EL REY MANTIENE LA ÚLTIMA PALABRA

Este miércoles hay elecciones en Marruecos pero será el rey Mohamed VI quien elija al primer ministro

Las elecciones de este miércoles en Marruecos centraran la atención en las urnas, pero el auténtico poder continuara en manos del rey Mohamed VI y su círculo más cercano.

Este miércoles hay elecciones en Marruecos pero será el rey Mohamed VI quien elija al primer ministro
Mohamed VI, Rey de Marruecos. 24H

La campaña electoral en Marruecos se ha presentado como una nueva oportunidad para la democracia.

Sin embargo, tras esa fachada se encuentra un mensaje diferente: el Palacio Real establece los límites del panorama político y se reserva la decisión final sobre el futuro Gobierno.

El propio diseño institucional establece que el sufragio puede abrir puertas, aunque no todas, y recalca que el papel del monarca va más allá de lo simbólico. Así lo enfatiza Infobae en su artículo sobre estas elecciones, Marruecos afronta unas elecciones en las que el rey Mohamed VI tiene la decisión final.

En esta jornada se elegirán los 395 escaños de la Cámara de Representantes, que constituye la pieza central del sistema parlamentario en Marruecos. Se presentan alrededor de una treintena de partidos, en un mosaico político muy fragmentado que complica que una sola fuerza logre alcanzar los 198 escaños necesarios para una mayoría absoluta.

En teoría, la lógica es sencilla: quien gane las elecciones asume el liderazgo del Gobierno; sin embargo, en la práctica, este proceso depende de un actor que no se somete al juicio de las urnas: el rey.

Un sistema electoral que deja el timón en manos del monarca

La Constitución marroquí, reformada en 2011 durante la ola de la Primavera Árabe, introdujo cambios significativos, pero mantuvo intacto el núcleo del poder real. Según el artículo 47, el rey Mohamed VI tiene la facultad de nombrar al jefe de Gobierno a partir del partido que obtenga el mayor apoyo en las elecciones legislativas. Es decir, no escoge a cualquiera, sino a un representante de la formación más votada; pero dentro de ese esquema, el monarca conserva el poder para decidir quién encarna esa victoria y cómo se estructura la coalición.

Para comprender la arquitectura del sistema es fundamental observar tres elementos clave:

  • La Cámara de Representantes: 395 diputados elegidos a través de listas proporcionales en circunscripciones locales y regionales.
  • La distribución del poder: mientras el Gobierno legisla y gestiona, los llamados “ministerios de soberanía” —Interior, Exteriores, Asuntos Religiosos— dependen de manera directa del Palacio.
  • El rol del rey: como jefe de Estado, es el “árbitro supremo” entre las instituciones y la máxima autoridad religiosa, así como guardián de la integridad territorial.

Las reformas de 2011 se promovieron en respuesta al descontento social, buscando conferir más poder al Parlamento y al Gobierno. Sin embargo, el resultado ha sido una monarquía que se presenta como constitucional, sin renunciar al control de las decisiones más importantes: seguridad, política exterior y la dirección estratégica del Estado. El Ejecutivo que surja de estas elecciones manejará presupuestos y políticas sociales, pero no tendrá acceso a los resortes vitales del poder.

Antecedentes: del experimento islamista al regreso del bloque palaciego

El trayecto de los últimos años ayuda a comprender el momento presente. Tras las reformas de 2011, el Partido Justicia y Desarrollo (PJD), con raíces islamistas moderadas, lideró dos gobiernos consecutivos y se erigió como un símbolo de apertura política. No obstante, su experiencia concluyó con un desplome en las elecciones de 2021, dando paso al liberal Aziz Akhannouch, uno de los hombres más acaudalados del país.

El esquema que se consolidó en ese periodo fue el siguiente:

  • Un primer ministro cercano al rey y al mundo empresarial.
  • Una coalición entre el RNI, el PAM (Partido Autenticidad y Modernidad, creado en el entorno palaciego) y el nacionalista Istiqlal.
  • Un Parlamento con más partidos pero con menos capacidad real para marcar la agenda política.

De cara a este 23 de septiembre de 2026, el panorama vuelve a cambiar. Akhannouch ha decidido no presentarse nuevamente como cabeza de lista, y la atención se ha desplazado hacia figuras consideradas como “favoritas del rey”. Un nombre que resuena es el de Fouzi Lekjaa, presidente de la Federación de Fútbol de Marruecos y arquitecto del proyecto del Mundial 2030. Este se presenta con el PAM y cuenta con respaldo dentro de los círculos cercanos al monarca. Que un dirigente vinculado al éxito deportivo del país aspire a la jefatura del Gobierno no es casual, dado que la popularidad y la cercanía a la Casa Real son tan relevantes como los votos.

