotecas, centros comerciales y estaciones de transporte se convierten en refugios climáticos improvisados. Pero este verano el impacto ha ido mucho más lejos: en Alemania, las placas de hormigón de varias autobahn se han arqueado hasta 15 centímetros, obligando a cerrar tramos cerca de Berlín, Hamburgo y Potsdam; las deformaciones de vías han interrumpido trayectos ferroviarios en Austria, Reino Unido, Francia y Bélgica; y en Francia el calor ha obligado a reducir la producción de varias centrales nucleares refrigeradas por los ríos Ródano y Garona, mientras decenas de miles de hogares sufrían cortes de electricidad por la sobrecarga de la red.
El impacto tampoco se limita al bienestar de la población. El calor extremo reduce la productividad laboral, especialmente en sectores como la construcción, la logística o la agricultura, y dispara el absentismo por golpes de calor, deshidratación y problemas cardiovasculares. Diversos estudios estiman que las olas de calor provocan pérdidas de miles de millones de euros anuales en Europa, y los datos de la UE atribuyen al calor extremo alrededor de 60.000 muertes al año en el continente, muchas de ellas evitables.
La paradoja de la adaptación
Paradójicamente, la falta de aire acondicionado también responde a un cálculo económico y climático. Equipar millones de viviendas implicaría un enorme incremento del consumo eléctrico, obligaría a reforzar las redes de distribución y a aumentar la producción energética en verano, justo cuando la Unión Europea intenta reducir emisiones. Pero el coste de no adaptarse crece más deprisa que ninguna otra variable, y el mercado ya ha reaccionado: en plena ola de calor, países como Francia, Alemania, Países Bajos o Reino Unido están comprando climatizadores a un ritmo tal que China, principal fabricante mundial, no da abasto para abastecer la demanda europea. Las proyecciones comunitarias apuntan a la instalación de unos 70 millones de aparatos adicionales antes de 2030, lo que elevaría la penetración hasta el 35 % de los hogares, y la propia Agencia Internacional de la Energía prevé que el parque europeo pase de 110 millones de equipos en 2019 a unos 275 millones en 2050.
Mientras tanto, promotores y arquitectos ya diseñan edificios preparados para un clima mucho más cálido que el de hace apenas dos décadas. Los expertos coinciden en que la arquitectura europea deberá transformarse: materiales que reduzcan la acumulación de calor, cubiertas vegetales, más zonas verdes y sistemas de climatización mucho más eficientes —como la aerotermia y las bombas de calor reversibles— que permitan refrigerar sin disparar las emisiones.
Una nueva normalidad
Las olas de calor encadenadas de este verano demuestran que el continente ya está viviendo las consecuencias del cambio climático: lo que antes era una excepción se está convirtiendo en la nueva normalidad. La falta de aire acondicionado no es simplemente una curiosidad cultural, sino el reflejo de unas ciudades diseñadas para un clima que está desapareciendo. Europa se enfrenta ahora a un difícil equilibrio: proteger a la población frente a temperaturas cada vez más extremas —y letales— sin renunciar a los objetivos de sostenibilidad y transición energética que marcarán su futuro económico durante las próximas décadas. El termómetro, de momento, no da tregua.
