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Existen fortunas que compran silencio, mientras otras se adentran en el territorio del protagonismo. En el caso de Elon Musk, su riqueza no solo se utiliza para invertir: también le sirve para provocar, experimentar y, en ocasiones, dejar al mundo perplejo.
Para 2026, la fascinación de los grandes millonarios por lo insólito ya no se centra en el simple lujo, sino en lo inesperado: pequeñas casas junto a bases espaciales, automóviles lanzados hacia el espacio, islas privadas, túneles subterráneos, y jets cuyo precio puede compararse al de un barrio entero.
1. Elon Musk y la vida entre la austeridad y el exceso
Musk se sitúa al frente de este listado por su habilidad para contradecirse con elegancia: ha afirmado residir en una vivienda prefabricada de entre 37 y 50 metros cuadrados en Texas, pero al mismo tiempo posee jets privados, adquirió Twitter por 44.000 millones de dólares y mantiene una colección de vehículos y objetos casi de culto.
Su excentricidad más discutida no siempre es el gasto mismo, sino el contraste que presenta. Puede alardear de un estilo de vida minimalista a la hora de habitar, mientras respalda iniciativas como SpaceX, Starlink o The Boring Company, transformando decisiones personales en fenómenos virales.
2. Jeff Bezos y el lujo que mira al espacio
Bezos, otra de las grandes figuras en esta fiebre por lo desmedido, ha apostado por la exploración espacial a través de Blue Origin, una de las manifestaciones más visibles del nuevo lujo que caracteriza a los multimillonarios: gastar para abandonar la Tierra, literalmente.
Esto se suma a su afición por proyectos emblemáticos y de larga duración, como el reloj mecánico de 10.000 años que financia en Texas, concebido como una obra de ingeniería y un símbolo de vanidad cultural al mismo tiempo.
3. Larry Ellison y la isla como juguete personal
Un magnate que encarna el capricho por lo territorial es Larry Ellison. El cofundador de Oracle se hizo con la mayor parte de la isla hawaiana de Lānaʻi, un paso que le permitió transformar un territorio real en un laboratorio privado de sostenibilidad y estilo de vida.
Su figura se asemeja al millonario que no se conforma con una mansión: busca crear un ecosistema. Y si incluye una pista de aterrizaje, proyectos energéticos propios y suficiente espacio para jugar a ser gestor de la isla sin necesidad de permisos, mejor que mejor.
4. Roman Abramóvich y los superyates de otro planeta
Los superyates se han convertido en el símbolo por excelencia del exceso contemporáneo. El Eclipse, asociado a Roman Abramóvich, es un claro ejemplo de embarcación que se asemeja a un palacio flotante, con dimensiones, tripulación y comodidades que superan con creces cualquier noción tradicional de vacaciones.
La lógica es bastante sencilla: ya no basta con navegar por los océanos, ahora hay que hacerlo en una ciudad flotante. Y si además hay espacio para un helicóptero, una piscina o un garaje para juguetes acuáticos, ¡mejor aún!
5. Mukesh Ambani y la mansión que parece rascacielos
En India, Mukesh Ambani se hizo célebre gracias a Antilia, una residencia privada de 27 plantas en Mumbai que ha atraído la atención mundial por su tamaño y su elevado coste.
Esta vivienda resume un nuevo lenguaje del poder económico: no se trata de ocultar la riqueza, sino de exhibirla a través de la arquitectura. Más que un hogar, se presenta como una declaración pública de influencia.
6. Richard Branson y el sueño de volar por capricho
Richard Branson llevó la excentricidad al mundo del turismo espacial con Virgin Galactic, una empresa que convirtió el viaje suborbital en un sueño comercial para multimillonarios y celebridades.
Branson representa una versión más popular del exceso: es menos silencioso que los magnates tradicionales y se acerca más al espectáculo. Su lujo no solo se compra; se transmite al mundo.
7. Bill Gates y los coleccionistas de lo imposible
No todos los caprichos de los millonarios son ostentosos. Bill Gates es conocido por sus colecciones de manuscritos científicos y objetos únicos, una forma de acaparar que resulta más intelectual que alardeante, pero que sigue siendo extremadamente exclusiva.
Este tipo de gasto no busca deslumbrar en una playa ni en las redes sociales, sino poseer piezas singulares que el resto del mundo solo puede contemplar en fotos o museos privados.
8. Búnkeres, túneles y la obsesión por sobrevivir
Una parte del dinero más absurdo del planeta se destina a prepararse para el peor de los escenarios. Los búnkeres lujosos y los túneles privados han ganado relevancia entre los ultrarricos como respuesta a una combinación de miedo, ego y tecnología.
Musk es un claro ejemplo de esta tendencia con sus proyectos subterráneos; otros millonarios optan por refugios de alta gama diseñados para resistir desde desastres climáticos hasta colapsos sociales.
9. Jets privados como segunda residencia
Los aviones privados se han convertido en algo más que un medio de transporte; son una extensión de la identidad del millonario. Para Musk, los Gulfstream son parte de su imagen pública como ejecutivo nómada, con gastos de adquisición y mantenimiento que sobrepasan con creces el precio de un billete en primera clase.
La gran ironía es que, a medida que se discute sobre la eficiencia y la disrupción, el antiguo privilegio se hace más evidente: viajar como si el mundo entero fuese una sala VIP.
10. Mascotas, coches de película y otros delirios de coleccionista
Entre las extravagancias más disparatadas también surgen automóviles icónicos, como el Lotus Esprit de James Bond que Musk adquirió y aspiraba a transformar en un submarino, o piezas de colección que transitan de objeto de deseo a fetiche de multimillonarios.
Aquí impera la lógica del puro capricho: no se adquiere algo por su utilidad, sino porque nadie más puede tenerlo de la misma forma. Esa es, finalmente, la auténtica moneda del exceso.
Y en medio de tanto alarde, hay detalles casi entrañables: Musk ha compartido que duerme poco, que vive con lo esencial y ha manifestado preferencias por refrescos concretos en su rutina diaria, como si el multimillonario más impredecible del siglo quisiera recordarnos que el lujo también puede ser extraño, pequeño y sorprendentemente humano.