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Hay una línea invisible que separa el lujo del delirio.
Los ultrarricos llevan décadas cruzándola sin mirar atrás.
Lo que hace una generación era la cúspide de la ostentación, un yate grande, un avión privado, una mansión con piscina, hoy es el punto de partida modesto desde el que los verdaderamente ricos empiezan a competir.
Estas son las diez formas en que las mayores fortunas del mundo gastan su dinero de maneras que el resto de la humanidad observa con una mezcla de fascinación y perplejidad justificada.
1. Yates que son ciudades flotantes
El yate de lujo ha muerto como concepto. Lo que existe ahora son embarcaciones que superan los 150 metros de longitud con tripulaciones de cerca de cien personas, helipuertos, spas en varios niveles, discotecas privadas, garajes para submarinos personales y sistemas de desalación de agua propia para no depender de los puertos.
El coste anual de mantenimiento de estas embarcaciones ronda el 10% de su valor de compra, lo que significa que un yate de 500 millones de euros cuesta otros 50 millones al año solo para existir. El Azzam del presidente de Abu Dabi mide 180 metros y fue durante años el más largo del mundo. Jeff Bezos encargó uno de 127 metros acompañado de un segundo yate de apoyo que transporta el helicóptero porque el principal no tiene espacio para un helipuerto sin arruinar la línea de cubierta.
2. Turismo espacial y cohetes privados
Lo que antes era dominio de agencias estatales con presupuestos nacionales se ha convertido en el juguete favorito de los milmillonarios tecnológicos. Elon Musk con SpaceX, Jeff Bezos con Blue Origin y Richard Branson con Virgin Galactic han creado una industria donde los billetes para viajes suborbitales oscilan entre 250.000 y 500.000 dólares por pasajero.
Los primeros turistas que pagaron por ir a la Estación Espacial Internacional lo hicieron a partir de 55 millones de dólares por asiento. En 2021, SpaceX lanzó la primera misión orbital completamente privada con cuatro personas que no eran astronautas profesionales. El espacio se ha convertido en el nuevo destino de lujo con el añadido de que el discurso de la innovación tecnológica proporciona una coartada ideológica que los yates no tienen.
3. Islas privadas con infraestructura de país pequeño
Comprar una isla privada dejó de ser extravagante hace décadas. Lo extravagante ahora es lo que se hace después de comprarla. Las versiones más extremas incluyen pistas de aterrizaje propias, puertos deportivos con capacidad para varios yates simultáneos, sistemas de desalación y generación eléctrica completamente independientes de cualquier red nacional, minihospitales con equipo quirúrgico, plantillas permanentes de 50 o más personas y conectividad satelital de alta velocidad para que la experiencia del aislamiento no implique desconexión de los mercados financieros.
Las inversiones de acondicionamiento de algunas islas privadas superan los 200 millones de dólares, varias veces el precio de compra del terreno original.
4. Búnkeres de supervivencia con cinco estrellas
La industria del búnker de lujo ha experimentado un crecimiento sostenido desde 2020, alimentada por la pandemia, las tensiones geopolíticas y la psicología particular de personas con mucho que perder. Las empresas especializadas como Vivos y Rising S construyen complejos subterráneos con cines privados, piscinas climatizadas, gimnasios completos, bodegas de vino, sistemas militares de filtración de aire y capacidad de autosuficiencia para varios años.
El detalle más revelador de este mercado es que muchos de estos refugios, diseñados para el apocalipsis, son utilizados en la práctica como residencias vacacionales de lujo para fines de semana esporádicos. El bunker como capricho de fin de semana puede ser la síntesis más perfecta de la mentalidad de los ultrarricos.
5. Colecciones de dinosaurios, meteoritos y arte imposible
Las subastas de alto nivel han creado un mercado donde instituciones académicas compiten con fortunas privadas por objetos que antes eran exclusivamente patrimonio científico y cultural. El esqueleto completo de un T. Rex, llamado Stan, fue vendido en subasta en 2020 por 31,8 millones de dólares a un comprador privado. Los paleontólogos se alarmaron porque esas piezas desaparecen de la investigación científica para decorar salones privados.
