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Circular en bicicleta por carretera en España es, en la práctica, un ejercicio de confianza ciega en el conductor que viene por detrás.
El ciclista no puede ver qué velocidad lleva el coche que se acerca. No puede saber si el conductor lo ha visto a tiempo. No puede calcular el margen lateral que va a dejarle al adelantar.
Solo puede pedalear y esperar que todo salga bien.
Esa situación de vulnerabilidad radical es la que el Consejo de Ministros ha intentado reducir con la reforma del Reglamento de Circulación que establece la obligación de mantener una distancia mínima de cinco metros al adelantar a una bicicleta en carretera. Es una medida que llega tarde, que no resolverá todos los problemas y cuya eficacia dependerá de algo que las normas nunca garantizan por sí solas: que se cumpla.
Lo que hace peligrosa la circulación del ciclista en carretera
Para entender por qué esta norma era necesaria hay que entender primero lo que ocurre físicamente cuando un vehículo de varios miles de kilos adelanta a un ciclista de ochenta.
El ciclista es un objeto extremadamente vulnerable en términos de física básica. Pesa entre diez y quince veces menos que el vehículo más pequeño que circula a su lado. No tiene carrocería que absorba el impacto. No tiene cinturón. No tiene airbag. Y circula a una velocidad que puede ser cinco o seis veces inferior a la del vehículo que lo adelanta, lo que significa que la diferencia de masa y velocidad entre ambos en el momento del adelantamiento produce fuerzas que en caso de contacto son casi siempre letales para el ciclista.
A eso hay que añadir los factores ambientales que hacen especialmente peligroso el momento del adelantamiento. La turbulencia aerodinámica que genera un vehículo grande, un camión o un autobús, al pasar cerca de una bicicleta puede desestabilizarla incluso sin contacto físico. Una ráfaga de viento lateral en el momento en que un coche pasa rozando puede tirar al ciclista hacia el carril del vehículo. Un bache, un surco en el asfalto o un objeto en la calzada que el ciclista tiene que esquivar en el último momento puede hacerlo desplazarse lateralmente justo cuando el coche está pasando.
Con los dos metros de distancia que la normativa anterior exigía, cualquiera de esos factores podía convertir un adelantamiento aparentemente correcto en un accidente mortal. Los cinco metros que establece la nueva norma amplían ese margen de forma significativa.
Los números que justifican la reforma
Los datos de siniestralidad ciclista en carretera en España son lo suficientemente graves como para que la reforma no pueda calificarse de exageración regulatoria. Los ciclistas representan una proporción pequeña de los usuarios de las vías interurbanas pero una proporción desproporcionadamente alta de las víctimas mortales en relación con su presencia en el tráfico.
Las carreteras convencionales de un solo carril por sentido son el escenario más peligroso. Son exactamente las vías donde más se practica el ciclismo de carretera en España, donde los coches circulan a 90 kilómetros por hora y donde adelantar a un ciclista implica invadir el carril contrario durante varios segundos. En esos tramos, la distancia lateral en el momento del adelantamiento puede ser la diferencia entre un susto y un funeral.
Lo que la norma cambia y lo que no puede cambiar
La obligación de cinco metros de distancia lateral tiene un efecto inmediato en los adelantamientos: en muchos tramos de carretera estrecha o con visibilidad limitada, cumplir esa distancia implicará cruzar al carril contrario de forma completa y esperar a que no venga nadie de frente antes de iniciar la maniobra. Eso significa que muchos conductores tendrán que frenar, esperar y planificar el adelantamiento con más tiempo del que habitualmente dedicaban.
Para el ciclista eso se traduce en mayor seguridad durante el momento más crítico de su circulación en carretera. Para el conductor que tiene prisa y considera que el ciclista no tiene derecho a estar en una carretera convencional, la norma será una fuente de frustración que probablemente no cambiará su comportamiento tanto como los legisladores esperan.
Ahí está el límite de la norma: puede establecer la distancia obligatoria pero no puede instalar en la cabeza de cada conductor el respeto al ciclista como usuario legítimo de la vía. Ese cambio cultural es más lento y más difícil que modificar un reglamento.
El problema de fondo que la norma no resuelve
La nueva distancia de adelantamiento aborda el momento más peligroso de la interacción entre ciclistas y vehículos. Pero la circulación del ciclista en carretera tiene otros riesgos que ninguna norma de adelantamiento puede eliminar.
La infraestructura de las carreteras españolas no fue diseñada pensando en los ciclistas. Los arcenes son frecuentemente estrechos, discontinuos, llenos de baches, objetos y basura acumulada, y a veces directamente inexistentes. Circular por el arcén en esas condiciones puede ser más peligroso que circular por el carril, porque obliga a movimientos laterales imprevisibles que los conductores no anticipan.
La velocidad máxima en carreteras convencionales, 90 kilómetros por hora, es perfectamente razonable para vehículos a motor pero produce diferencias de velocidad con los ciclistas que hacen los adelantamientos inherentemente peligrosos independientemente de la distancia lateral. A 90 kilómetros por hora, el tiempo de reacción disponible para el conductor ante una situación inesperada del ciclista es muy limitado.
Y el comportamiento de algunos conductores ante los ciclistas tiene un componente de hostilidad activa que ninguna norma de distancia puede eliminar. El adelantamiento intimidatorio, el toque de claxon innecesario, el paso deliberadamente cercano como mensaje de que el ciclista no es bienvenido en esa carretera: son comportamientos que ocurren y que las cámaras de los ciclistas han documentado abundantemente en las redes sociales.
La norma como punto de partida, no como solución
Los cinco metros de distancia obligatoria son un avance real en la protección del ciclista en carretera. Establecen una referencia clara, medible y exigible que antes no existía con esa precisión. Simplifican la aplicación de la norma y dificultan que el conductor que ha adelantado demasiado cerca pueda argumentar que respetó los dos metros anteriores cuando la diferencia entre dos y cinco metros es perfectamente perceptible.
Pero el verdadero impacto de esta reforma dependerá de algo que las normas nunca garantizan por sí solas: la vigilancia, la sanción efectiva del incumplimiento y el cambio cultural que convierte una obligación legal en un comportamiento interiorizado.
Mientras eso no ocurra, circular en bicicleta por carretera en España seguirá siendo lo que es hoy: una actividad que requiere una dosis considerable de confianza en la atención y el respeto de los conductores que vienen por detrás.
Cinco metros es un avance. No es una garantía.

