El jueves 24 de octubre de 1929, conocido para siempre como el Jueves Negro, los inversores de la Bolsa de Nueva York entraron en pánico.
Las órdenes de venta se acumulaban más rápido de lo que los operadores podían procesarlas. Los precios caían en espiral. Once especuladores se suicidaron ese día, según los relatos de la época, algunos arrojándose desde las ventanas de los rascacielos de Manhattan. La imagen se convirtió en el símbolo más brutal de lo que estaba ocurriendo: el colapso no era solo financiero.
Era el fin de una ilusión.
Cinco días después, el Martes Negro del 29 de octubre, la bolsa perdió en una sola jornada el 12% de su valor.
En pocas semanas, el mercado había perdido el 40% de su capitalización. En tres años, había perdido el 89% desde sus máximos de 1929. Una generación entera de americanos que había apostado sus ahorros, sus casas y su futuro en el mercado bursátil lo perdió todo.
Lo que siguió no fue una recesión. Fue la Gran Depresión, la crisis económica más devastadora del siglo XX, y sus efectos sobre la vida cotidiana de millones de personas superaron cualquier descripción puramente estadística.
Los años veinte: la ilusión que precedió al desastre
Para entender el crack del 29 hay que entender la década que lo precedió. Los años veinte en Estados Unidos fueron una época de euforia genuina y peligrosa. La economía crecía. La clase media emergía. El automóvil, la radio y los electrodomésticos transformaban la vida cotidiana. Y la bolsa subía, subía y subía, alimentada por una especulación que se había desconectado completamente de los fundamentos reales de las empresas.
Cualquiera podía invertir en bolsa. Los bancos prestaban dinero para comprar acciones. Los corredores de bolsa prestaban dinero para comprar más acciones. Se podía comprar un paquete de acciones poniendo solo el 10% de su valor y financiando el resto con deuda, una práctica llamada compra con margen que multiplicaba los beneficios cuando la bolsa subía y multiplicaba las pérdidas, de forma catastrófica, cuando bajaba.
El índice Dow Jones pasó de 63 puntos en 1921 a 381 puntos en septiembre de 1929. Era la mayor burbuja especulativa que el mundo había visto hasta entonces. Y como todas las burbujas, tenía que explotar.
Lo que el colapso significó para la gente corriente
Las estadísticas del período son impresionantes en su frialdad: el desempleo en Estados Unidos pasó del 3% en 1929 al 25% en 1933. El PIB se contrajo un 30% en cuatro años. Más de 9.000 bancos quebraron entre 1930 y 1933, borrando los ahorros de millones de depositantes que no tenían ningún seguro que los protegiera.
Pero las cifras no capturan lo que significó para una familia concreta. Un trabajador de la industria que en 1928 tenía empleo estable, casa propia con hipoteca y tal vez algunos ahorros en el banco podía encontrarse en 1932 sin trabajo, sin ahorros, sin casa y haciendo cola en un comedor de beneficencia para dar de comer a sus hijos.
Las colas del pan se convirtieron en la imagen más reconocible de la época. En Nueva York, Chicago y Detroit, filas de hombres con abrigos raídos esperaban durante horas para recibir una sopa y un trozo de pan. Muchos de ellos habían sido propietarios de negocios, empleados de banco, vendedores de seguros: la clase media americana que en pocos años se había evaporado.
Herbert Hoover, el presidente que gobernaba cuando estalló la crisis, se convirtió en el símbolo del fracaso institucional. Las ciudades de chabolas que surgieron en los parques y terrenos baldíos de las grandes ciudades fueron llamadas irónicamente Hoovervilles, «ciudades de Hoover«. En Central Park de Nueva York hubo una. En los márgenes del río Hudson. En prácticamente todas las ciudades grandes del país.
En las zonas rurales, la situación fue si cabe más dramática. La sequía y las tormentas de polvo que devastaron las planicies del Medio Oeste a principios de los años treinta, el período conocido como el Dust Bowl, destruyeron cosechas y ganado y forzaron a cientos de miles de familias a abandonar sus granjas. Los Okies, como llamaban despectivamente a los migrantes del Oklahoma arruinado, cargaron sus pertenencias en camiones desvencijados y se dirigieron a California buscando trabajo en los campos. John Steinbeck inmortalizó ese éxodo en Las uvas de la ira, publicada en 1939: la familia Joad que pierde su granja y cruza el país sin encontrar el paraíso prometido es el retrato más preciso que la literatura ha producido de lo que la Gran Depresión significó para la gente común.
En Europa, los efectos llegaron con rapidez. Alemania, que dependía de los préstamos americanos para pagar las reparaciones de guerra impuestas por el Tratado de Versalles, entró en una crisis que llevaría el desempleo al 30% y que crearía las condiciones políticas para el ascenso de Hitler. El crack del 29 no causó la Segunda Guerra Mundial, pero contribuyó decisivamente a crear el clima de desesperación y resentimiento en que el nazismo prosperó.
El New Deal: el Estado como último recurso
La llegada de Franklin D. Roosevelt a la presidencia en 1933 supuso el mayor cambio en la política económica americana desde la fundación del país. Roosevelt era un patricio de Nueva York que había sufrido la polio y que entendía instintivamente que la crisis requería algo más que discursos y paciencia.