Los meteoritos, las rocas lunares de procedencia legal, los cuadros de artistas vivos vendidos por decenas de millones antes de que el artista termine la entrega y los NFT en su momento álgido: el coleccionismo de los ultrarricos convierte en objeto de deseo cualquier cosa que pueda ser única y exclusiva, independientemente de su utilidad o significado cultural real.
6. Mascotas tratadas como jefes de Estado
El mercado de servicios de lujo para animales domésticos supera ya los 10.000 millones de dólares anuales a nivel global. En su extremo más absurdo incluye chefs privados que diseñan menús orgánicos personalizados, veterinarios de guardia permanente, spas caninos con tratamientos de hidroterapia, psicólogos de animales de compañía, jets privados adaptados para el transporte sin estrés y testamentos que destinan millones a fundaciones cuyo único propósito es garantizar el bienestar vitalicio del animal.
Gunther VI, un pastor alemán heredero de una fortuna de 400 millones de dólares dejada por una condesa alemana a su abuelo canino en los años noventa, tiene mayordomo, chef y una mansión en Miami que perteneció a Madonna. No es una leyenda urbana.
7. Proyectos urbanísticos personales
Cuando el dinero alcanza cierta magnitud, la siguiente frontera es construir desde cero. No una mansión, sino un barrio. No un barrio, sino una ciudad. Marc Lore, cofundador de varias empresas de comercio electrónico, anunció el proyecto Telosa, una ciudad completamente nueva en el desierto americano diseñada según sus principios filosóficos sobre la sociedad ideal, con una inversión estimada de 400.000 millones de dólares. Elon Musk está construyendo Starbase en Texas, una ciudad diseñada alrededor de las instalaciones de SpaceX donde vivirán sus empleados bajo sus condiciones.
Son proyectos que se presentan como visión de futuro y que son, en su estructura más básica, la expresión máxima del capricho con recursos ilimitados.
8. Aviones privados como palacios voladores
El jet privado estándar de los ricos convencionales, ese Gulfstream discreto de ocho plazas, es hoy el equivalente aeronáutico del turismo de clase business. Los verdaderamente ricos han convertido sus aviones en residencias en el aire: suites con camas de matrimonio, duchas completas con agua caliente a 12.000 metros de altitud, oficinas revestidas en madera noble, salas de reuniones, bodegas y sistemas de entretenimiento personalizados.
Algunos han convertido aviones de pasajeros, Boeing 747 o Airbus A380, en residencias privadas volantes cuya personalización cuesta más que el avión original. La huella de carbono de estas flotas privadas multiplica por cientos la media de un ciudadano occidental, detalle que sus propietarios compensan comprando créditos de carbono y volando exactamente igual.
9. Tecnología domótica sin propósito práctico
Los nuevos ricos tecnológicos han llevado el concepto de hogar inteligente a dimensiones que superan cualquier necesidad funcional. Residencias con sistemas de inteligencia artificial que aprenden los hábitos del propietario hasta el punto de anticipar sus preferencias antes de que él mismo las articule. Salas dedicadas exclusivamente a realidad virtual. Colecciones de prototipos tecnológicos nunca comercializados. Redes domésticas operadas por robots. Espejos que muestran información de mercados financieros mientras el propietario se afeita.
El capricho tecnológico tiene la ventaja adicional de que puede presentarse como inversión en innovación, lo que le proporciona una dignidad narrativa que la quinta mansión o el sexto yate ya no tienen.
10. Festivales y experiencias privadas imposibles
La cúspide de la extravagancia no es el objeto sino la experiencia irrepetible. Conciertos de artistas de primera línea en jardines privados para cien invitados. Recreaciones históricas con cientos de actores contratados durante varios días. Cenas preparadas por chefs con estrella Michelin en la cima de una montaña remota llegando en helicóptero. Islas enteras alquiladas para una semana de vacaciones con treinta amigos. Experiencias de inmersión en ecosistemas vírgenes con equipo científico privado.
El objetivo no es solo disfrutar sino crear la historia que se conta durante años en el círculo social donde la comparación es el lenguaje dominante. El dinero puede comprar tiempo, espacios únicos y talento ajeno. Lo que compra sobre todo es esa sensación, tan cara como inútil, de que el mundo puede reservarse como una sala VIP.
Mientras tanto, el resto de la humanidad compara precios en el supermercado. Son dos realidades que comparten planeta pero que han dejado de compartir prácticamente cualquier otra cosa.
