2026

El Mundial más caro de la historia: cuando el fútbol dejó de vender entradas para vender lujo

El que más se aleja del aficionado de toda la vida

El Mundial más caro de la historia: cuando el fútbol dejó de vender entradas para vender lujo

Hace unas semanas comenzó el Mundial más caro de la historia. Una cifra resume mejor que cualquier análisis la transformación del mayor espectáculo del fútbol: algunas entradas premium para la final del MetLife Stadium de Nueva Jersey alcanzan los 35.000 dólares. El equivalente al precio de un coche de gama media.

El equivalente al salario anual de millones de trabajadores en todo el mundo. El precio de ver noventa minutos de fútbol.

La comparación con el Mundial de Estados Unidos de 1994 resulta inevitable y dolorosa. Entonces, una entrada para la final costaba alrededor de 180 dólares. Treinta y dos años de inflación del fútbol han multiplicado ese precio por casi doscientas veces. El torneo de Romario, la ceremonia inaugural protagonizada por Diana Ross y su penalti fallado ante ochenta mil personas pertenecen a otra época. Una época en que el fútbol seguía siendo un deporte profundamente popular en el sentido más literal: accesible al pueblo.

Los números que la FIFA celebra

La FIFA cerrará el ciclo 2023-2026 con ingresos cercanos a los 13.000 millones de dólares, casi el doble que en Qatar 2022 y más de seis veces lo que ingresó tras Francia 1998. La ampliación a 48 selecciones y 104 partidos, los nuevos patrocinadores globales y los derechos audiovisuales negociados en un mercado donde las plataformas de streaming compiten ferozmente con las televisiones tradicionales han elevado el torneo a una dimensión económica sin precedentes.

Desde el punto de vista empresarial, el Mundial 2026 es un éxito rotundo antes de que se dispute la final. Los patrocinadores han pagado cantidades récord. Los derechos televisivos han batido todos los registros anteriores. Las ciudades sede, Nueva York, Los Ángeles, Dallas, Miami, Seattle, San Francisco, Kansas City, Filadelfia, Boston, Atlanta, Houston en Estados Unidos, más Toronto y Vancouver en Canadá y Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey en México, han invertido en infraestructuras y organización con la eficiencia que caracteriza a los grandes eventos americanos.

Y sin embargo, mientras las cifras baten récords, también aumentan las críticas.

El malestar que la FIFA prefiere ignorar

El descontento entre varias selecciones ha sido evidente desde el comienzo del campeonato. Los horarios de algunos partidos, con temperaturas que en junio en ciudades del sur de Estados Unidos y México pueden superar los 35 grados, han suscitado numerosas quejas entre jugadores y entrenadores. Las pausas de hidratación, que interrumpen el ritmo del juego pero son médicamente necesarias, han generado debate sobre si la planificación del torneo prioriza el espectáculo televisivo, con sus horarios de máxima audiencia en Europa y Asia, sobre el bienestar de los deportistas.

Los desplazamientos entre ciudades sede son otro motivo de queja. Una selección puede jugar en Seattle, desplazarse a Miami y volver a Dallas en el transcurso de la fase de grupos, recorriendo distancias que en Europa equivaldrían a cruzar el continente de norte a sur. La FIFA ha argumentado que esos desplazamientos forman parte de la naturaleza del torneo compartido entre tres países. Los jugadores que los sufren tienen una opinión diferente.

Gianni Infantino, presidente de la FIFA, ha respondido a todas estas críticas con la ecuanimidad del hombre que sabe que el negocio funciona independientemente de las quejas. El espectáculo continúa. Los contratos están firmados. Los ingresos llegarán.

El modelo americano aplicado al fútbol

Este Mundial representa, probablemente mejor que ningún otro, la fusión entre el fútbol y el modelo de consumo estadounidense. En Estados Unidos todo se transforma en una experiencia premium. Los conciertos de los grandes artistas llevan años vendiendo paquetes VIP que cuestan diez o veinte veces el precio de una entrada normal. La Fórmula 1, que ha conquistado el mercado americano en los últimos años gracias en parte a la serie Drive to Survive, ha aplicado el mismo modelo en el Gran Premio de Las Vegas: hospitalidad de lujo, gastronomía exclusiva, servicios personalizados para clientes de alto patrimonio. La NFL tiene butacas corporativas que cuestan más que el salario mensual de la mayoría de sus aficionados.