Sus primeros cien días en el cargo produjeron una avalancha legislativa sin precedentes. Cerró temporalmente todos los bancos del país para evitar nuevas quiebras y los reabrió solo cuando fueron declarados solventes, restaurando la confianza de los depositantes de golpe. Creó la FDIC, el seguro federal de depósitos, que garantizaba que si un banco quebraba los depositantes recuperarían su dinero hasta cierto límite. Aprobó la Ley Glass-Steagall, que separaba la banca comercial de la banca de inversión, impidiendo que los bancos jugaran con el dinero de los ahorradores en los mercados especulativos.
El New Deal creó empleo público masivo a través de organismos como la Works Progress Administration y la Civilian Conservation Corps. Jóvenes desempleados plantaron tres mil millones de árboles, construyeron carreteras, presas, puentes y edificios públicos que todavía existen. Los murales que decoran muchos edificios federales americanos fueron pintados por artistas contratados por el New Deal.
La recuperación fue lenta y no lineal. Hubo una recaída grave en 1937 cuando Roosevelt, presionado por los déficits, redujo prematuramente el gasto público. La normalización económica completa no llegó hasta que la producción industrial para la Segunda Guerra Mundial reactivó la economía de forma definitiva. Pero el New Deal salvó el sistema capitalista americano en el momento en que más vulnerable estaba, y estableció el marco del estado del bienestar moderno.
Las lecciones que el crack del 29 dejó para siempre
La historia del crack del 29 y la Gran Depresión es la fuente de la que beben todos los economistas y reguladores financieros cuando diseñan los sistemas de protección que existen hoy. Sus lecciones son concretas y verificables.
La primera es que la euforia especulativa no es prosperidad real. Cuando los precios de los activos suben porque todos creen que van a seguir subiendo, no porque las empresas que representan generen beneficios reales, se está construyendo una burbuja. La bolsa de 1929 cotizaba a múltiplos que no tenían ninguna relación con los beneficios reales de las empresas. La historia se repetiría en el crack tecnológico de 2000 y en la crisis financiera de 2008.
La segunda es que el apalancamiento excesivo convierte las caídas en catástrofes. Comprar activos con dinero prestado multiplica los beneficios en los buenos tiempos y multiplica las pérdidas en los malos. Cuando los precios caen, los inversores endeudados tienen que vender para cubrir sus deudas, lo que hace caer más los precios, lo que obliga a más ventas. El espiral descendente se autoalimenta hasta que no queda nada que vender.
La tercera es que la confianza en el sistema bancario es su activo más frágil y más valioso. Cuando los depositantes pierden la confianza en los bancos y retiran su dinero simultáneamente, ningún banco puede sobrevivir porque ninguno tiene el 100% de los depósitos disponible en efectivo. Los seguros de depósitos y los bancos centrales como prestamistas de último recurso existen para prevenir exactamente eso.
La cuarta es que la deflación es más peligrosa que la inflación moderada. Cuando los precios caen de forma sostenida, los consumidores posponen sus compras esperando que sigan bajando, lo que reduce la demanda, lo que hace caer más los precios. Es una trampa de la que es muy difícil salir sin una intervención masiva del Estado.
La quinta es que el proteccionismo comercial en tiempos de crisis empeora las cosas para todos. La Ley Smoot-Hawley de 1930, que elevó los aranceles americanos a niveles récord intentando proteger la industria nacional, provocó represalias de todos los socios comerciales y redujo el comercio mundial un 65% en tres años, profundizando la depresión en lugar de aliviarla.
La sexta es que el Estado tiene que actuar con rapidez y de forma contundente en las crisis, no esperar a que el mercado se corrija solo. La doctrina de que las crisis se curan solas y que la intervención estatal las empeora fue la que aplicó Hoover entre 1929 y 1933 mientras la economía se hundía. Roosevelt la abandonó en 1933 y la economía empezó a recuperarse.
La séptima es que las crisis económicas graves tienen consecuencias políticas que van mucho más allá de la economía. La Gran Depresión contribuyó al ascenso del fascismo en Europa y al New Deal en Estados Unidos. Las crisis económicas crean desesperación. La desesperación crea radicalismo. El radicalismo encuentra líderes que prometen soluciones simples para problemas complejos. La historia enseña que esas soluciones simples raramente funcionan y con frecuencia producen catástrofes mayores.
Por qué sigue importando
El crack del 29 ocurrió hace casi un siglo. Los mercados financieros de hoy son infinitamente más complejos, más globalizados y más interconectados que los de 1929. Los bancos centrales modernos, los seguros de depósitos, las normativas prudenciales y los mecanismos de intervención de emergencia existen precisamente porque los economistas y los reguladores aprendieron las lecciones de aquella catástrofe.
Pero los patrones humanos que llevaron al crack del 29 son los mismos que llevaron a la crisis de 2008 y los mismos que generan las burbujas especulativas de cada generación. La euforia que hace creer que «esta vez es diferente». El apalancamiento que multiplica los riesgos hasta que es demasiado tarde. La desregulación que permite que la codicia supere a la prudencia. La fe ciega en que los precios solo pueden subir.
Lo que cambió después de 1929 son las instituciones. Lo que no ha cambiado es la naturaleza humana.
Y esa es, quizás, la lección más importante de todas.