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Un guardia de seguridad en un aeropuerto que, entre risas, anuncia un “puppet show” mientras se coloca un guante de látex.
Un anuncio de una aplicación de vídeo que promete “desnudar” a mujeres con solo un clic. Catálogos de moda que presentan a adolescentes en poses claramente sexualizadas. No, no se trata de una representación satírica; este es el panorama real de la publicidad mundial en 2026, donde el erotismo ha cruzado hace tiempo la frontera de lo que es simplemente “picante”.
Mientras tanto, los reguladores han comenzado a reaccionar: anuncios prohibidos, campañas retiradas con urgencia y marcas que adoptan posturas defensivas. El erotismo, aunque sigue siendo una herramienta poderosa, se vuelve más costoso cuando se asocia con la cosificación, la violencia sexual o la explotación de menores. El clásico lema de “sex sells” ya no tiene el mismo efecto, aunque pocos se atrevan a dejarlo atrás por completo.
Erotismo y publicidad: del guiño sexy al “puppet show”
El sexo como cebo publicitario sigue presente, pero el contexto ha cambiado. Un claro ejemplo es el anuncio de Call of Duty: Black Ops 7, bloqueado en Reino Unido por trivializar la violencia sexual. La pieza mostraba a un hombre sufriendo un cacheo humillante, mientras una agente con guantes soltaba la frase “here comes the puppet show”. Los reguladores la interpretaron como una referencia a una penetración forzada, concluyendo que la escena convertía en chiste una situación cercana a una agresión, por lo que decidieron prohibir el anuncio al considerarlo «irresponsable y ofensivo».
Este cambio es importante: durante años, la publicidad se permitió jugar con dobles sentidos semejantes sin consecuencias. Ahora, sin embargo, el foco está en el impacto social de esos mensajes. No solo se evalúan los desnudos o las poses sugerentes, sino también si se trivializa la violencia, se ridiculiza el consentimiento o se perpetúan roles de género perjudiciales.
Algo similar ocurre con campañas que no ocultan el erotismo, sino que lo exageran. Anuncios de moda y belleza que muestran mujeres en lencería explícita, planos detalles de nalgas y pechos, y mensajes que convierten a las mujeres en meros accesorios visuales están generando cada vez más quejas. Organizaciones feministas, colectivos de padres y organismos de autorregulación han observado un patrón: el cuerpo femenino sigue siendo utilizado como herramienta de impacto rápido en demasiados creativos.
Simultáneamente, el erotismo está evolucionando hacia nuevas direcciones. Algunas marcas intentan adoptar un tono más lúdico y paródico. Recientes campañas de bebidas y productos de consumo han optado por imitar el lenguaje de los anuncios de perfume de antaño, cargados de sexualidad, pero con la intención de reírse de ellos. El resultado es un híbrido interesante: continúan los labios entreabiertos y susurros, pero ahora con un tono de autoparodia, como si el propio anuncio reconociera que ese lenguaje ha perdido su efectividad.
Cuando el reclamo sexual se cruza con la tecnología
Hoy, la frontera más inquietante no se encuentra en un plató de rodaje, sino en la pantalla de un móvil. Un claro ejemplo es el de una aplicación de vídeo, promocionada en YouTube, que insinuaba que podía “eliminar” la ropa de mujeres a través de inteligencia artificial, lo que ha generado gran controversia. El regulador británico consideró que el anuncio convertía a la modelo en un objeto sexual y, lo más preocupante, normalizaba la idea de desnudarlas digitalmente sin su consentimiento. La noción de “nudificación” —crear imágenes que muestran a alguien desnudo— ha llegado a ser tan delicada en Reino Unido que ya se ha tipificado como delito.
La situación se agrava cuando las plataformas no supervisan adecuadamente lo que publicitan. Investigaciones recientes han demostrado que Instagram llegó a exhibir anuncios que redirigían a canales con contenido sexual ilegal, incluyendo material con menores. Esto plantea preguntas no solo para las marcas que se benefician del atractivo morboso, sino también para los gigantes tecnológicos que monetizan ese tráfico mientras promueven políticas de “tolerancia cero”.