Ahora el fútbol ha entrado en esa lógica. Ya no se venden solo entradas. Se venden experiencias. Packages. Hospitalidad VIP. Acceso a zonas exclusivas antes y después del partido. Encuentros con exjugadores. Cenas con vistas al estadio. El aficionado que quiere simplemente ver un partido de fútbol sigue teniendo acceso, en teoría, a entradas de precio más asequible. Pero la presión del mercado de reventa, donde las plataformas especializadas permiten a los revendedores multiplicar los precios sin límite, hace que incluso esas entradas teóricamente accesibles acaben siendo inaccesibles para el aficionado de renta media.

No deja de resultar simbólico que este torneo se dispute bajo la presidencia de Donald Trump, cuya visión del mundo es profundamente empresarial. Una América donde los números son el lenguaje dominante y donde incluso los símbolos culturales terminan subordinados a la lógica del mercado. La FIFA y Trump comparten una filosofía que no han necesitado articular explícitamente porque la practican con total naturalidad: todo tiene un precio, y quien puede pagarlo merece lo mejor.

Lo que el Mundial era y lo que está dejando de ser

La grandeza histórica del Mundial nunca residió exclusivamente en el nivel deportivo. Residió en algo más difícil de cuantificar pero igualmente real: en que el estudiante que había ahorrado durante meses podía compartir grada con el ejecutivo de una multinacional. En que el inmigrante podía viajar miles de kilómetros para seguir a su selección en el torneo más importante del mundo. En que el fútbol seguía siendo uno de los pocos espacios donde las clases sociales se mezclaban alrededor de una experiencia compartida.

El Mundial de Italia 90 tenía a Pavarotti cantando Nessun Dorma en la ceremonia inaugural mientras aficionados de todo el mundo, de todos los niveles económicos, llenaban las gradas. El Mundial de Francia 98 vio a Zinedine Zidane convertirse en héroe nacional en un torneo donde los aficionados magrebíes de los suburbios parisinos compartían la celebración con los habitantes de los arrondissements más elegantes de la capital. El Mundial de Sudáfrica 2010 fue el primero en África y tuvo ese significado histórico que ninguna cantidad de entradas a 35.000 dólares puede comprar.

Hoy, esa mezcla se diluye. No ha desaparecido completamente porque el fútbol tiene una resistencia cultural que supera a cualquier modelo de negocio. Los aficionados siguen encontrando formas de seguir a sus selecciones aunque no puedan permitirse las entradas. Las zonas de aficionados gratuitas en las ciudades sede, donde se puede ver el partido en pantalla gigante, tienen una energía que a veces supera a la de los estadios. Las celebraciones callejeras cuando una selección marca son tan genuinas como siempre.

Pero la sensación de que el Mundial original, el que podía comprar quien tuviera ganas y algo de dinero ahorrado, está siendo reemplazado progresivamente por un producto de lujo para consumidores de alto patrimonio es cada vez más difícil de ignorar.

La pregunta que nadie en la FIFA quiere responder

Nadie discute el éxito económico del Mundial 2026. Tampoco la capacidad de la FIFA para convertir la Copa del Mundo en una máquina de ingresos cada vez más perfecta. Pero hay una pregunta que los balances contables no responden: ¿cuánto de la esencia del fútbol está dispuesta a sacrificar la FIFA por cada punto porcentual adicional de crecimiento de ingresos?

El fútbol se convirtió en el deporte más popular del planeta porque era accesible. Porque cualquier niño podía jugarlo con una pelota en cualquier superficie. Porque cualquier aficionado podía ir a ver un partido de su equipo con el dinero de su bolsillo ordinario. Esa accesibilidad es la raíz de todo lo demás: de la pasión, de la identificación colectiva, de la capacidad del fútbol para trascender las diferencias culturales y lingüísticas y convertirse en un lenguaje universal.

Cuando una entrada para la final cuesta 35.000 dólares, algo en esa cadena se ha roto. No irreparablemente. No todavía. Pero la dirección del cambio es suficientemente clara para que la pregunta merezca ser formulada con más frecuencia y con más fuerza de la que la FIFA está dispuesta a escuchar.

El Mundial 2026 es el mayor espectáculo del planeta. Pero cada vez más aficionados tienen la sensación de que ya no están siendo invitados a participar en él, sino simplemente a consumirlo desde lejos.

Y esa diferencia, aunque parezca pequeña en los balances contables de la FIFA, cambia absolutamente todo en lo que el fútbol significa.