El resultado probablemente llevará a un Parlamento reconfigurado, mientras el poder real se mantendrá intacto. Como advertía un historiador y activista mencionado en la prensa marroquí, las elecciones de 2021 ya fueron tildadas de “las menos creíbles y menos libres del siglo XXI”, y las de 2026 podrían “resultar aún peores” en cuanto a competencia real. Esta reflexión deja claro el escepticismo de una parte de la sociedad civil hacia la capacidad del sistema para generar una alternancia efectiva.

Qué está en juego: participación, desigualdad y Ceuta y Melilla

Más allá de nombres y estrategias, el gran desafío de estas elecciones radica en la participación. Encuestas y análisis recientes subrayan tres elementos que influyen en la disposición de los votantes:

  1. Desconfianza en la utilidad del voto: la impresión de que “siempre gana el rey”, como titulaba un medio español, se arraiga en amplios sectores urbanos.
  2. Desigualdad económica y territorial: el crecimiento no se refleja de manera equitativa en términos de empleo y servicios básicos, sobre todo en regiones interiores y rurales; la fractura social se ha convertido en uno de los temas centrales de la campaña.
  3. Agenda nacionalista: la tensión recurrente en torno a Ceuta y Melilla, vistas desde Rabat como “ciudades ocupadas”, se ha vuelto a utilizar para movilizar a la opinión pública.

Ciertos analistas sugieren que la cuestión de Ceuta y Melilla actúa como un mecanismo de cohesión interna y como un recordatorio simbólico de la capacidad del Palacio para influir en la agenda exterior. Mientras los partidos luchan por los escaños, las políticas hacia España, la postura sobre el Sáhara Occidental y las relaciones con la Unión Europea son dictadas por un círculo reducido en torno al monarca.

En este contexto, la participación del principal movimiento islamista, que ha llamado en parte al boicot o al voto crítico en otras ocasiones, será determinante para medir el grado de compromiso ciudadano con el sistema. Una alta abstención reforzaría la percepción de que el Parlamento es un actor secundario; una mayor implicación podría, aunque de manera limitada, impulsar una mayor apertura para el debate político.

Cómo puede evolucionar el tablero: continuidad controlada, cambios medidos

A corto plazo, los escenarios más probables giran en torno a tres ejes:

  • Reconfiguración del bloque palaciego: el PAM y otras fuerzas afines al Palacio podrían fortalecer sus posiciones y facilitar el nombramiento de una figura como Fouzi Lekjaa al frente del Gobierno.
  • Memoria del PJD: aunque debilitado, el PJD podría recuperar parte de su base si capitaliza el descontento socioeconómico y la crítica al modelo de “modernización dirigida”.
  • Presión internacional discreta: socios como la UE observan cuidadosamente la evolución institucional, priorizando la estabilidad, la cooperación en materia migratoria y la seguridad, antes que la democratización a fondo.

Nada de esto cambia el hecho de que el rey continuará designando al primer ministro y controlando las políticas cruciales. No obstante, sí puede influir en el estilo de gobernanza, el peso de los partidos en la gestión cotidiana y la capacidad del Ejecutivo para entablar negociaciones con actores sociales y territoriales. Si figuras con perfil tecnocrático y reconocimiento internacional —como Lekjaa— logran mayor protagonismo, es probable que el próximo gabinete intente aprovechar el impulso del Mundial 2030 y la imagen de “Marruecos emergente” para sortear las críticas internas.

La gran incógnita reside en si ese relato de éxito logrará compensar la distancia entre el poder formal y el poder real. Por ahora, el contrato no escrito permanece activo: los ciudadanos votan, pero el centro de control sigue blindado en el palacio, en un equilibrio que convierte cada elección en una mezcla de ritual democrático y recordatorio de quién realmente dirige el reino.

Curiosidades en clave política: fútbol, monarquía y urnas

En estas elecciones marroquíes se entrelazan elementos que, desde fuera, parecen sacados de un guion:

  • El presidente de la Federación de Fútbol podría terminar al frente del Gobierno.
  • Un Mundial compartido con España y Portugal funciona como escaparate de modernización, a pesar de las tensiones sobre Ceuta y Melilla.
  • El mapa parlamentario se renueva con un sinfín de siglas, pero los ministerios esenciales siguen reservados para el entorno del rey.

La combinación de fútbol, geopolítica, reformas controladas y la tradición monárquica convierte la cita de este miércoles en algo más que un mero trámite electoral: representa una oportunidad para observar cómo un país intenta forjar cambios sin renunciar al viejo reflejo de que, al final, siempre es el Palacio Real quien tiene la última jugada.