Además, han surgido otras preocupaciones: actores que denuncian anuncios falsos en los que sus rostros son superpuestos en escenas sexualizadas generadas por IA; aplicaciones que prometen aumentar la “sensualidad” en fotografías para ganar seguidores; y servicios de “deepfake” erótico disfrazados de herramientas creativas. El resultado es un nuevo ecosistema publicitario donde el erotismo no solo se vende, sino que se automatiza, se personaliza y se manipula sin que los cuerpos implicados hayan dado su consentimiento.
Para la cultura contemporánea, esta mezcla de sexualidad y algoritmos abre debates más que incómodos: ¿hasta qué punto la publicidad está normalizando acciones que vulneran la intimidad? ¿Dónde termina el guiño erótico y comienza la amenaza?
Impacto social: entre la queja conservadora y la crítica feminista
El choque cultural también se manifiesta en las reacciones. Organizaciones ultraconservadoras han lanzado sus dardos contra anuncios con parejas del mismo sexo que están cargados de insinuaciones. Un ejemplo claro es el de una campaña de snacks en Estados Unidos, donde dos hombres compartían un momento con evidente carga sensual. Un grupo cristiano que denunció su contenido la calificó de «vulgar» y exigió su retirada inmediata. En este caso, el debate no gira tanto en torno al erotismo como a la visibilidad LGTBIQ+ y la resistencia a aceptar que el deseo entre hombres o entre mujeres pueda mostrarse con el mismo desenfado que en una escena heterosexual.
Al mismo tiempo, colectivos feministas y organizaciones que luchan contra la explotación sexual de menores han señalado un problema diferente: la sexualización de adolescentes en catálogos de moda y campañas de ropa deportiva. Un caso que ha encendido alarmas es el de una marca de surf australiana, acusada de mostrar a chicas muy jóvenes en poses sugerentes, lo que ha suscitado preocupaciones sobre cómo la estética “playera” combina con gestos y encuadres que parecen más propios de fotografías eróticas. Para los críticos, esta fusión genera un entorno donde la mirada adulta sobre los cuerpos adolescentes tiende a normalizarse bajo la premisa de “estilo de vida”.
Esa tensión se manifiesta en el lenguaje que los reguladores repiten de forma insistente:
- “Cosificación” de mujeres y niñas.
- “Estereotipos de género dañinos”.
- “Trivialización de la violencia sexual”.
- “Probabilidad de causar ofensa grave y extendida”.
No se trata únicamente de moralismo. Hay una reflexión más profunda acerca de cómo la publicidad contribuye a formar, o a perpetuar, la forma en que una sociedad observa los cuerpos, comprende el consentimiento o valora el deseo.
Novedades y tendencias culturales: del “sex sells” al “sex molesta”
Aunque el sexo no ha desaparecido de la publicidad, sí se pueden notar algunos cambios interesantes:
- Aumento del control por parte de los reguladores, especialmente en relación a menores, alusiones a violencia o tecnologías de nudificación.
- Mayor uso de la parodia y el humor meta: anuncios que exageran la estética sexual para burlarse de ella.
- Incremento en la sensibilidad hacia la diversidad: representación de cuerpos no normativos, parejas no heterosexuales y masculinidades menos agresivas, aunque este cambio coexiste con viejos estereotipos.
- Un debate público más intenso: cada campaña controvertida provoca oleadas de análisis en redes sociales, prensa y círculos académicos.
En el fondo, la publicidad se está convirtiendo en un campo de pruebas donde se negocian valores culturales. Un anuncio de perfume con Madonna en blanco y negro evoca nostalgia de épocas en las que el erotismo era pura glamour; mientras que una aplicación que promete “desnudar” a desconocidas en solo segundos revela la cara oscura de esa misma lógica llevada al extremo tecnológico.
Para las marcas, la cuestión ya no radica únicamente en si el erotismo es eficaz para vender, sino en cuál es el coste para su reputación. Para la sociedad, el dilema es diferente: ¿hasta qué punto esa iconografía “picante” se filtra en la vida cotidiana y moldea la forma en que percibimos, deseamos y respetamos a los demás?
Al fin y al cabo, el anuncio más perturbador puede que no sea el más explícito, sino aquel que, entre risas y dobles sentidos, logra convertir una agresión en un chiste o que un cuerpo deje de ser una persona para transformarse en un mero decorado luminoso.