CAMBIO RADICAL EN LAS NORMAS DEL AUTOMÓVIL

Bruselas quiere decidir cuándo muere tu coche: la UE y su apetito insaciable por convertir tu vehículo en chatarra

La Unión Europea busca tener un control total sobre la vida de cada vehículo, otorgando poder a la DGT, ITV y fabricantes para decidir cuándo un coche debe ser dado de baja.

Desgüace de coches
Desgüace de coches. 24H

Hay algo perturbador en la dirección que está tomando la regulación europea del automóvil.

No es solo la prohibición de coches de combustión nuevos para 2035, que ya generó su propia controversia. Es algo más profundo y más inmediato: Bruselas quiere decidir cuándo ha llegado el momento de destruir el coche que ya tienes, aunque tú consideres que sigue funcionando perfectamente, aunque lo hayas cuidado durante años, aunque lo hayas heredado de tu padre y pienses legarlo a tu hijo.

El Parlamento Europeo ha aprobado una normativa que establece el concepto de «vida útil programada» para los vehículos. Cada coche tendrá una fecha de caducidad. Al alcanzarla, un mecanismo obligatorio en todos los países miembros activará el proceso de retirada forzosa del vehículo, con independencia de su estado real. El propietario tendrá que llevarlo al desguace aunque el motor arranque perfectamente, aunque la carrocería esté impecable, aunque la ITV lo haya pasado sin problemas hasta ese momento.

Lo que Bruselas llama política de circularidad y economía sostenible tiene, desde la perspectiva del ciudadano que ha pagado su coche, un nombre más directo: confiscación planificada de un bien privado.

El mecanismo que hará de la ITV la puerta al desguace forzoso

En España, el sistema se articulará a través de tres actores: la DGT, las ITV y los fabricantes. El proceso que la normativa diseña es el siguiente: un coche acude a la inspección técnica. Los técnicos determinan que ha superado su vida útil según los parámetros fijados por la regulación europea. Se le retira el permiso de circulación. El propietario está obligado a llevarlo al desguace. No hay opción de reparación, mejora o conversión que cambie ese destino.

La ITV, que hasta ahora certificaba si un vehículo estaba en condiciones de circular con seguridad, se convierte bajo este esquema en el ejecutor de una sentencia de muerte dictada en Bruselas. La pregunta que los técnicos deberán responder ya no será «¿está este coche en condiciones de circular?» sino «¿ha llegado este coche al final de su vida útil programada?». Son preguntas muy distintas con consecuencias radicalmente diferentes para el propietario.

El apetito insaciable de Bruselas por los coches viejos

Lo que resulta revelador del momento político europeo en materia de automoción es la consistencia y la aceleración con que las instituciones de Bruselas han ido construyendo un ecosistema regulatorio orientado en una dirección inequívoca: cuantos menos coches antiguos haya en circulación, mejor.

La normativa sobre vida útil se suma a una arquitectura regulatoria que lleva años apretando el mismo tornillo desde distintos ángulos. La prohibición de venta de coches nuevos con motor de combustión a partir de 2035, con la única concesión de un margen para vehículos con reducción del 90% de emisiones que abre una pequeña ventana a los híbridos y los combustibles sintéticos. Las zonas de bajas emisiones que en las principales ciudades europeas han convertido el acceso con un coche antiguo en una carrera de obstáculos fiscales y administrativos. Los impuestos específicos sobre vehículos con mayor antigüedad. Las etiquetas medioambientales que penalizan a quienes no pueden permitirse cambiar de coche. Y ahora la fecha de caducidad programada que convierte la antigüedad en un delito administrativo.

El resultado de todo esto es una presión regulatoria que actúa como una tenaza: desde arriba limitando qué tipo de coche nuevo se puede comprar, y desde abajo estableciendo cuánto tiempo puede vivir el que ya se tiene. Entre ambas mandíbulas quedan atrapados millones de ciudadanos europeos que no pueden permitirse cambiar de vehículo a la velocidad que Bruselas ha decidido que es necesaria para cumplir sus objetivos climáticos.

Quién paga el precio y quién cobra el beneficio

Las consecuencias económicas de esta normativa no se distribuyen de forma equitativa, y esa asimetría es uno de los aspectos más incómodos del debate que raramente aparece en los comunicados de las instituciones europeas.

Las familias con ingresos bajos y medios son las más afectadas. Son precisamente las que tienen coches más antiguos, las que han apostado por mantener un vehículo en buen estado en lugar de endeudarse para comprar uno nuevo, las que dependen de ese coche para ir al trabajo en zonas donde el transporte público no llega. Para ellas, la regulación sobre vida útil no es una política ambiental abstracta. Es una obligación de gasto que no tenían previsto y que el presupuesto familiar no puede absorber fácilmente.

Los autónomos y las pequeñas empresas están igualmente expuestos. En un plazo de dos años, las empresas con flotas deberán demostrar que sus vehículos no han superado su vida útil para poder transferirlos. Sin esa documentación, la operación no se puede realizar. El coste administrativo y económico de actualizar flotas según los nuevos criterios recaerá sobre los negocios más pequeños con menos capacidad para asumirlo.

Los fabricantes de automóviles, en cambio, salen beneficiados de forma inequívoca. La destrucción planificada de millones de vehículos europeos crea una demanda artificial de coches nuevos que sin la regulación no existiría. Es, en términos económicos, una transferencia de riqueza desde los propietarios de vehículos hacia la industria automovilística, financiada con el argumento de la sostenibilidad medioambiental.

El sector del reciclaje y los desguaces también gana volumen e importancia dentro del nuevo sistema. Lo cual no es necesariamente malo, pero sí es parte del mapa de incentivos que la regulación crea y que conviene tener presente cuando se evalúa quién ha impulsado este marco normativo en Bruselas y con qué apoyo.

La prohibición de exportar coches viejos: el círculo que se cierra

Uno de los elementos menos comentados de la normativa pero más reveladores de su lógica interna es la prohibición de exportar vehículos considerados no aptos para circular hacia terceros países. África, Asia o América Latina han sido históricamente destinos para los coches europeos retirados de circulación, donde continuaban su vida útil durante años más en condiciones que sus nuevos propietarios consideraban perfectamente aceptables.

Bruselas prohíbe esa posibilidad. Un coche que «muere» en Europa no puede revivir en otro continente. La justificación oficial es ambiental: evitar que los países con menos recursos reciban la contaminación que Europa no quiere. La consecuencia práctica es que esos vehículos deben ser destruidos en Europa, generando trabajo para el sector del reciclaje europeo y eliminando cualquier posibilidad de que el propietario original recupere algo de su inversión vendiéndolo a un mercado exterior.

El coche como bien privado está cambiando de naturaleza

Lo que esta normativa representa en términos más amplios es un cambio en la naturaleza misma de la propiedad de un vehículo. Hasta ahora, comprar un coche significaba adquirir un bien que podías usar mientras funcionara, mantener mientras te lo permitiera y vender cuando quisieras. La decisión sobre cuándo ese coche había terminado su vida era tuya.

La nueva regulación traslada esa decisión a una combinación de organismos y plazos fijados por instituciones que el propietario no ha elegido y sobre las que no tiene control directo. Bruselas fija los criterios. La DGT los aplica. La ITV los ejecuta. El fabricante gestiona el final. El propietario paga y obedece.

Para millones de conductores europeos, el concepto de «tener el coche hasta que reviente» está llegando a su fin, no porque el coche reviente sino porque alguien ha decidido administrativamente que ha llegado el momento de que lo haga.

Y ese alguien está en Bruselas.

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24h Economía

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